martes, abril 28, 2009

De Zidane a Tabucchi: 50,000 visitantes de el lar

Cada blog comienza con unos cuantos posts eventuales y una supuesta propuesta en ciernes, pero es con el discurrir de los días, de las sucesivas publicaciones y del diverso caudal de lectores visitantes que el blog empieza a cobrar vida propia más allá de cualquier intención primigenia de los autores; hoy creemos que “el lar”, como llamamos familiarmente, ha tomado su propia entidad sugiriendo sus propias tendencias, reincidencias e innovaciones, invitando a personajes de ámbitos tan diversos como los puestos de fiambres callejeros del barrio paceño de Miraflores a ex-futbolistas del norte de Inglaterra, pasando por cineastas, cacheros, escritores, atorrantes, pintores, aparecidos, músicos, catarros, etc., y sus respectivos quehaceres en la vida, todo hilvanado con las experiencias y perspectivas particulares de la sarta autoral del blog.

Ese ser a veces informe a veces deforme de peculiares disquisiciones, ha pasado el umbral de los 50,000 visitantes y de los 150 posts, por lo que cabe agradecer de manera encarecida y grandilocuente a los lectores y visitantes que nos han permitido llegar a tal cifra, y señalar sino lo más importante, que ellos con sus lecturas nos han otorgado un motivo para seguir en la carretera dándole a la pluma. No queda más que abrir una botella de Singani y brindar con ustedes por que en lo venidero el lar de los conformes disconformes pueda aglutinar otros 50,000 rabiosos visitantes y al menos otros 150 posts plagados de sus comentarios que son los que enriquecen cualquiera de las pedanterías abordadas.

Un sentido saludo y abrazo a todos los visitantes que llegaron al lar hasta el día de hoy y un cálido brindis hasta sus respectivas latitudes.

martes, abril 21, 2009

"Sostiene Pereira": trayectoria de lo luctuoso a la celebración de la vida

Sostiene Tabucchi, que sostiene Pereira que dos psícologos y filósofos franceses (Ribot y Janet) sostienen que tenemos una confederación de almas las cuales son guiadas por un alma preeminente o un yo hegemónico que es el que dirige los derroteros y elecciones existenciales de ese determinado momento de la vida del ser humano en cuestión. Pereira está en una encrucijada de su vida que lo tiene incómodo, por no decir a la deriva, los cimientos que soportan su oronda existencia están tambaleándose, o quizás el alma que lleva la preeminencia en el momento que se inicia la novela se encuentra en una etapa de zozobra a punto de adoptar otro yo hegemónico, pero sea cual sea, el libro “Sostiene Pereira” del escritor italiano Antonio Tabucchi, situada en el Portugal anterior a la segunda guerra mundial, nos narra la peripecia vital de un periodista cultural lisboeta de adultez ya avanzada, voluminosa corpulencia y endeble salud que obsesionado con la muerte y con la plausible salvación del alma y con la poco probable salvación de la carne, enfrenta dilemas sobre los valores y prioridades que rigen su vida al encontrarse con Monteiro Rossi y su hermosa enamorada Marta, y como su relación con estos jóvenes revolucionarios trastornan su rutinaria y afincada vida y profesión.

Aparte de que el libro viene revestido de una prosa seductora, de una afabilidad hacia el lector y de una trama atractiva, el meollo de la novela es el personaje que sostiene todas las afirmaciones que constituyen el relato, el mismísimo Pereira. Personaje lleno de ribetes y magnífico retrato humano, el cual a través de las más de cien páginas se nos va revelando en pequeños detalles y que a partir de su aparente insignificancia de éstos se erige una de esas maravillosas esculturas vivas que pueblan el panteón de la literatura, rebosante de carisma, de una entrañable y cercana ternura y por sobre todo de una personalidad atribulada y dinámica que lo hace ver tan real, amigable y próximo.

Al gigantesco personaje de Pereira, sus epifanías y sus relaciones, el autor le añade el triste y hostil entorno que vivía el Portugal, España y la Europa de la época en las fauces de una contienda mundial que cambiaría los designios de la historia, así como de dictaduras sempiternas que dejaron cicatrices indelebles e insoslayables a ambos países peninsulares, lo cual dota a la narración de una tensión y encanto mayor. Sin duda “Sostiene Pereira” no sólo embelesa con su lectura, sino que deja a uno antojado de nutrirse de algún otro manjar literario del bueno de Tabucchi.

Con la muerte, los obituarios, la conversación con los muertos y las diferentes salvaciones soteriológicas como obsesiones de Pereira, la novela es una trayectoria que parte de lo luctuoso a una epifanía que celebra la vida y como uno no requiere de la muerte para hallar la salvación.

* Existe la película "Sostiene Pereira" interpretada por Marcello Mastroiani en una de sus últimas apariciones en la pantalla, el filme está dirigido por Roberto Faenza y es de 1996.

jueves, abril 16, 2009

The passenger

(Se recomienda encarecidamente emprender la lectura después de darle al botoncito play. Sino, joderse un tantín)

Recuerdo allá por el dos mil, más o menos, cuando descubrí el frenesí de “The Passenger”. Himno de himnos. Esa sí que es una canción que tan sólo al atravesar los nervios auditivos te hace invencible y si es de noche, padres, cuiden a sus hijas, policías, salgan a laburar. Porque LLEGÓ EL INVENCIBLE y todos (dentro y fuera de la pantalla) serían unos HIJOS DE PUTA y la PUTA MADRE QUE LOS PARIÓ A TODOS EN CASO CONTRARIO. Soy el invisible, en la noche de los gatos. Somos muchos, somos todos. Sí, sí, sí “The Passenger” es de esas canciones que, al acabarse, genera un vacío incorregible: no hay canción en el mundo que pueda suplirla en cuanto a intensidad y epifanía.

“The passenger” es la redención de todos nosotros so-zombies decadentes en medio de la tormenta de arena, en la ciudad de noche embrujada y piernas-carne de gallina: la medusa y sus hermanas en el asiento trasero lamiéndose los pies y una lata de cerveza vuela con alas de taparaco. Uno que otro cigarro. Todos locotos. Tantas chicas lobo y vestigios de luz de neón orinados desde esa terraza de casa arruinada en el centro. Siguen las luces siguen siguen. Esa canción nos salvó, nos bailó, nos fumó. Fin de semana, fin del mundo. Si Dios es bueno es bueno con toditos incluidos: esqueletos chascosos con ojera de platino y dientes de plastoformo, al ritmo insano del (otro) Flaco. Habiendo encontrado esta joya en un basurero. Habiendo bebido de este elixir en el lomo de un puercoespín. Noche de calor y nieves frías, historias las mías. Introducción a una nueva mística de la decadencia, volumen uno, volumen dos, volumen tres, subanlé volumen: rociándonos a cien por hora, escapando de la mañana como de un ratón…cantando la la la la la la la la la - la la la la la la la la la. Fiestas intestinales, humos infernales, todo, todo deviene belleza pura al son sónico de “The Passenger”. Todo deviene. Yo te veo y tú me ves por última vez. Esa es la ley nomás, salud, salud escarabajos y tortugas de ciudad, fantasmas eléctricos y simulacros de Apocalipsis en amargos sobres amargos. Esas brisas de ventanas entreabiertas y agujeros de cigarro mal apagado. Ya no son cuatro los jinetes, ya no. Recuerdo allá por el dos mil dos y dos mil tres: la la la la la la la la la - la la la la la la la la la. No hay nada más intenso. No hay nada más hermoso que esta noche de ciudad … No hay nada más hermoso que tú,

en esta noche;

invencible

noche

de ciudad.

lunes, abril 13, 2009

Crónica del desencuentro entre

Hay profecías imposibles de anunciar por mucha vocación que tenga uno de pájaro de mal agüero. Y ni siquiera ser el padre del nieto de un dios (humano, demasiado humano) puede conseguir que seas titular en el once de la albiceleste más proclive al mal de altura de todos los tiempos. Ni Einstein soportaría tanta relatividad...

Y probablemente mientras suenan los himnos hay quien sólo escuche sus propios pensamientos, voces que tal vez le sugieran: "No me sirve el número diez. No me siento el número uno." Ha llegado el día en que Lionel se toma en serio su mote. El día que olvidó tomarse su mate. ¿No me siguen...?

Cuando uno se llama Maradona y se la pasa la vida abrazado a Fidel, no puede retorcer la historia y perseguir el mito de morir longevo y hacerlo en la tierra donde pereció el Ché. Ni aunque tengas detrás una iglesia que te apoye el dogma...

No todo en la vida es fútbol. Seguro. Y no siempre la realidad supera la ficción. Ahora bien, en los días en que a todos los del Potro del mundo la boca se les vuelve orto, esos días en que la prepotencia te devuelve al estado de en vía de desarrollo; esos días son inolvidables...

Si el tal Agüero y el tal Messi soñaban con recoger el testigo de Maradona, si soñaban con sentarse a su diestra (la zurda es intocable), si el pibe se pensó que podía tener hasta dos heredereros en su seleccionado... Se equivocaron todos. Titular aquellos acontecimientos "Dos hombres y un destino" sólo tenía una cosa de cierto: Bolivia fue la tumba para todos ellos. No es dislexia señores. Bolivia 6, Argentina 1. ¡Bonita forma de bajarlos al suelo! Y que nadie se confunda: El oxígeno no cura los soponcios.

lunes, abril 06, 2009

Una vez pensé y sobreviví...

Lo primero que habría que decir de esta crisis mundial, es que es una crisis del primer mundo. Fuera de los confines de este, la crisis es el pan nuestro de cada día. De hecho, los ciclos económicos en los países que son el retrete de Occidente, se pueden dividir en nefastos o en "aquí tenemos una prueba que demuestra que siempre se puede ir a peor".

No sé si merece la pena enunciar alguna de las posibles recetas que curen esta gripe. De hecho, a veces creo que no estaría mal que el G-8 pillara una buena neumonía que lo dejase tiritando. Sólo que intuyo que los únicos cadáveres que llegarían a los cementerios fueran los de los siervos primermundistas. Pero sobre todo, antes de recitar cualquier posible decálogo con las respuestas que nos resuelvan el problema, creo que cabría analizar previamente qué nos ha traído hasta aquí: Porque es evidente que hemos llegado sin ayuda de nadie...

La primera cosa que se ha estado haciendo mal desde principios de los setenta, más concretamente desde el año 1973 cuando se nos avino la primera crisis del petróleo, es que ha desaparecido de la esfera pública la intelectualidad. Pensar era aburrido y además no resolvía nada... Era necesario que el debate desapareciera de la calle y circunscribirlo a la academia, para que la propaganda pudiese lograr los efectos que se perseguían. Si hay algo dañino para el sano ejercicio de la crítica y el pensamiento, es la demagogia y el malentendido relativismo. Porque hay que explicar que esta corriente de pensamiento no defiende que todas las ideas sean igualmente válidas, sino que todo análisis remite a unas circunstancias concretas, y ellas son las que condicionan dicho análisis. Por si alguien no termina de entenderlo: No se puede poner en el mismo plato de la balanza la miseria de África y a los homeless neoyorquinos.

A esta primera condición se le unió una segunda. Más que venir de la mano, diríase que son siamesas... En la política, se fue cambiando la división entre buenos y malos por hacer común la idea de "todos son iguales". Se ha ido extendiendo en todos los regímenes políticos, desde las más tradicionales democracias a las más largas dictaduras, que esté quien esté en el poder, la única pretensión de quien lo detenta es el propio beneficio. Tal barbaridad no iguala en modo alguno nada. Nos convierte a todos en seres que merecemos el peor de los destinos: El que tenemos. Entender la política de tal modo, la secuestra del ciudadano, lo vuelve un pelele en manos de quien gobierna. A ojos del tirano, hoy el hombre es un poco menos humano. ¿Qué sentido tiene rebelarse ante la injusticia si la revolución es tan sólo un cambio en los nombres de las puertas de los despachos? Esta idea que poco a poco a ido calando entre cada habitante de este mundo, tiene un efecto perverso: Sólo hay esperanza en un posible mesías...

Hay otros ingredientes en este cóctel de la desgracia, pero que el mejunje sea más dulce o amargo no menoscaba su condición de bebedizo con el que se trata de domesticar a la ciudadanía de cualquier lugar del orbe. Hoy, cualquier persona, sea cual sea su nacionalidad, ha de tomar conciencia de su servidumbre. Fuera de los ámbitos de poder, fuera de los lugares donde se deciden las leyes o las condiciones de vida de cualquier comunidad, sea cual sea la posición social o la remuneración, el ciudadano ha de hacer valer la única fuerza que posee: La del número. Si queremos dejar de ser esclavos, meras piezas del engranaje consumista, hemos de hacer valer nuestra fuerza de trabajo, nuestro capacidad de elección, la racionalidad en el consumo. Somos más. Tal vez seamos escoria, pero somos más. Sin nosotros, no son nada. Sin ellos, nosotros viviríamos mejor. Sin nosotros, ellos vivirán peor.

Hay que tomar conciencia del lugar real que ocupamos, de lo que queremos, de adónde queremos ir. No se puede seguir comiendo lo que otros han masticado antes. No podemos seguir haciendo propias las reflexiones de los demás. Querámoslo o no, somos los responsables de nuestro destino. Y si queremos que la palabra libertad adquiera algún sentido, hemos de poner en juego toda nuestra capacidad crítica no sólo ante las certezas externas, sino también ante nuestros miedos, errores y aciertos.

La Política es la ciencia que nos convoca a todos. Todos los días de nuestra vida están afectados por ella y sus consecuencias. ¿Querremos seguir cruzados de brazos?

lunes, marzo 30, 2009

Erving Goffman: las máscaras

"En un espejo con caras viejas había un sitio para tus quejas.
En un cuaderno de tapas negras había un aire de cosas muertas."
Eduardo Mateo y Fernando Cabrera, Por ejemplo.

Cuentan que Zavaleta repetía siempre en clases: "Las ciencias sociales son sólo un género literario". Frase que también escuché decir a mi profesora Silvia Rivera Cusicanqui, arguyendo que la fuente de esta idea se encontraba en La Poética de Aristóteles. Las ciencias sociales sólo como un genero literario. Una idea tan potente que libera a la sociología de los burdos barrotes que todo el siglo pasado la tuvo encerrada entre la razón, la ciencia y la absurda búsqueda de la verdad.

Durante demasiado tiempo, el pensamiento social estuvo marcado por varias obsesiones absurdas. Intentar ser científico, construyendo métodos y discursos sofisticados que creían construir un prestigio alejado del sentido común. Intentar ser científico, construyendo ideas y nociones desde escritorios amurallados contra el mundo, usando como fuerza vital del pensamiento libros añejos antes que la realidad de los sujetos protagónicos de sus cavilaciones. Intentar ser verdadero, persiguiendo (e intentando demostrar) una verdad inalcanzable, una certeza inexistente, buscando anular una duda eterna. Los motores de la ciencia social tradicional siempre estuvieron marcados por las frías verdades por sobre las motivadoras dudas, por los alejados métodos que por la interacción con las personas, por el ego del conocimiento que por la intensidad de la creatividad. Como dice un personaje de un corto cinematográfico de dos entrañables amigos: "La sociología carece totalmente de glamour".

Dentro de este inhóspito y desesperanzador paisaje del siglo pasado, hay un sociólogo que parece caminar y pensar a contracorriente: Erving Goffman. Mientras la mayoría se preocupaba por las abstracciones (inexistentes sistemas y estructuras), él se concentraba en las pequeñas interacciones que marcan el fundamento de la existencia de los seres humanos. Mientras la mayoría construía lejanos métodos para acercarse a sus "informantes", él se sentaba a observar con los ojos bien abiertos y a hablar con la gente con admiración y asombro. Mientras la mayoría buscaba la gran ley que explicara, por fin y de una vez por todas, el funcionamiento de la sociedad, él planteaba una teoría chiquita y sugestiva. Mientras la mayoría defendía su ego y demonios internos a través de la promulgación de la verdad incuestionable de sus postulados, él construía postulados subjetivos y con validez parcial y relativa. Mientras la mayoría construía un discurso inasible y complicado para defenderse de futuras críticas y alejarse del vulgo, él plantea sus hallazgos desde un discurso simple y eficaz, como esas narraciones a las que uno vuelve cada tanto, y lo siguen conmoviendo. Erving Goffman, sociólogo canadiense, nacido en 1922, en medio de la dictadura científica.

Desde la observación de la interacción de los habitantes de la isla de Shettland construyó las bases de su propuesta teórica (sólo mirar le sirvió para entender, no hicieron falta complejas encuestas, talleres o entrevistas; mirar es cada vez más difícil: las luces de la computadora y la televisión, y la tinta de los libros, son nieblas que complejizan esta tarea): la vida social es, esencialmente, una actuación basada en ofrecer al otro la imagen que él espera de nosotros. Y viceversa. Así, la acción social es solamente un papel que desempeñamos en base al guión determinado por la situación y por las personas con las cuales interactuamos. Nuestra existencia es un desfile de máscaras que vamos cambiando en base al contexto en el cual nos encontramos.

En cada interacción cotidiana, formamos parte de una actuación marcada por un escenario y una audiencia, por una puesta en escena con objetivos determinados y por una fachada que es necesaria para que la actuación sea satisfactoria. Somos, entonces, solamente actores dentro de una maquinaria teatral inmensa que va marcando, en base a diálogos y direcciones aprendidas hace tiempo, nuestro camino por estas tierras. Para cumplir nuestros roles, llevamos disfraces (un terno, el cabello largo), máscaras (una sonrisa hipócrita cuando vez que tu tía abuela te vuelve a regalar medias por tu cumpleaños), objetos de utilería (unas flores para pedir disculpas por la borrachera y el escándalo de la noche anterior), un guión (el buen trabajador que uno es en una entrevista, lo bien que te va en el colegio con tus padres), un decorado (limpiar tu departamento cuando por fin crees que podrás romper la férrea resistencia de tu pareja). Cada día, cada momento, cada situación, es una interpretación que se construye en base a la idea de lo que el resto piense de nosotros.

Pero esta actuación, dice Goffman, no es sólo individual. Nuestras interpretaciones también son colectivas, también actuamos en equipos. La familia que se presenta armoniosa e ideal frente a otros (sea el jefe o los amigos); cada funcionario de un hospital, de un banco, de una oficina, que desarrollan papeles determinados para mostrar eficiencia; los miembros de un restaurante que te ocultan (desde el chef hasta el mesero) que acaban de tirarle un brutal estornudo sobre tu pasta primavera. Nuestras actuaciones, muchas veces, se sincronizan con las de otras personas para que la interpretación sea satisfactoria frente a los ojos de nuestra audiencia. Audiencia que también es un equipo.

Sin embargo, estas actuaciones, ya sean individuales o colectivas, no son cínicas. No es que estamos todos actuando premeditadamente, jugando todos entre la hipocresía y el aparentamiento. El problema es más complejo, nuestras máscaras han sido puestas desde lejos. Desde la escuela, desde la familia, desde la maquinaria que nos obliga a ser sujetos sociales. De ahí que nuestras actuaciones son naturales, sin "premeditación y alevosía", afines a una tradición heredada de tiempos lejanos. Por eso los únicos que rompen esa continuidad son los niños, seres donde las máscaras todavía no se han asentado totalmente. Llegas a una importante reunión familiar y la comida es horrible, todos intentan comer aparentando satisfacción. La anfitriona pregunta si el manjar está exquisito. Todos asienten, ocultando el desagrado que corre por sus paladares, el niño no calla: "Esto está horrible".

La sociología como género literario. Encontrar estas características profundas de nuestra vida como seres humanos y manifestarlas con tanta elocuencia y eficacia. Entender que tal vez nuestra identidad sólo es una actuación determinada, que nuestros pasos son guiados por un entorno particular. Develar al ser humano sin necesidad de artificios y egos académicos. Esa es la sociología que me gusta, esa es en la que quiero estar.

jueves, marzo 26, 2009

Sobre la fotografía a través de las letras de Susan Sontag

Otrora existieron personajes de la talla de Aristóteles, Leonardo o Leibniz, una suerte de seres enciclopédicos que compendiaban una innumerable cantidad de saberes por no decir todos los saberes de su tiempo. Ese tipo de erudición omniabarcante dejó de ser habitual en nuestros días debido al vasto desarrollo de las ciencias y sus varias ramificaciones, además de la inconmensurable producción de información de toda índole. En la segunda mitad del siglo XX aparece en la palestra intelectual Susan Sontag, que sin afán de compararla con los anteriores, encarna una suerte de personaje parecido a los de antaño en todo lo fue la actividad política y artística de su tiempo, mostrando no sólo una asombrosa erudición en todos los campos de la cultura sino, y esto es lo más elogiable y asombroso, una intelegencia, cabalidad y lucidez de mirada para abordar todas las cuestiones de su interés, que como mencionamos fueron inmensas. La literatura, el cine, la pintura, el arte contemporaneo o la sociología fueron temáticas que trato con profundidad y gusto; la fotografía fue otra de sus pasiones y la abordó de manera fascinante en una serie de ensayos que compendiados llevan en título de "Sobre la fotografía", que si bien no vamos a tratar es la inspiración de éste post, que siguiendo uno de los ensayos en la vena de Walter Benjamin de coleccionar citas, hemos realizado una yuxtaposición de fotografías de diversos fotógrafos citados en las páginas del libro con citas del mismo sobre las nociones, siempre incisivas y elucidadoras, que tiene Susan sobre la fotografía.

Diane Arbus (EEUU, 1923-1971)
"... hay algo depredador en la acción de hacer una foto. Fotografiar personas es violarlas, pues se las ve como jamás se ven a sí mismas, se las conoce como nunca pueden conocerse; transforma a las personas en objetos que pueden ser poseídos simbólicamente. Así como la cámara es una sublimación del arma, fotografiar a alguien es cometer un asesinato sublimado, un asesinato blando, digno de una época triste, atemorizada."
"Lo que es cierto de las fotografías es cierto del mundo visto fotográficamente."
"Al igual que la estructuración mediante citas de una prosa de ficción, una pintura, una película -piénsese en Borges, Kitaj, Godard-, es un ejemplo especializado de gusto surrealista, la práctica cada vez más común de poner fotografías en las paredes de salones y dormitorios, donde antes colgaban reproducciones de pinturas, es un indicio de vasta difusión del gusto surrealista. Pues las propias fotografías satisfacen muchos de los criterios aprobados por el surrealismo, ya que son objetos ubicuos, baratos, anodinos."
August Sander (Alemania, 1876-1964)
"El atractivo de las fotografías, el señorío que ejercen en nosotros, consiste en que al mismo tiempo nos ofrecen una relación experta con el mundo y una aceptación promiscua del mundo."
"El mundo fotografiado entabla con el mundo real la misma relación, esencialmente inexacta, que las fotografías fijas con las películas. La vida no consiste en detalles significativos, iluminados con un destello, fijados para siempre. Las fotografías sí."
"Whitman pensaba que no estaba aboliendo la belleza sino generalizándola. Lo mismo pensaron durante generaciones los fotógrafos estadounidenses más talentosos, en su polémica busca de lo trivial y lo vulgar."
Lisette Model (Austria, 1901-1983)
"Las fotografías son, desde luego, artefactos. Pero su atractivo reside, en un mundo atestado de reliquias fotográficas, en que también parecen tener la categoría de objetos encontrados, rebanadas no premeditadas del mundo. Así, trafican simultáneamente con el prestigio del arte y la magia de lo real. Son nubes de fantasía y cápsulas de información."
"Ésta es una época nostálgica, y las fotografías promueven la nostalgia activamente. La fotografía es un arte eleágico, un arte crepuscular. Casi todo lo que se fotografía, por ese mero hecho, está impregnado de patetismo. Algo feo o grotesco puede ser conmovedor porque la atención del fotógrafo lo ha dignificado. Algo bello puede ser objeto de sentimientos tristes porque ha envejecido o decaído o ya no existe. Todas las fotografías son memento mori. hacer una fotografía es participar de la mortalidad, vulnerabilidad, mutabilidad de otra persona o cosa. Precisamente porque seccionan un momento y lo congelan, todas las fotografías atestiguan la despiadada disolución del tiempo."
"Viajar entre realidades degradadas y encantadoras es parte del impulso mismo de la empresa fotográfica, a menos que el fotógrafo está enclaustrado en una obsesión en extremo privada."
Lewis Hine (EEUU, 1874-1940)
"Las fotografías pueden ser más memorables que las imágenes móviles, pues son fracciones de tiempo nítidas, que no fluyen. La televisión es un caudal de imágenes indiscriminadas, y cada cual anula a la precedente.""El fotógrafo está comprometido, quiéralo o no, en la empresa de volver antigua la realidad . . ."
"El más lógico de los estetas del siglo XIX, Mallarmé, afirmó que en el mundo todo existe para culminar en un libro. Hoy todo existe para culminar en una fotografía."
Berenice Abbott (EEUU, 1898-1991)
"Desde un principio, los fotógrafos no sólo se impusieron la tarea de registrar un mundo en vías de extinción sino que la cumplieron por encargo de quienes la apresuraban."
"Así como la fascinación ejercida por las fotografías es un recordatorio de la muerte, también es una invitación al sentimentalismo. Las fotografías tranforman el pasado en un objeto de tierna reminiscencia, embrollando las distinciones morales y desmantelando los juicios históricos mediante el patetismo generalizado de contemplar tiempos idos."
"Los fotógrafos, operando dentro de los términos de la sensibilidad surrealista, insinúan la vanidad de intentar comprender el mundo y en cambio nos proponen que lo coleccionemos."

jueves, marzo 19, 2009

Mike Leigh y su desagarradora visión de la humanidad

Cámara en mano avanzando. Noche. Un callejón poco iluminado y al fondo oímos los gemidos de una pareja follando contra la pared, los gemidos son de placer. Mientras más se acerca la cámara y más inteligible se hace la imagen los gemidos de placer de la mujer empiezan a cambiar en quejidos y gritos de dolor. La mujer se desembaraza del sujeto y empieza a huir no antes de insultarlo y amenazarlo. Ella huye por un lado y el sujeto huye por el otro corriendo angustiado. El sujeto corre y corre jadeando por las calles de una ciudad aparentemente industrial. Entra a su casa y saca un maletín con sus cosas. Sigue corriendo hasta encontrar fortuitamente un coche abierto, toma las llaves y arranca conduciendo con el volante a la derecha. Vemos un banderín de Manchester Utd. en el retrovisor. La dueña del coche sale gritando de su casa mientras el coche se pierde. El sujeto toma una amplia carretera. Los créditos arrancan.

Es el comienzo de “Naked” (1993), película del cineasta inglés Mike Leigh, protagonizada por David Thewlis quien interpreta a Johnny, el sujeto que folla, es rechazado y huye durante la primera secuencia del filme (traducida al español como “Indefenso”, una de las pocas traducciones que me parecen apropiadas o por lo menos que indican que el traductor al menos vio la película).

Mike Leigh, representa en el mundo del cine contemporáneo una de las voces más singulares que hay, tanto por su crudeza temática como su personalísimo método de trabajo con sus actores y de la consecuente construcción de sus películas.
El universo habitual de Mike Leigh está situado en una Inglaterra donde la realidad humana es profundamente frustrada, intolerante y solitaria, ya sea en ámbitos familiares o individuales; Leigh nos revela una existencia desgarradora, donde la esperanza está iluminada de una luz tenue por no decir inexistente, donde la falta de comunicación y entendimiento es un denominador común las escasas veces que el individuo pretende salir de su insoslayable soledad.

Mike Leigh es una suerte de poeta de un mundo alienado, desesperanzado e incomprendido, por ende su cine es crudo, desgarrador, no fácilmente tolerable, pero lo innegable es que todo lo que nos narra viene cargado de verosimilitud; sus secuencias, sus diálogos nos escupen autenticidad, podemos reconocer a los personajes encuadrados por más irritables e irritantes que puedan ser, pero nos interesan, y hasta pueden causarnos empatía y ternura, todo gracias a la sabia mano de Leigh y la compenetración y conocimiento que tiene de sus personajes y de las situaciones que a estos les toca vivir.

Leigh y el manejo que tiene de sus personajes es único, ya los métodos que le son habituales al cineasta británico son muy suyos; Leigh basa sus filmes en alguna premisa un tanto abstracta o general como ser la familia, la adopción, el aborto, la soledad y a partir de nociones así y un casting posterior, empieza un arduo trabajo con sus actores en torno a la construcción, primero de personajes, en total complicidad con el actor y con todo el entorno que éste último pueda dotarle al personaje, y segundo a la creación de las circunstancias que luego serán la película. Horas, semanas y meses de ensayo van delineando a los personajes de la película, para que luego su interactuación vaya configurando las secuencias de la filme, su mera esencia.
“Secrets and Lies” (1997) o “All or Nothing” (2002) nos cuentan historias de familias con relaciones disfuncionales, casi rotas entre sus miembros, donde el silencio o la violencia verbal y la intolerancia, son la líneas que trazan la vida y relaciones de los pobladores de dichas familias. La frustración laboral, el tedio y el cansancio emocional, el aislamiento físico y sentimental de la vida, la falta de motivos y esperanzas conduce a los personajes a una vida gris y descarnada, donde el diálogo o la ternura se cambia por gritos y desprecio, la soledad parece entonces el refugio más sano que el contacto humano, que por otro lado se pide urgente como auxilio, pero que una vez más deviene en un reino de agresiva intolerancia.

Ya alejado de las esferas familiares en “Naked”, quizás su película más formidable, Leigh nos presenta a Johnny, un sujeto entrado en sus treintas, que por su peculiar e insidiosa forma de ser parece estar en constante huida y rechazo de todo su entorno. Johnny huye a Londres en búsqueda de su ex-novia y la película es una recolección de las peripecias que le toca vivir a este sujeto de tremenda inteligencia, de irónica y lúcida verborrea, de ambiguo carisma y de violentísima conducta sexual, o sea un antihéroe paradigmático, dueño de una visión apocalíptica del mundo. “Naked” nos muestra sus sucesivos encuentros y la incapacidad que él y sus interlocutores tienen para crear un vínculo ya sea comunicativo o sexual, y como la sociedad le ha creado al individuo una coraza para otorgar un poco de confianza al otro, o como comunicarse con el otro sin herirlo es una imposibilidad, o quizás una defensa al posible y reiterado rechazo.

“Naked”, como toda la obra de Leigh, toca fibras íntimas de lo que es el ser humano confrontado con la humanidad, con las coyunturas y taras sociales, con su incierto y doloroso destino individual, y con el áspero y conflictivo trato con las personas que uno quiere, aprecia y desprecia.
Otra de las facetas de la maestría de Leigh, pese a la desoladora cosmovisión que ofrece, nos otorga diálogos mordaces que no están para nada exentos de un agudísimo sentido del humor, como cuando Louise, la ex-novia de Johnny le pregunta como fue que él llegó a Londres, y el otro responde con su habitual inteligencia huidiza e ingenio sarcástico: “Well, basically, there was this little dot, right? And the dot went bang and the bang expanded. Energy formed into matter, matter cooled, matter lived, the amoeba to fish, to fish to fowl, to fowl to frog, to frog to mammal, the mammal to monkey, to monkey to man, amo amas amat, quid pro quo, memento mori, ad infinitum, sprinkle on a little bit of grated cheese and leave under the grill till Doomsday.*” Lapidaria respuesta contándonos en unas cuantas líneas la historia de la humanidad y obviando por completo el sentido que Louise le otorgaba a la pregunta, siempre la coraza, siempre la huida, pero casi siempre con humor, pequeño bálsamo de la existencia.

Creo que con “Naked” Mike Leigh alcanza las cotas más altas de talento cinematográfico, tanto en su contenido como en la metodología fílmica que lleva a cabo para lograr la performance de David Thewlis como Johnny, una de las interpretaciones más auténticas y brillantes que jamás haya visto; siempre en ese estilo y visión descarnada y desgarradora que tiene de la vida (aunque como rareza hay que aclarar que la última película de Leigh, basada también en un individuo y no en un colectivo, una chica llamada Poppy en éste caso, sea una comedia total, y muy recomendable por cierto, algo casi impensable para Leigh, película que no deja de tener su personalísima impronta) que hace a su cine tan valioso y auténtico, además de retratar con una imposible ternura las situaciones más crudas que tiene la cotidianeidad de un país y una clase social que como todo gran arte posee ese carácter de ser humanamente universal.

* Traducción libre de la frase al castellano: “Bueno, basicamente había un pequeño punto, ¿no? Y el punto hizo bang y el bang se expandió. La energía se convirtió en materia, la materia se enfrió, la materia cobro vida, la ameba al pez, el pez al ave de corral, el ave de corral al sapo, el sapo al mamífero, el mamífero al mono, el mono al hombre, amo amas amat, quid pro quo, memento mori, ad infinitum, rociar con un poco de queso rallado y dejar en la parrilla hasta el Juicio Final.”

jueves, marzo 12, 2009

W: ¿Monstruo, hombre o animal?


Al terminar de ver W. de Oliver Stone sólo me queda una cosa clara: si George Bush padre era un vendedor de zapatos en lugar de presidente de los E.E.U.U. y que, en lugar de ejecutar la operación Tormenta del Desierto, optaba por conquistar el mercado costarricense del calzado, nos hubiéramos ahorrado una de las guerras más estúpidas, innecesarias, absurdas, abusivas, prematuras e infames del milenio, apenas en pañales el pobre (¿Quién nos dice que esa guerra no será la semilla de una tercera y (última) guerra mundial?).

Producto que sólo puede corresponder a nuestra época, caracterizada por una inflación de información a un nivel insólito de inmediatez, W. me deja confundido. Mientras la veía, pensaba: probablemente esta película no agrade mucho ni a los bushistas (que hoy se deben limitar, con suerte, a George y Laura), ni a nosotros: los antibushistas. A los primeros, por razones obvias: Oliver Stone desnudando traumas psicoanalíticos profundos de un idiota que los vive a fondo sin intuirlos en lo más mínimo no es poca cosa. En cambio, en el segundo caso, nosotros, la cosa se pone interesante: lo molesto de ver la susodicha película es que, al contrario de Michael Moore con su ácido documentalismo, Stone nos muestra un rostro de Bush que no queremos ver y que, nos guste o no, está ahí: el rostro humano.



Fareinheit 9/11 es el primer y mayor síntoma de esta época de “libre expresión” (que, paradójicamente, en lugar de combatir el sistema, se adapta a él y legitima su reproducción) e inmediatez de la información a la que me refiero. Su panfletarismo, sumamente necesario en el momento de difusión del filme, oculta e ignora de manera consciente cualquier atisbo de humanidad por parte de George W. (so hijo de puta).

Oliver Stone, con mayor distancia y frialdad que Moore (aunque es escalofriante que ambas películas hayan sido producidas y divulgadas paralelamente a la presidencia del susodicho) opta por el género biográfico tan caro a él, se sirve narrativa y estéticamente de los recursos de la ficción y propone una incursión intimista y axiológicamente compleja en la vida de un personaje histórico crucial para el inicio del nuevo milenio. El afamado director de JFK y Nixon se mueve por la casa blanca y sus recovecos con la misma comodidad y pericia con la que George A. Romero se mueve entre sus ejércitos de zombies. El polémico director se centra en la relación de W. con su padre, interpretados de manera perturbadora (son personajes que todos hemos visto en la televisión y muchas veces) por Josh Brolin y James Cromwell respectivamente. Vemos, en una cronología desordenada, cómo Junior (como lo llama su padre, recalcándole su condición) incurre sin frenos en el mundo del alcohol y lo abandona tras casi perder la vida, cómo el padre asciende políticamente hasta devenir en presidente e ideólogo de la primera guerra de Irak, cómo el joven W. siempre sufrió el menosprecio de su progenitor que ponía toda la fé en Jeb, etc.

La historia se resuelve con un giro psicoanalítico al dejar en evidencia ante el público que George W. actúa para demostrarle a su padre. ¿Demostrarle qué? Que no es un inútil y que, allí dónde el viejo Bush retrocedió en lugar de tomar Baghdad y encular a Saddam, él sí lo haría y sería un héroe, un republicano tan memorable como Reagan. Es impactante como ese motor edipiano lleva a un all american asshole al trono del mundo. Si algo que queda claro después de la peli es que W. es un americano típico, por no decir ejemplar: de vaquero alcohólico a cristiano re-convertido, amante del béisbol, de la “democracia” y de la libertad, amante de América (esa que empieza en Nueva York, acaba en Los Angeles y cuyo centro está en Texas), amante de las armas, la música country y la carne asada. No hay nada en él de un Sauron o un Darth Vader, estamos muy lejos del tirano sentado en lo alto de su torre, de espaldas a la hoguera, maquiavélico y calculador, inhumano y deformado (quizás esa caricatura corresponda más a su padre). No, no, no: aquí todo es más simple, estamos ante un gringo-tipo que cree que es el heraldo del Bien de la humanidad por los valores que ostenta su país y que es muy fácil implantarlo en el mundo dado que se trata del Bien y punto.


Lo terrible y aterrador de W. es que denuncia la mediocridad a la que ha llegado el liderazgo del (primer) mundo. Olvidémonos de esos temibles hombres de estado que engendró el siglo XX como De Gaulle, Churchill, Lenin, Roosevelt o Castro (a punto ya de extinguirse), hombres con proyectos colectivos, visiones de Estado y visiones de la humanidad. En ningún caso se trataba de hermanitas de la caridad pero sí de tipos que conocían el contexto y el mundo que los rodeaba y querían, cada uno a su manera, agarrar a ese toro por las astas. Junior es un ignorante de calibre olímpico, producto del sistema educativo de su país, Junior cree que en el mito de Rocky Balboa, según el cual los gringos tienen la legitimidad y la luz como para dar lecciones aquí y allá en el mundo entero. Junior ignora el profundo conflicto que aqueja a Irak y a medio oriente y al resto del mundo, ignora también que toda conquista tiene que tener su parte de legitimidad y conocimiento del pueblo sometido, por más fuerza que se imponga. Justamente fueron esas razones (ojo con esta palabra) las que llevaron a George Bush padre (so hijo de puta) a abandonar la quimera de Irak allá por los lejanos noventas.

¿Entonces quienes estaban realmente conscientes de lo que realmente pasaría en Irak? El grupo de mafiosos corruptos que rodeaba al “elegido” W. Me refiero a Dick Cheney (nunca podré ver igual a Richard Dreyfuss, brillante), a Donald Rumsfeld y compañía (Condoleezza, cómo no): eso se sabía antes de que Stone o Moore hagan sus películas. Insisto, lo terrible es que estos son dos groseros políticos corruptos sin mayor astucia que la que se requiere para saquear y saquear, como malditos piratas panzones y ebrios. Estos tipos si que corresponden a la caricatura más grotesca (que Oliver Stone no se molesta en sutilizar).


Hay diversas conclusiones posibles, sin embargo queda claro que, por un lado Stone le da duro a Bush: lo pinta como a un tonto, impulsivo, ignorante, inseguro, narcisista y frustrado que actúa manipulado por una sarta de rasputines de mala muerte. Pero por otro lado, la película también lo humaniza y, por ende, en cierta forma, justifica sus acciones: la música dramática, la cámara intimista, la luz teatralizada y otros elementos cinematográficos como el acceso a la interioridad vía sueños y ensoñaciones nos hacen olvidar que estamos viendo la vida del mayor tirano del mundo contemporáneo y el responsable de la muerte de cientos de miles de personas inocentes (de las que Oliver Stone dice muy poco) y eso, a meses de terminada su presidencia. ¿Era justo presentarlo así o es mejor mantenernos, por ahora que las papas aún queman, en nuestra posición de que Bush, ante todo, es un monstruo?

Lo que sí es un hecho es que si la crítica de Oliver Stone, al humanizarlo, no recae exclusivamente en W., está clarísimo que ésta no puede sino desviarse hacia sistema en general donde TODO está viciado irremediablemente como por un virus informático indestructible y constitutivo mismo del sistema. Desde esta segunda perspectiva, las cosas son aún más espeluznantes: la democracia, los estados nacionales, los derechos humanos y todas las vacas sagradas de la modernidad no serían sino un pretexto para que viles piratas llenen sus bolsillos a costa de la sangre, los gritos y el hambre de miles de inocentes. ¿Cuál puede ser el futuro si nos referimos a las naciones más grandes de la humanidad? El panorama no es muy optimista.


miércoles, marzo 04, 2009

Hornby (Parte 1): Fidelidades, rupturas, canciones y mi amigo Paco Doblas

Hace ya algunos años en las afueras de Madrid, Las Rozas si mal no recuerdo, en esa neo-Europa quasi-Americana, de grandes malls o centros comerciales, con multicines gigantes que reemplazan a la Plaza de los Cubos o a la Gran Vía y plagados de hot dogs o kebabs que reemplazan a los pinchos de tortilla y a las patatas bravas del bareto cutre de la esquina, nos encontrábamos con una panda de amiguetes en la siempre ingrata labor de elegir que película ver, ya que los pareceres son como el culo, cada uno ostentaba el suyo, a lo que llega obligatoriamente el momento de ceder o pactar. Ese día Paco Doblas, insigne personaje y amigo vigués, abstemio, mujeriego, dicharachero y rockanrollero el hombre, sugirió entrar a “High Fidelity” (“Alta Fidelidad”) interpretada por John Cusack, que pese a las morisquetas de la prole fue la que más consenso alcanzó. Finalizada la función, Doblas recibió sendas miradas de aprobación y hasta algún golpe en el hombro, ya que unánimemente la película había gustado y en el peor de los casos había causado unas risas.

Recordé ese episodio porque hace poco cayó en mis manos la novela de Nick Hornby “High Fidelity”, a la cual le hinqué el diente y finalicé en pocas sentadas; la novela al igual que la película tiene guiños muy divertidos y causa muchas risas, y sobre lo cual puede surgir la sempiterna discusión, quizás un poco más interesante aunque casi tan trillada como el clima, de si es mejor la novela o la película, pero ese debate se lo vamos a dejar a otro. En cambio me parece más interesante abordar la literatura de Nick Hornby y como desde una perspectiva individual, masculina y fundamentalmente autoparódica afronta los dilemas y obsesiones que ostenta el género como ser las mujeres y las consiguientes rupturas con ellas o nuestros inmejorables e inimputables fetichismos musicales o nuestros irrenunciables sufrimientos domingueros por un equipo de fútbol que no podemos abandonar o de nuestra constante e infinita inmadurez.

De las varias novelas de Hornby sólo he leído “Alta Fidelidad” y “Fiebre en las gradas” , la primera y de la cual hablaremos en ésta ocasión está plagada de canciones esenciales, debacles sentimentales, top 5s de la vida y tantos otros infortunios que puede vivir un treintañero soltero a los albores de los 40; la segunda, la cual trataremos en su momento, es una novela de aprendizaje (muy escaso por cierto) que versa sobre el romance que se crea entre un niño y un equipo de fútbol y como este evento será un estigma de Caín que tendrá que cargar ese inocente y casi idiota niño a través de su adolescencia, juventud, madurez y eventual vejez hasta el fin de los días y como ese fenómeno distorsionará todo el entorno de su vida social.

“Alta Fidelidad” tiene rasgos de ser un tratado sobre la inseguridad masculina, sobre todo ese bagaje de virtudes de las que todos nos vanagloriamos y que luego en nuestras mentes devienen en defectos o fobias que no nos dejan vivir tranquilos, en esa vena la novela goza de momentos tan hilarantes como cuando Rob Fleming (el protagonista) trata de explicarnos por qué él es un buen partido para las mujeres y en qué estriban sus méritos para serlo, lo cual él plasma de la siguiente manera: “Mi genio, si se puede decir así, consiste en combinar un montón de cualidades medias en una presentación compacta. Yo diría que hay millones de tíos como yo, pero en realidad no creo que sean tantos: muchos tíos tienen un gusto musical impecable, pero luego resulta que no leen; muchos tíos sí que leen, pero es innegable que tiran a gordos; muchos tíos simpatizan con la causa del feminismo, pero llevan una barba estúpida; muchos tíos tienen un sentido del humor digno del mejor Woody Allen, pero son clavaditos a Woody Allen. Muchos tíos beben demasiado, muchos tíos hacen el idiota cuando conducen sus coches o motos, muchos tíos tienden a meterse en peleas o se las dan de tener dinero por un tubo o toman drogas. Yo la verdad es que no peco de nada de eso; si se me dan así las mujeres no es por las virtudes que tengo, sino por las sombras que no tengo.”

Rob trata de situarse y meter en contexto la reciente ruptura con Laura, recapitula las Top 5 relaciones rotas más dolorosas dentro de las que obviamente con tenaz orgullo masculino no incluye a Laura y va procurando hilar y comprender los deseos y añoranzas masculinas con las confusas demandas femeninas como cuando nos narra por qué el emparejamiento perfecto sería entre una chica Cosmopolitan y un adolescente de 14 años: “Basta con leer cualquier revista femenina para comprobar que se trata de la misma queja de siempre: los hombres –esos muchachitos, sólo que al cabo de diez, veinte, o treinta años-son un desastre en la cama. No les interesan “los prolegómenos”; no tienen el menor deseo de estimular las zonas erógenas propias del sexo opuesto; son egoístas, codiciosos, torpes, nada sofisticados. Estas quejas, es inevitable percibirlo, tienen un deje irónico. Por aquel entonces (N.d.A.: El protagonista se refiere a su adolescencia), lo único que nosotros buscábamos eran los prolegómenos, y a las chicas les importaban un pepino. No querían que uno las tocase, las acariciase, las estimulase, las excitase; de hecho, te daban un pescozón si lo intentabas. Por eso no es de extrañar, a mi entender, que no se nos dé nada bien. Nos pasamos dos o tres larguísimos años sumamente formativos, es verdad, aguantando un chorreo constante para que ni siquiera pensáramos en ello. Entre los catorce y los veinticuatro, eso de los prolegómenos pasa de ser lo que los chicos quieren y las chicas no, a ser lo que las mujeres desean y a los hombres les importa un pimiento. (O eso es lo que dicen. A mí, la verdad es que me gustan los prolegómenos, sobre todo porque aquellas veces que yo sólo quería tocar están alarmantemente frescas en mi recuerdo.) El emparejamiento perfecto, si quieres que te diga lo que pienso, es el que se daría entre la chica Cosmopolitan y el chaval de catorce años.” Era imposible que Hornby pudiera obviar a esas famosas aleteadoras femeninas que parecen activarse indefectiblemente cada vez que uno empieza la subida de las manos partiendo del radio de la cintura frustrando nuestras temerarias y lascivas exploraciones.

Así es como Hornby de una manera totalmente risible y profundamente autoparódica nos traza el mapa de nuestros vicios y frustraciones, delineando las paradojas de nuestra existencia y reflexionando acongojadamente: “Llevo pensando con la polla desde los catorce años, y si he de ser sincero, pero sólo entre tu y yo, que no se entere nadie más, he llegado a la conclusión de que mi polla tiene un cerebro de mosquito.” Y así prosiguen las disquisiciones sobre el desamor, el sexo, la felicidad, la nostalgia y, cómo no, la música: “¿Qué fue primero: la música o la tristeza? ¿Me dio por escuchar música porque estaba triste? ¿O es que estaba triste porque escuchaba música?”

Será en la próxima entrega en la que hablemos de Hornby y su insoslayable obsesión con el fútbol y con su equipo el Arsenal londinense, pero eso no evita las risas que prosiguen la lectura de “Alta Fidelidad” y las evocaciones que esto provoca remitiéndose siempre a la figura de Paco Doblas y de esas eternas charla super masculinas que sosteníamos con él y Álvaro Monje, o con los paseos por el centro madrileño cuando Paco decía a Monje o a mí “mira esa tía, es muy tuya” discerniendo a la perfección los gustos y tendencias de cada uno, y cuando a él se le preguntaba cuál tía era muy suya, el siempre respondía “a mí me gustan todas”. Un crack Paquiño, ojalá Hornby lo hubiese conocido antes de escribir la novela de marras, así estaría escrita esa maravillosa salida de Paco cuando cautivados por el enigma le preguntamos qué pensaba de la pose perrito y él, meditabundo y algo contrito con esa sabiduría y kilometraje que sólo él posee, respondió: “¿Acaso hay otra?.”

miércoles, febrero 25, 2009

Guillermo Arriaga: la vida como literatura

En momentos clave, la existencia, o mejor aún, sus giros sorprendentes, tienen una cualidad profunda para construir momentos límite. Momentos increíblemente redentores, momentos increíblemente hijos de puta. Entre la posibilidad de pasión y desgarro transitamos cotidianamente. A cada vuelta de esquina puede aparecer un evento que trastoque todo, que desvirtue todo, que (re)funda todo. La vida, en última instancia, sólo encierra malignas penas o enormes alegrías. Caminamos por un destino que es un péndulo entre la plenitud y la tristeza. Y esa cualidad intrínseca también está en nosotros, estamos poseídos por ella. Los seres humanos somos una conjunción de vida y muerte. Capacidad para crear como para destruir. Capacidad para construir solidaridades como para destrozarlo todo, para matarse por los que uno quiere como para olvidarse del resto de los mortales que no conoce. Para ser artistas como para ser abogados. Esta contraposición esencial entre la vida y la muerte, entre la plenitud y la tristeza, es una de las principales propiedades de la existencia y sus actores.

Guillermo Arriaga, inmenso escritor y guionista mexicano, autor de novelas como El búfalo de la noche y Escuadrón Guillotina, y de guiones como Amores Perros, 21 Gramos y Babel, plantea la relación entre la creación y las características complejas de la existencia cuando dice en la solapa de uno de sus libros: "Contando historias los seres humanos podemos celebrar los hondos dolores de la vida. Por eso se siguen escribiendo novelas, cuentos y guiones. Por eso escribo yo. Las influencias en mi obra son la calle y el monte. Siempre, más que otros libros. La vida misma, con su crudeza y su dulzura, con sus desgarros y sus festejos".

Creo que en esta reflexión se concentra el sentido último de la literatura de Arriaga. Beber de lo humano, reportar y reflexionar sobre la vida misma, engendrar creaciones que muestren nuestras profundas propiedades y características. Así, los motivos de su obra se encuentran inscritos en esta fuente inmensa y desoladora. El dolor y la desnudez que implican una relación de amor marcada por la locura, el desapego y la amistad. La paradoja que implica la posibilidad de muerte para engendrar vida a través de nuestras construcciones científicas que sólo implican miedo. La posibilidad de que el cruce de un semáforo trastoque la existencia de manera definitiva. El poder y la crueldad que se expresan desde niños, desde una familia, desde un barrio.

La vida por sobre los libros, la sustancia por sobre los mecanismos, la médula por sobre los artificios. Esa es la literatura de Arriaga. Talento puro y duro. En un espectro creativo marcado por el experimentalismo y la búsqueda técnica, Arriaga retorna a los principios básicos de la literatura. Pienso muchas veces, cuando leo algunas cosas contemporáneas o charlo con estudiantes de literatura o prospectos de escritor, que la escritura se ha ido perdiendo, concentrándose demasiado en las técnicas y en los conocimientos de otros autores. Es más importante el mecanismo de la novela, la estructura y los medios sorprendentes, que la sustancia de la misma. Es más importante el juego que el autor puede desarrollar con otros autores, que las cavilaciones profundas que entrañan sus páginas.
Bueno, en Arriaga la técnica y los libros son siempre secundarios frente a la necesidad de narrar y a las sorprendentes historias que cada segundo nos pone la vida frente a los ojos. De ahí que sus historias estén dominadas por una emotividad extrema, por una capacidad movilizadora que se apoya en las sensaciones que todos vivimos algún día. Cuando existe esa posibilidad para beber de los complejos caminos de la existencia y para poder expresarla respetando sus honduras y misterios; los instrumentos, los artificios y la técnica no tienen demasiada importancia. Lo más importante, lo esencial, ya está realizado.

lunes, febrero 16, 2009

El no tan curioso bodrio de Benjamin Button, David Fincher y Brad Pitt

No es una curiosidad o una extrañeza que una película larga, pulcra, sensiblona, aburrida, bien hechita y poco ingeniosa esté a la cabeza de ganar un Oscar de la Academia, es más bien volver a un pasado medido por un baremo similar que siempre ha privilegiado los “Forrest Gump” sobre los “Pulp Fiction” (tendencia que parece emanciparse al galardonar a la fabulosa y perversa “No Country For Old Men”, pero aparentemente de nuevo debemos ser iluminados), y no digo porque este año haya ningún “Pulp Fiction”, la verdad no lo sé, de las nominadas sólo he visto “The Curious Case of Benjamin Button” y para muestra, nunca mejor dicho, un botón.

La película arranca con un prólogo bastante decoroso con algunos momentos álgidos en sentido del humor y con uno que otro personaje con cual sentir empatía, pero eso dura poco, un quinto de la película para ser indulgente, después se empieza a suceder un burdo remedo de “Forrest Gump” el filme de Robert Zemeckis, mostrándonos el transcurrir del mundo a través de los inocentes y diáfanos ojos de Benjamin Button, un hombre nacido viejo y que va rejuveneciendo mientras avanza su vida. El filme nos descubre su ubicuidad en los eventos históricos más relevantes, lo purificador que es para las personas que va conociendo, tornándose en una cinta predecible y aburrida ante cada fotograma que pasa (perdón a la hermosura de Cate Blanchett, que tampoco alcanza para salvar el conjunto de la hoguera).
Una cosa altamente sorprendente es la firma de la película; me parece muy confuso que esta obra esté suscrita por David Fincher, un cineasta pese a no estar entre mis favoritos, entendía yo que poseía una visión más sórdida, pesimista y valiosa, visto lo visto en “Fight Club”, “Seven” o “Zodiac”, uno espera una interpretación menos cándida de la vida, no tan salida de un popurrí de Paolo Coehllo y Steven Spielberg, ya que sin saber el director a mi se me hubiera pasado por la cabeza pensar que esto era una hechura de Spielberg o de uno de sus tantos epígonos (léase por ejemplo Ron Howard) propagadores de la buena caligrafía, el pastel cinematográfico y el final feliz.

Que mezcla de risa y repugnancia en los momentos en que Brad Pitt empieza a aparecer vestido de James Dean, y de Marlon Brando, para terminar en un comercial de perfume de Ralph Lauren mientras observan el despegue de un cohete cerca de Cabo Cañaveral. Brad, ya eres un hombre grande y has demostrado tener alguna cualidad actoral, un poco de rubor en la cara. Es difícil percibir al final de la película algo distinto que un empacho que además evoca algo que ya has visto con un maquillaje un poco grotesco, para algunos esa sensación será felicidad y catarsis, pero un poco pensada esto último es algo artificial hasta los poros. Lo único verdaderamente rescatable de este bodrio es el viejo que fue sacudido por un rayo en siete ocasiones, que lástima que solo muestren seis de ellas. Por lo demás “The Curious Case of Benjamin Button” se quedará como un emulo descompuesto de una raza de películas que está más para indignar que para iluminar.

jueves, febrero 12, 2009

Depeche Mode: Touring the angel (Vivo en Milán, 2006)


Es curioso como son inversos los destinos de The Cure y Depeche Mode. Los primeros (el primero) empezaron con una propuesta marginal, oscura, fría y derivaron en un soft rock tierno y melancólico pero muy lejano a las ominosas notas que poblaban sus primeros discos. Los segundos empezaron con un pegajoso pop niuhueivero que, poco a poco, fue derivando en una densa y ácida banda de viejos rock-stars en penitencia.

El resultado en la actualidad me parece contundente: mientras Robert se ha aburguesado y se ha cerrado en la misma burbuja musical que viene proponiendo desde el "Wish" (hay cosas hermosas, claro), ignorando todo el cambio en la propuesta sonora que ha acaecido en el rock y en la cultura underground desde entonces; Depeche Mode ha creado un sonido tan propio como adaptado a la época, sedienta de nuevas vetas, enamorada de un frenesí sensorial muy ajeno al que se exigía allá por los ochentas. Mientras Robert ha engordado y parece un rockero satisfecho con su estilo de vida, un bon-vivant; Martin Gore y Dave Gahan están más en forma que nunca para sobreexcitar la mente de las nuevas generaciones con notas perturbadas, abnegadas y sinceras; poderosas a más no dar cuando de ser transmitidas en directo se trata.

Justo antes del estallido mundial de la gira “Tour of the Universe 2009”, me permito introducirles esta perla entre los vídeos en vivo: “Touring the Angel”. La gira promocionaba el “Playing the Angel”, el mejor disco de la banda desde “Violator”. Nada tienen que envidiarle en poder y carisma a grupos como Nine Inch Nails, Tool, Radiohead que, si bien pueden meter más bulla, carecen de un frontman como el de Depeche: Gahan, como verán, es una bestia de escenario que pocos pueden igualar (un Jagger, quizás, un Dickinson). Como en un partido de futbol donde todo le sale bien a un equipo, en aquella fecha de Milán, Martin Gore y compañía dieron cátedra en lo que es presentarse en vivo y darse integro a una audiencia, idiotizada audiencia, por cierto.

He aquí un entremés yutubístico: