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lunes, mayo 19, 2008

Anthony Bourdain: sin reservas


"Algo muy sustancioso encierra la cocina además de los sabores, a la manera de un misterioso recipiente en el cual se van depositando y sedimentando una infinidad de conocimientos de la vida y costumbres de los pueblos."

Beatriz Rosells Montalvo, La gastronomía en Potosí y Charcas. Siglos XVIII, XIX y XX.

Anthony Bourdain transita por distintas regiones del planeta siguiendo los sabores y productos que se crean en ellas. Muestra los resultados de su búsqueda en un programa de televisión (en Bolivia lo dan en el cable, en Travel Channel). Y este programa es también un festín de inteligencia y buen humor.


Para Bourdain, el análisis gastronómico no es la única preocupación: confluyen en su mirada las costumbres, las realidades socioeconómicas y las características profundas del lugar de donde prueba sus manjares. Así, tantear un plato de arroz con pollo en Singapur es también un pretexto para reflexionar sobre la fusión cultural que han vivido esas tierras; saborear una feijoada en Brasil lo lleva a discurrir sobre el sufirimiento de la esclavitud y la infinita creatividad humana para resistir y reinventar las posibilidades para seguir sobreiviendo.

Y estas actividades no son esbozadas desde el burdo folclorismo con el cual muchas veces Occidente se acerca a los recónditos rincones que aún quedan en la "aldea global". No hay asombro paternalista en el acercamiento, no hay intentos activistas por curar demonios propios (antropólogos ingenuos abstenerse). La relación se basa en la celebración compartida, en el respeto genuino, en el sentido del humor que crea comunión. Todo esto condimentado con amor por la palabra, ojo dilucidador y observaciones sugerentes y divertidas

En el fondo, tal vez sin pretendérselo, Bourdain expone a la comida como un hecho social total y un prisma de conocimiento. En ese sentido, la comida es el resultado de una suma de fenómenos y relaciones sociales pero es también un espacio para acercarse a características esenciales de una cultura determinada. Y aquí entra en juego un argumento epistemológico.


Mientras las ciencias sociales se han preocupado tradicionalmente de "los seres humanos" desde confusas abstracciones, complejos sistemas, inexistentes leyes y burdas estructuras, la verdadera vida social transcurre en lo cotidiano entre acciones esenciales que van desde comer y follar hasta morirse por un equipo de fútbol o una última botella de singani. Como dice Ferrarotti, la "pulpa" de los seres humanos está en la vida cotidiana y no en estructuras imaginadas desde un escritorio amurallado contra el mundo. Hay, entonces, mucho más posibilidad de conocimiento de una cultura en un plato de comida que en una sofisticada encuesta, en una reflexión sobre sabores que en una ajena entrevista "en profundidad".

Y pienso: ¿dónde llevaría a Anthony Bourdain si viniera por La Paz? Lo llevaría a comer un buen picante en el "Opiparo" un jueves en la tarde (una expresión de la grandilocuente forma de comer de los paceños y de la vida cotidiana de los empleados públicos); lo llevaría a comer unos anticuchos a "Las Velas" (el alcohol como actividad fundacional de estas tierras, el cobijo del calor que siempre dan las polleras); lo llevaría a comer salteñas de fritanga en "Salteñas Chuquisaqueñas" (nuestra comida rápida, mezclando empanadas ajenas con el relleno marcado por el condimento característico de nuestra comida); lo llevaría a comer un api caliente con empanadas infladas viendo "Shaolin Soccer" en Las Alacitas (una fusión extrema de temporalidades y valores remotos con complejos procesos contemporáneos)... la lista tiende a ser infinita: una trucha al ajo en Huatajata, a orillas del Lago Titicaca, una salchipapa del "Salchipapero nazi" en Miraflores, unos riñoncitos en la cancha Zapata. La Paz es un laberinto de sabores, ingredientes y platos deliciosos, un espacio donde se pueden buscar cada día festines legendarios. Sigamos buscando, se aceptan sugerencias.

lunes, abril 21, 2008

Herzog, el hombre abismal y la naturaleza pornográfica

"[On the jungle]
We have to become humble in front of this overwhelming misery and
overwhelming fornication... overwhelming growth and overwhelming
lack of order. Even the - the stars up here in the - in the sky look like a mess.
There is no harmony in the universe. We have to get acquainted to this
idea that there is no real harmony as we have conceived it. But when I say this,
I say this all full of admiration for the jungle. It is not that I hate it,
I love it. I love it very much. But I love it against my better judgment."
Werner Herzog, "Burden of Dreams", Les Blank


Dentro de inmenso paisaje que es la filmografía del maestro alemán Werner Herzog, hay unas cuantas películas (probablemente algunas de sus más famosas) que he tenido la suerte de contemplar y admirar, contaminándome de sus más hondas e inquietantes preocupaciones y fascinaciones; me refiero a obras como “Aguirre, la ira (cólera) de dios”, “Fitzcarraldo”, “Cobra Verde”, o documentales como “My best friend”, el reciente “Grizzly Man” o el monumental “Burden of dreams” que sin ser suyo narra sus peripecias en el rodaje de “Fitzcarraldo”.

Creo que todas estas cintas tienen en común unos cuantos aspectos que son: la presencia desmesurada, abrasiva y omniabarcante de personajes abismales, seres que disfrutan caminar al lado del precipicio, columpiarse en el barranco, deambular por pantanos o arenas movedizas, coquetear con el infinito o sea con el fin y otro rasgo insoslayable la esencial, intrínseca y polémica relación con la naturaleza.

Los intérpretes vivenciales o fílmicos de este personaje u hombre abismal son Klaus Kinski, alterego fílmico de Herzog en toda su saga de “colonizadores”, Timothy Treadwell, el ecologista misántropo que amaba, veneraba a los osos pardos como para vivir entre ellos en “Grizzly man”, y por último el mismo Werner Herzog, azotado por sus sueños, pasiones, desmesuras y locuras en “Burden of Dreams”.


1. Me suscitó escribir esta líneas el hecho de haber visto hace poco “Grizzly Man”, un hermoso, peculiar y “salvaje” documental que cuenta las peripecias de Timothy Treadwell, que vivió durante trece veranos seguidos en Alaska con los osos pardos, lugar donde encontró su razón de ser pese a las constantes tribulaciones consigo mismo y con sus congéneres, encontrando una paz única y una suerte de inmolación en complicidad con sus amados compañeros de hábitat. “Grizzly Man” es un documental que Herzog elabora con una inmensa cantidad de material que Treadwell rodó durante sus viajes a Alaska, Herzog loa el innato talento para la narración documental que ostenta el “hombre oso” siendo el camarógrafo, director, actor, narrador y hasta montador en muchos casos, de su propia obra.

Obra en bruto que Herzog dibuja como una radiografía del hombre y de sus obsesiones matizada, sin maniqueísmos por la gente que lo conoció y que compartió su vida y su muerte. Pero lo más seductor de este trabajo, es que “Grizzly Man” parece una película de ficción de Herzog en clave documental en la que el inventó a un documentalista, ecologista y misántropo que con su indómito espíritu y su cámara trazó su propia vida y muerte. Herzog siente profundo parentesco con Treadwell en su faceta de documentalista y una admiración desbordante por su inestable personalidad y obsesión.

De ahí que Treadwell entra al panteón de seres brutales como Aguirre, Cobra Verde o el mismo Herzog de “Burden of Dreams”, hombres con montañas demasiado altas para trepar, hombres tan pertinaces que nada los hace descansar, obsesiones tan gigantes que siempre los terminan consumiendo por no decir extinguiendo, hombres que caen ante el insondable abismo de su propia ambición, equivalente esencial de su propia entidad o de su patológica personalidad.


2. En las deambulaciones fílmicas aludidas, Herzog siempre tiene como trastienda o escenario a la naturaleza, en su febril y avasalladora naturaleza (valga la redundancia). “Aguirre” y “Fitzcarraldo” discurren en las frondosas y aterradoras selvas amazónicas donde los personajes tienen entre sus más terribles adversarios a esa insondable y pertinaz bestia, que es el entorno que los irrita, los aflige y les condiciona sus sueños y anhelos.

“Grizzly Man” tiene como otro personaje no a los osos, sino la naturaleza que estos representan y cómo Treadwell ve en ellos y en la naturaleza, a los antagonistas del asqueroso e incomprensible mundo burocratizado de los hombre. La naturaleza para Treadwell tiene esa pureza prístina y primigenia que lo hace suspirar ante cada manifestación de ésta, como ser en las contundentes cagadas de los osos. Herzog se vale de la inocente mirada de Treadwell para insinuarnos su visión cruda y anti-romántica de la naturaleza, cuando Timothy observa los miembros de oseznos mutilados por el mismo padre para poder seguir fornicando a la madre. Herzog aludía que Kinski veía belleza y erotismo en las entrañas del amazonas, él no, veía obscenidad, pornografía, dolor, chillidos, fornicación. En resumen, muerte.

Lo que para Treadwell era una visión romántica, un tanto inexplicable, para Herzog es una matemática de dolor, supervivencia y muerte que lo fascina pero no lo embelesa, y creo que es por esa lúcida, atenta y escrutiñadora mirada que Herzog ostenta, que él es el único, de todos esos hombres aludidos que le ha tocado retratar e interpretar en cámara, que ha podido, sin desbarrancarse pasear al son de la obsesión y la locura por los diferentes abismos de su alma.


viernes, septiembre 21, 2007

Saudades (o qué cojones, nostalgias)


Ufffff... Ya hace tiempo que tuve la intuición que querer en esta vida te aboca a ese círculo vicioso que consiste en echar siempre a alguien de menos. No hay solución ni para un misántropo como yo. Hace unos cuantos años que conozco a Alvaro, e intuyendo que la vida es una especie de chiste, fue contándonos unos cuantos como empatizamos (pronúnciese con acento gaucho y después, sonría). Como todo en esta vida se puede medir por un valor, sea por estar omnipresente o por no percibir su ausencia, la genética nos vino a hacer a ambos a imagen y semejanza de los nuestros. Uno no es así por generación espontánea. Tiene que tener unos precedentes. Y nosotros nos parecemos a nuestros padres mal que nos empute, que sinceramente, es bien poco. Y no sé si esto tiene algo que ver en que él se emocione con los dichosos griegos, o que yo ejerza de gentil defensor de los hebreos. El hecho es que el tiempo de comer kebaps en un tugurio pakistaní por Huertas u ¿Hortaleza?, pareció acabar el día en que Alvaro se convirtió en emigrante de ida y vuelta. Nadie contaba con mi palabra de vasco y su amor por Madrid. Le prometí visita y cumplí.

Es conocido por muchos mi fascinación por La Paz sin necesidad alguna de ser socio de Greenpeace o Amnistía Internacional. Mi amor por ese botxo es a pelo. Pero no es menos cierto, que si me voy a pasar la vida regresando a la, por ahora, capital de Bolivia, es porque allí conocí al clan Trasunto. Con permiso de Gilda, me vais a permitir que lo denomine así. Uno sólo puede decir que tiene dos familias porque en ambas se siente como en casa. Y en chez Trasunto, que parece que siempre esté de jornadas de puertas abiertas, uno no sólo se siente como en su hogar de toda la vida, sino tiene esa sensación de pertenecer a algo, de ser uno más, de tener más de un padre y una madre sin trámites de adopción, sin ser un hijo de puta. Siento el exabrupto pero me lo he puesto como si fuera el mismísimo Felipe II.

Hace pocos meses que me volví de mi segunda estadía en La Paz. Dos increíbles meses. La primera fueron quince días. La siguiente, ¿quién sabe si para siempre? Hoy es el día en que me siento más colla que nunca, pero por Trasunto, y también por Arbeloa. Guido, Gilda, Diego, Alvaro, gracias por muchas cosas intangibles (de nuevo con acento gaucho). Sé que no hace falta pero lo he decir: mi casa también es vuestra casa, aunque todavía pertenezca a esa generación tan española que todavía vive con sus padres.

No es por que crea que haya que luchar por un mundo más justo, que también. Ni porque sea un militante de la razón práctica, a mi pesar. Estas palabras habían de ser dichas, pues aunque bien conocidas, compartidas y públicas, una vez más, me apetecía expresarlas.

jueves, agosto 23, 2007

Contemplación de un templo en Saturno

A Vale


Se trata de una semiesfera en ruinas cuyo punto más elevado no se distingue sin vértigo y sensación de pequeñez Absoluta. El edificio imita la coraza de un gran escarabajo de celeste naturaleza. La cúpula cubre un inmenso estanque perfectamente circular. Todo está en manifiesta decadencia y parece haber sido concebido por una civilización anterior a la gran muralla edificada para separar el territorio de lo soñado y el de lo vivido, dado que, si bien en un estado decrépito, el templo ejercía un efecto hipnótico: fascinante y aterrador a la vez. Y a pesar de que las aguas estaban estancadas durante milenios y habían desarrollado fauna y flora propias de los más oscuros pantanos, era imposible dejar de imaginar como habría sido semejante palacio en su esplendor cuando, en un concurso extremadamente preciso de condiciones cósmicas – que se repiten a una cadencia incomprensible para una simple mente sublunar –, se filtraba un haz de luz venido de Dione, la luna más bella de Saturno, por un pequeño esténopo ubicado matemáticamente en lo más alto de la cúpula. Las aguas, poco antes oscuras y fétidas, de repente reflejaban un asombroso movimiento proyectado mágicamente en la totalidad del domo, ahora translúcido y acariciado por juguetonas tonalidades verde esmeralda. Y se levantaban los muertos del pantano devenidos hermosos seres andrógenos de piel selenita; bailando enamorados al son de una melodía misteriosa y reconfortante, para luego volver a la oscuridad perpetua en la que yo me encontraba en cuanto la ley giratoria de los cielos alejaba al hermoso satélite con la misma energía que lo había dispuesto en el punto exacto para que se produzca aquella orgía de sagrada y trascendental belleza.

Ojalá hubieras estado allí para verlo…


(Extracto de "Luna de miel en Saturno")



martes, agosto 07, 2007

El "Negro" que lo parió a Inodoro

"- ¡Mire esta vaca, Serafín! Musa inspiradora de miles de composiciones escolares... ¡Y ahora es acusada de traficante de colesterol por el naturismo apátrida! Nos da su leche, su carne, su cuero. ¡Lo quiero ver a usté haciéndose una campera de zapayitos!"
Inodoro Pereyra, Roberto Fontanarrosa

Mi primera ida a Buenos Aires trajo una constatación y dos suculentos descubrimientos. Mi constatación fue la fascinación que desde muy pequeño había sentido por el fútbol argentino y por la imparangonable pasión que se vivía en las tribunas; fue tal la constatación que creo que en mis primeros 14 días en Buenos Aires asistí a unos 10 partidos de fútbol en diversas canchas de capital y provincia.

Los descubrimientos, en cambio, fueron de índole muy distinta. El primero fue el asado de tira; la fama de la carne argentina es mundial pero hasta que uno no la pone en contacto con el paladar y los dientes no sabe que así como la pasión cantada de las tribunas futboleras, es incomparable, pese que para pasmo de mi hermano, mi viejo y mío uno de los comensales que nos acompaño a nuestra primera incursión al “Palacio de la Papafrita” (guardo la identidad para privar del escarnio público al buen hombre que nos hizo compañía), ni corto ni desvergonzado lo primero que hizo al ser servido fue pedir ketchup de acompañamiento y como bien decía un caro amigo del vecindario madrileño de Moratalaz “esto en mi barrio es movida”, yo suscribo y certifico la frase ante tal atentado de lesa gastronimidad.

Pero el descubrimiento más inopinado y fascinante creo que fue “Inodoro Pereyra: El Renegau” (como él se describe "Pereyra por mi madre, Inodoro por mi padre que era sanitario"), historieta creada por el finado escritor “Negro” Fontanarrosa, que narra las lánguidas y filosóficas desventuras de un gaucho de indomable flojera (o como él mismo se define "timido para el esjuerzo"), hirsuta y rebelde cabellera y portentosa y redondeada nariz (o como la llaman los loros "nariz de taco alto"). Inodoro es la hilarante parodia del tesón y enjundia gauchesca, llevada a sus más grotescos e imaginativos derroteros con díalogos como los siguientes: "- ¿Y usted cómo se gana la vida? - ¿Ganar? ¡De casualidá estoy sacando un empate!" o "- ¿No andará mal de la vista, don Inodoro? - Puede ser. Hace como tres meses que no veo un peso". Ahondarse en la lectura de Inodoro fue una de las costumbres más celebradas de nuestra estadía en Argentina, ya que arribando tarde en la noche mi viejo nos leía las historietas con acento gaucho explicándonos mucho de la jerga utilizada y en breve mi hermano y yo nos desparramábamos de risa con las conversaciones, elucubraciones y máximas de Pereyra al lado de su insobornable compañero el crestiano emperrado (o perro crestiano) Mendieta, de su abundante esposa Eulogia y una bandada de loros que no hace otra cosa que difamar y vilipendiar al sufrido mártir telúrico. Las lecturas duraban horas, lo que provocó que lo único relevante, si es que lo es, de Buenos Aires que no conocimos ni por asomo fue la mañana, Pereyra nos privó de tan sutil y madrugador privilegio.

Ese humor argentino ambientado en un personaje de tierra adentro, tenía amplificadas todas esas virtudes de un pueblo con una finísima ironía, un privilegiado sentido para las comparaciones insólitas, tremenda capacidad para hablar alverres (al revés) y para el trastorno del sentido de las palabras (un rasgo más bien propio de humor de Fontanarrosa), factores que a la larga han sido no semillas para el cultivo de la risa, sino una escuela de humor y de manifestación verbal de la cual me siento pésimo, pero honrado epígono, así que quería rendir mi pequeño homenaje a un gigante del humor mundial como el “Negro” y no el día después de su muerte, sino un poco después, porque los homenajes no se deben quedar en meras crónicas recopilatorias sino en el verdadero legado que el finado te dejó.

Qué grande Fontanarrosa, que en su obra nos legó todo el sustrato de los descubrimientos y constataciones argentinas: el amor por el fobal, la veneración del sagrado vacuno y la más rutilante destilación y digestión del humor a través de Inodoro y compañía. ¡Qué lo parió al Negro, hasta siempre!

jueves, julio 12, 2007

Deambulanciones prot-Orureñas

"Hoy perdido entre tus calles vuelvo a recordar que . . ."
Élmer Hermosa, Los Kjarkas, Oruro

Paseo por la ciudad y se me hace tan familiar como extraña, sus calles me sugieren retazos de memorias disueltas entre la espiritualidad de las bebidas, lo ritual de las danzas y lo embrujante de los entremezclados sonidos.

Hoy camino y no me siento presa de ese paréntesis que se abre al ver el casco a la entrada de Oruro y que se cierra al despedirse, tampoco soy presa de aquella frase taxativa “lo que pasa en Oruro, se queda en Oruro”, será porque hoy me faltan cómplices, inculpadores e inculpables, y si los tuviera tendrán el estigma del Pagador en la frente y la V azulada en el pecho, así que lo mismo da el compromiso proferido, pase lo que pase “se queda en Oruro”.

Me muevo por aquí con inusual soltura, no encuentro la trinchera quasi infranqueable que bifurca a la ciudad en esas dos zonas que hemos aprendido a llamar “Sodoma y Gomorra”; hoy son partes de un todo y no un frente marcial que debes defender con las más certeras sutilezas de la muñeca y los más poderosos bazukazos del brazo, a plan de gordas bombuchas o globos de agua.

Transito guiado por el instinto y re-conozco parajes re-corridos, siempre con un omnipresente retumbe lejano sabor a bronce y con colores difuminados, ya no en las calles, sino en las paredes de las mismas.

Viajo por Oruro, vuelvo por Oruro, y me siento en una casa peculiar, encuentro siempre una parte de mi yo (pretérito y venidero); deambulo en sus fríos parajes y ya que el caleidoscopio dionisiaco no es el filtro de mi mirada, sereno evoco, y es que Oruro es una fragua de memorias, y el recuerdo ya sea en Proust o en Wong Kar-Wai, por más dulce que fuere tiene esa pizca de sabor a tristeza; Garcilaso dice "verme morir entre memorias tristes”, yo en cambio digo "vedme andar entre memorias tristes", ya que todo tiempo pasado por más que mejor tiene el yugo del ya no será jamás.

lunes, mayo 07, 2007

Peripecias de un iruñés en la tierra del verdadero carnaval


(i)
Uno, que es pecador por antonomasia, y por hereje también, lo es sin complejo de culpa alguno. Y la falta, que en este caso me sobra en extremo, es la de ejercer de chauvinista recalcitrante: cuando uno es de Pamplona no le hace falta añadir lo de ¿y qué? Soy de Pamplona, y si los demás queréis, pues aplaudís. Bueno, pues no sé si más por pecador o por pamplonés, me gusta la fiesta, la juerga, la diversión, el cachondeo… Sanfermines claro: Muchas horas robadas al sueño y varias patadas en el hígado, amén del resto de elementos imprescindibles de la Fiesta. Porque los Sanfermines lo son con mayúscula. Son la Fiesta más grande de este jodido planeta. Lo sé porque he estado en varias de las que aspiran a competir y… ni de coña. Simplemente no están mal. Entiendo lo del orgullo de los paisanos, pero Pamplona es única. ¡Joder!, yo iba a hablar de Oruro y me salió el pamplonica pues…

Pues eso, que tiene sentido hablar de Oruro con la mirada de un iruñés. Y si a uno, que ha vivido la Fiesta entre las fiestas en su plenitud, llega a un lugar que es la taza de váter del culo del mundo, y se encuentra en medio de un carnaval en el que los disfraces no son barrocos intentos de obras de arte, sino la expresión de todas las vertientes del alma humana, de sus aristas, y si uno desde la grada se deja arrastrar, y de repente se ve convertido en tinku (porque yo, ya me siento tinku) y en medio de la algarabía popular comparte todo lo que al ser humano le hace digno de considerarse tal, y como sin querer se encuentra con que la capacidad de emocionarse sigue ahí, que uno puede seguir sorprendiéndose para bien, que la empatía no es un impulso eléctrico a un cuarto de amperio, que la sonrisa hace que se alcen las orejas… Joder, Oruro ha de ser muy grande si consigue que el descreído pecador impenitente que soy yo se emocione como cada vez que visita su tierra. Joder con los orureños. Joder con su Carnaval. Así se le quitan a uno las ganas de la cuaresma. Está visto que nunca podré dejar de pecar…
(ii)
Es curioso como de un tiempo a esta parte, como todo aquel que necesita un cambio de paradigma coge una mochila y se larga al culo del mundo para encontrar la taza de váter. El problema de todo occidental que agarra una mochila es que a pesar que se deja los explosivos en casa, lo deja todo hecho una mierda. A la gran mayoría, para salir de su aburrimiento y de la rutina les sería suficiente con empezar a hacer crucigramas; el problema es que de eso no se puede hacer una foto que sirva de salvapantallas. Detesto a aquellos que piensan que conocer un país es dormir un par de días en el suelo comiendo cosas que no permitirían que sus madres cocinaran. Si el ansia por conocer otras vidas fuera cierta saludarían con más frecuencia a sus vecinos. Pero tiene que ser un coñazo no tener nada interesante que contar en las reuniones anuales de antiguos alumnos. Esa maldita necesidad que surge cuando se empieza a hablar y ver en la mirada de los otros, ojos como platos… Para aquellos que no tenemos cuchillo y tenedor, o no comemos o lo hacemos con la mano.

Iñaki Arbeloa

domingo, marzo 11, 2007

Peripecias y compañeros de un huérfano de destino

“Now I’m telling my troubles to strangers
When the shadows get long I’ll be dead
. . .
I left Texas to follow Lu(cinda)
Now I’ll never see heaven or home”
Lu(cinda), Orphans, Tom Waits

En el pretérito, cuando el mar eran vastas aguas de un infinito inexplorado, cada vez que un navío zarpaba, los marinos envueltos en sus terrores y esperanzas debían lidiar con la contradicción y aspirar encontrar tierras inhóspitas plagadas de especias, tesoros, perfumes y riquezas, pero con la inseparable zozobra espiritual de toparse con un monstruo marítimo como el Kraken o el Leviatán que trunquen su ilustre vida al unísono de su ilusión de un solo aletazo. He ahí la esencia del viaje: la contradicción (paradoja).

Todo viaje es una apuesta, un pasaje, una puerta a la fortuna o a la desventura, a lo inhóspito e imprevisible. Cada viaje es una búsqueda ¿búsqueda de qué? Se busca encontrar, el qué ya es una redundancia. Uno viaja por países, reinos, imperios, contornos, sentimientos, brechas, pliegues, mares, añoranzas y barrancos. Viajar es mutar, es tornar en espacial una transformación de los fueros internos, es mirarse al espejo con una puesta en escena cambiada por ende con una desnudez imparangonable. Un viaje es una suerte de desentrañamiento, un enfrentamiento de fuerzas vivas que desencadena bienaventuranzas o traza aciagos desenlaces.

Dentro de las cosas impagables en la vida están los buenos compañeros de viaje, marinos de arrugas hendidas, preciosos especimenes en extinción; aquellos que comparten la peripecia, que deambulan el mundo junto a uno, que escuchan nuestras ahogadas tribulaciones, que su sabiduría hace del devenir de la travesía algo mucho más llevadero. Una suerte de imposible, un ente de exageración abstracta capaz de involucrarse en la necesaria reyerta, la enconada discusión y por último la eventual separación y consiguiente separación de derroteros.

En mi último viaje he tenido un compañero inestimable, baúl infinito de experiencias y máximas, de carácter afable y maleable para como aparecer cuando se lo requiere y ausentarse como a pedido. Ese “imposible” que suscribo no es otro que Orphans: Bawlers, Brawlers and Bastards, el último disco de Tom Waits, que más que un álbum es un recorrido, un largo, profundo y poco apacible paseo por los meandros del alma humana. Y no es descabellado que sea Tom Waits el compañero ideal de navegación, hombre conocedor de diferentes avernos, guía espiritual de seres sin retorno, heraldo del balsámico desagarro de la derrota existencial, hombre con luz en los ojos, monstruo de envenenadas cuerdas vocales y por último, sabio gurú de los huérfanos sin destino y sin retorno.

“The best friend you’ll have is a railroad track” es la frase de un innato itinerante, que sabe que el camino casi inequívocamente te lleva a extravío, a quedar “lost at the end of the world”, a no retornar a casa y si es que lo logras el camino será la analogía de una larga y sinuosa cicatriz. Pero Waits no es sólo un errante sino un interlocutor; sabe que la cura es la música, el canto gutural, la plegaria y la confesión, por eso te lo expresa, te lo dice, te lo reza y con él el mundo viene y va, uno viene y va; él calla, te escucha y te contagia como es él, impenitente y castigado, con sorna, cigarro y buen humor.

Y así con ojos vidriosos de mirada displicente, voz aguardentosa de garganta nicotinizada, corazón indómito de “little man”, paradoja viviente, te dice y te oye, vuelve y se va, te mira y te desdeña y te quiere y por último con un rosado velo perfumado de una doncella ausente se sopla la nariz y lo guarda como pañuelo en la solapa, se arregla el saco, arquea la ceja y rectifica el sombrero como diciendo adiós, como diciendo hasta la próxima . . . como fuere, sea cual sea el desenlace, con Tom cuando sea, a donde sea.

Ver: Lie To Me, "Orphans: Bawlers, Brawlers and Bastards", Tom Waits

Glosario

Huérfanos
Todos los seres de la extensa mitología de Tom Waits. Entre ellos errantes, alcohólicos, reos, almas penitentes, chulos, extraviados, tatuados, sentimentales, melancólicos y las tres nuevas adquisiciones que se desglosan a continuación.

Berreadores
Energúmenos de roncas voces que pueblan las diferentes tabernas del orbe, canturreando excesos, arengas futboleras, penas y desamores.

Bronqueadores
Facinerosos con ninguna pulga en el cuerpo, dispuestos a destrozar el vaso de cerveza en la crisma de cualquier cristiano por la razón más nimia del mundo y quedarse ufanos para pedir la siguiente copa.

Bastardos
Hijos naturales, seres de destino neblinoso y mirada nostálgica, solitarios y siempre sentados en la esquina ulterior de la barra recontando los tumultuosos avatares del recinto.

Escuchar: Sea of Love, "Orphans: Bawlers, Brawlers and Bastards", Tom Waits

martes, febrero 13, 2007

El lar de los disconformes ...

El lar de los disconformes… Y ¿qué lugar no es ese? En fin, que cuando a uno le ofrecen escribir desde un sitio llamado tal y además le sugieren que podría dar rienda suelta a su incomprendida simpatía por La Paz, de nuevo he de sonreírme para mis adentros pues ya estamos a vueltas, una vez mas, con las recurrentes paradojas.

En el lar de los disconformes uno puede hablar de casi todo, incluso con la pretensión de no decir demasiado. Quién lo diría… Se podría esperar encontrar con toda suerte panfletaria de vocingleros en actitud quejumbrosa, pero apenas si se puede encontrar un jodido taco. Y claro, por mero efecto pendular, viendo que la primera expectativa se frustra el lector, en actitud de espera nuevamente, pensaría que los textos a encontrar son los de unos cuantos iluminados dispuestos a transformar el mundo según las tesis de un edulcorado Tony Blair: El temible cambio tranquilo, la entropía silenciosa… Mierda de posmodernos que ni quejarse saben. Pero no, aquí nada se propone, tan sólo se habla un tanto de fútbol, o se esbozan visiones sobre el arte, o se proponen nuevas exégesis de cristo. Tal vez haya una clara vocación de hermeneutas en todos nosotros o simplemente hablamos por no callar.

Qué tiene que ver esto con mis simpatías con La Paz: todo y nada como aqueste lar. La Paz es el botxo* más grande donde se asienta una ciudad. A diferencia de los bilbaínos, los paceños no presumen de ello, pero presumir más que un bilbaíno es harto difícil, ya se sabe, así que para qué intentarlo… Aunque dudo mucho, para estupor de los del botxo vasco, que los paceños se preocupen de tales cosas. De hecho las preocupaciones de los paceños podrían ser cualesquiera que se les ocurriesen, pero parecen estar a otra cosa. Aunque nunca se sabe…Abundando en esta peculiaridad geográfica, si Roma se asienta en siete colinas, el botxo paceño comienza a unos cuatro mil cien metros y parece finalizar a los tres mil quinientos aproximadamente. El día que los insectos sean los únicos que moren este puñetero planeta, aquí estará la residencia de la hormiga león. Y así parece que se ha ido construyendo esta ciudad, con todo aquello que tenia a bien asomarse y caer por el precipicio. Que nadie se equivoque, La Paz no es ningún estercolero, sólo que el orden responde a la casuística de la fuerza gravitatoria. La geometría y los planes urbanísticos no pueden sino ser una boutade de la física moderna. Aquí todo se desparrama por el lógico cauce de la caída. Todo es un eterno e inútil trepar de aquellos que parecen querer resistirse, o un languidecer de quienes saben que una lucha cotidiana contra la primera ley de Newton no tiene demasiado sentido. Y mientras la hormiga león no venga a campar por sus respetos, todos tranquilos. Vaya lar de los disconformes… Pero qué no decir de Roma o de Paris… Por cierto, ¿alguien sabe para qué sirvió el mayo del 68? Ni para masturbarse sin complejo de culpa.

En fin, que La Paz, no solo es un recurso geográfico para quien busca un poco de la misma. Es también ese sitio donde la noche muestra un espectáculo casi neolítico, con todos los perímetros del botxo iluminados, cuevas en que las hogueras alumbran el descanso o la borrachera de sus moradores, que bien merecidas tienen ambas alternativas. Porque beber para un paceño es apuesta sobrevenida. Nada de rito sacramental ni hostias en vinagre. El paceño bebe porque sí. Y si acaso, se debería fundamentar en la lógica fisiológica que dice a pulmones grandes, el hígado habrá de ser enorme. ¿Por qué si no? Y si no, al carajo con la proporcionalidad de las medidas renacentistas del ilustre Leonardo y desde hoy yo reivindico como canon de belleza a Chewacka y a Frida Khalo.

Otra peculiaridad de La Paz es que, desde Europa, siempre se llega dando un rodeo. Para los amantes del deambular a ninguna parte, para los que detestan el destino, La Paz es una especie de Atlántida, de Parnaso, de Olimpo. Aunque hay quien dice que no es sino el Hades… Y en cierto modo es así, un Purgatorio en el que el soroche, a la que corres un poco, te hace toser y esputar hasta quedarte sin fluidos. Salvo que seas de los alrededores de Bilbao, claro… A La Paz no se llega, se arrumba. A La Paz no ha de hacérsele propaganda no sea que toda suerte de friquis domingueros decidan que esta de moda. Flaco favor le haría yo si contara porque me vengo aquí a cada tanto. No, no diré lo que es La Paz para mí… La Paz es para mí, y para los paceños

Iñaki Arbeloa

* N. del E.: agujero en euskera.