miércoles, abril 23, 2014

Desteñido partido (¿se destiñe una leyenda?)


La primera semifinal de la Champions League 2014-15 nos dejó un sabor a poco después de 90 minutos que tuvieron un único equipo, el Atlético, con intenciones de plantear fútbol, mientras el rival, Chelsea, apeló una mezcla entre el Pink Floyd más Roger Waters con la República Democrática Alemana versión 1962, "The Wall" meets "El Muro (en este caso no de Berlín, sino de Stanford Bridge). Dicha fórmula le salió rentable a un Mourinho, que día a día va diluyendo su leyenda a plan de racanería, malcriadez y tristes artimañas (perder tiempo . Mourinho entiende el juego como pocos, pero prefiere que el personaje se trague al director técnico, y con eso deja plasmada un aura de grosería fuera de la cancha y una falta de ambición y carisma futbolístico en la cancha que ofrece síntomas alarmantes, no porque esté en una semi de champions (lo cual es un mérito indudable), sino porque Chelsea gastó la friolera suma de 130 millones de euros en transferencias y deja pasar un partido entero sin percatarse de que al frente hay un arco contrario el cual es susceptible de ser vulnerado.

El Atlético fue el único equipo con aspiraciones, puso su habitual entrega e intensidad, apostó por un triunfo que mereció, pero no estuvo fino, justamente los que mueven los hilos, los titiriteros futbolísticos del colchonero, estuvieron en una noche opaca, a Koke y a Gabi les falto la finura habitual y a eso se sumó una muy desafortunada performance de Raúl García, quien tuvo las mejores chances del lance, y una poco inspirada noche de Diego Costa, circunstancias que le restaron a los madrileños sus posibilidades de triunfo.

Terry, Cahill y David Luiz, delante de ellos, se cansaron de rechazar los innumerables centros que tiro el Atlético a la olla. Cuando ingresó Arda Turán, los locales consiguieron una dosis de inventiva que les había faltado en dos tercios del partido, y así estuvieron más cerca de alcanzar un triunfo merecido, pese a las escasas posibilidades de gol que resolvió un acertado Schwarzer, reemplazante del lesionado Peter Cech en el arco de los blues.

Queda una eliminatoria abierta con un Chelsea favorito, únicamente por la localía, ya que lo que viene demostrando no augura victorias calaras ni resonantes. La larguísima racha de Mourinho sin perder en casa en la Premier League se derrumbó el fin de semana ante el Sunderland, último de la competición y con eso casi se despidió del título. El Chelsea es vulnerable y su ataque es muy blando, un gol de Atlético en Stanford Bridge lo pondría en una situación inmejorable para clasificar. Mourinho pondrá sus velas a que sane Eden Hazard, el único jugador excepcional con el que cuenta hoy Chelsea y que estuvo ausente en el Vicente Calderón.

La obligación de ganar para el Chelsea y el de anotar para el Atlético nos ofrecerá una vuelta con más fútbol que este desteñido partido de ida, donde se juntaron el hambre y la falta de ganas de comer, esta última, la triste idiosincrasia actual de un Mourinho que no solo adolece de respeto por nadie, sino que parece haber perdido hasta el respeto y la consideración por su propia leyenda. El tiempo ya lo dirá.

miércoles, abril 02, 2014

Duelo de titanes con Posdata

En un Camp Nou como imponente marco, se enfrentaron dos equipos que se están jugando cuerpo a cuerpo las mayores glorias de la temporada (Liga y Champions); un Barça de corte clásico con esa pléyade de estrellas que viene deleitando hace más de un lustro ante un enorme e inopinado Atlético de Madrid, que pese a manejar presupuestos incomparables con la de los dos gigantes españoles, se ha erigido como una escuadra sorprendente, confiada, valiente, intensa, eficaz y ganadora, construida a imagen y semejanza de su entrenador el “Cholo” Simeone.

El encuentro estuvo a la altura de las expectativas con los roles muy marcados, un Barça dominador y con el control del balón liderado por un Busquets sobresaliente haciendo de titiritero en el centro del campo y un Aleti ordenado, áspero y solvente con Miranda como puntal de una defensa casi infranqueable.

El primer tiempo se tuvo las tempranas bajas de Piqué para los baulgranas y de Diego Costa para los colchoneros, reemplazado por su tocayo Diego Ribas. El juego transcurrió al compás del Barça, pero el peligro sobrevoló el arco de Pinto con dos remates de Villa, uno afuera y el segundo paradón.
La segunda parte cuando recién se iba armando el ajedrez, tras un pase de Gabi, Diego Ribas sacó un bombazo que se clavó en el ángulo de Pinto, dejando estupefacto a un Camp Nou admirado, mudo y pasmado.

El Barça no terminaba de agarrarle el pulso al partido hasta que acaecieron los cambios: entró Alexis, Neymar, que había naufragado hasta entonces, pasó a la banda izquierda, Iniesta se retrasó y la salida de Villa, replegó completamente a los atléticos. Poco tiempo pasó para que llegara el empate con un pase que cual mago se sacó Iniesta de la galera habilitando a Neymar que gatillo rapidísimo para vencer a Courtois, el cual parecía que era un gigante imbatible en la noche catalana.
Hoy no acudió a la cita Messi y Costa se bajó malherido apenas empezada la contienda; ellos eran los invocados a ser los abanderados del juego, pero en su ausencia surgieron Courtois con voladas impresionantes, Gabi como un pulpo recuperando balones en el medio, Diego Ribas con despliegue y un shot de antología, y por los culés Iniesta, cuando no, dijo presente derrochando talento, Busquets se comió la cancha y Bartra hizo que lo de Piqué pase a cuenta de anécdota. 

El resultado final deja con mejor sabor de boca a los madrileños, pero con una eliminatoria totalmente abierta que se define la próxima semana en el Vicente Calderón, con el antecedente de que este duelo de titanes se ha jugado cuatro veces esta temporada y hasta la fecha nunca han podido vencerse o, si se prefiere, derrotarse. Una incógnita se cierne sobre dos equipazos que seguro brindarán otra épica batalla el miércoles en Madrid allá en la ribera del Manzanares. 

PD: Ya sin restricciones de espacio quiero loar al Atlético de Madrid por haberle devuelto la ilusión a un fútbol español que estaba sumido en un dualismo intocable y aburridísimo; los colchoneros partido a partido se le miden a todo, están punteros en Liga, han empatado en Camp Nou y siguen sin ser favoritos a ganar nada, no importa. Lo que el “Cholo” Simeone y sus gladiadores vienen haciendo es la savia misma que riega la esencia del fútbol, competidores máximos que cuando entran a la cancha saben que son 11 contra 11, y sin entrar con calculadoras, ni con quinelas a priori. Cada semana hacen una irreverente gambeta al escepticismo del triunfo final, cada semana le otorgan oxígeno una liga asfixiada por la cómoda predictibilidad con la que vive el fútbol español hace ya demasiados años, refrendada por su cansina y forofa prensa deportiva. No sé hasta cuando y hasta donde llegará esta gesta, cómo el Borussia Dortmund que el año pasado se atrevió a medirse a todo y se quedó a nada de la gloria, pero son estos equipos, estas epopeyas las que permiten recordarnos el por qué de nuestra incurable enfermedad futbolera.

domingo, febrero 02, 2014

Philip Seymour Hoffman (1967-2014), el más grande, The Master

Muy probablemente lo vi por primera vez cuando interpretó a ese mozalbete jailón y colorado en “Scent of a Woman” que dejó en vereda al protagonista antes de que Al Pacino diera uno de esos discursos efectistas que tanto inspiran a las audiencias estadounidenses, ya asomaba maneras. Luego su presencia  se hizo recurrente, Brad, el mayordomo del verdadero Big Lebowski, actor fetiche del inmenso Paul Thomas Anderson persiguiendo como chiquilla enamorada y babosa al sobredimensionado Dirk Digler, cuidando como enfermero al viejo moribundo en “Magnolia”, lanzando vozarrones por doquier en “Punch Drunk Love” o adoptando en su secta a Joaquin Phoenix en “The Master”. También urdiendo un atraco perfecto que deviene en parricidio junto a Ethan Hawke y a su espectacular mujer, Marisa Tomei, a las órdenes de Sydney Lumet, luchando en leotardos por interpretar a Jesús y no a Judas en la obra Jesuscrist Superstar mientras malaconseja a su amigo Ben Stiller, poniendo voz de tipludo interpretando a Truman Capote,  o viviendo ese automartirio en la tremenda “Happiness” de Todd Solondz.

Un actor bestia, un intérprete desproporcionado, un histrión de talento inagotable. Con un físico regordete, con mofletes y nariz de tono rojo cirrosis, de cabellera rubio platinada, y una apariencia que siempre denotaba más años de los que él tenía (murió a sus 46 años solamente), apariencia que para cualquier otro no hubiera alcanzado para pasar de un eterno segundón en películas de medio pelo, Philip Seymour Hoffman nos dejó un legado en la pantalla, un catálogo de personajes impresionante y maravilloso, que en mi visión subjetiva y sesgada, se erigió como el mejor actor de los últimos 20 años en el cine mundial, nada más, nada menos.
Un monstruo en la pantalla, una voz y una presencia escalofriante, capaz de sembrar matices y dejar improntas allá donde aparecía. No por nada el catálogo arriba mencionado y tantas otras películas poderosas y enriquecidas siempre, por el mero hecho, de contar con Hoffman y con su inabarcable presencia. Lo hemos perdido pero perdurará su legado plagado de su inherente gracia y autoparodia, su fuerza y patetismo, y tantos y tantos otros rasgos y detalles que lo hicieron ser ese gigante en 35mm. 
 Me he tomado el tiempo de contar cuantas pelis había visto de Philip Seymour, y resultó que eran 22, la verdad es que es un montón, no sé de cuantos actores pude haber visto tantos filmes, apostaría que de ninguno, y en todas, aunque fuera por minutos, se robaba el show, Hoffman siempre ponía el listón ahí arriba, donde sólo él brillaba haciendo cualquier película mejor. Adios, Philip Seymour, te echaremos mucho de menos, gracias por las risas, por las lágrimas que nos tragamos, por las memorias, y por lo que huelga decir. En la sabiduría popular del gran René Higuita, una vez escuche que decía "en esta vida no hay niño feo, ni muerto malo", en este caso el muerto no es malo, en este caso el muerto era el mejor. The Master.


domingo, enero 12, 2014

Alí, el epítome de las fuerzas vivas



“N´golo era una palabra congoleña que significaba fuerza, fuerza vital. Podía aplicarse al propio ego, a la posición social, a la fuerza física o al impulso sexual. Era indudable que Alí se sentía despojado de la parte que en justicia le correspondía. Durante diez años la prensa había estado estafando a Alí en relación con el n´golo. No importaba que poseyera tanto como cualquier otro norteamericano; él quería más. No es el n´golo que se posee, sino aquel que le niegan a uno, lo que suscita las más violentas histerias del alma. Por consiguiente, en modo alguno podía permitirse el lujo de perder aquel combate. Caso de perderlo, escribirían los epitafios de su carrera, y los muertos no poseen n´golo. Los muertos se están muriendo de sed, según reza un antiguo proverbio africano. “  Norman Mailer, El combate


Desde mis primeros años de vida vengo oyendo de una leyenda llamada Muhammad Alí, que luego aprendí que era un boxeador. Dicho peleador previamente se había llamado Cassius Clay, antes de cambiar de nombre y religión para pasarse al credo del Islam, quien además se negó a ir a una guerra en Vietnam, por lo cual le usurparon el título mundial de los pesados en la época dorada de su deporte. Oyendo de refilón a los mayores también supe que este sujeto tan contestatario había sido parte de muchos de los mejores combates bosxísticos de todos los tiempos.

Ya muchos años después, me tocó ver un documental titulado “When We Were Kings” que narraba todos los avatares que rodearon a una de las peleas más memorables de la historia, el “Rumble in the Jungle”, que enfrentó a Muhammad Alí, el retador y a George Foreman, campeón del mundo.


El documental de Leon Gast es un complemento audiovisual perfecto al libro de Norman Mailer “The Fight”, traducido como “El combate” (Contra, 2013), ya que ambas se enfocan de lleno en el evento que encumbró a un nivel de leyenda eterna a Muhammad Alí.

El entorno de la pelea es fabuloso, enclavada allá en 1974 en la tórrida Kinshasa, capital del ex-Congo belga, en ese momento de la dictadura de Mobutu Sese Seko denominado Zaire entonces, y hoy rebautizado como la República Democrática del Congo. País situado en el corazón de África era el anfiteatro de un combate que parecía que iba ser el descarnado adiós a Alí,  a su incontenible orgullo y verborrea y a sus aspiraciones a mayor gloria deportiva.  

Alí volvió en 1970 a los cruadriláteros después de más de tres años suspendido por su negativa de “servir” a su país yendo a Vietnam, y perdió su invicto contra Joe Frazier en 1971 en el combate titulado como “The Fight of the Century”, narrado también por Norman Mailer en un libro llamado “En la cima del mundo” (451 Editores, 2009). Desde entonces Alí pese a su inconmensurable talento , ya no fue considerado un luchador invencible, tanto a así que fue derrotado también por Ken Norton en 1973, aunque en sendas revanchas se vengaría tanto de Frazier como de Norton.

El ocaso de Alí se vislumbraba, ya que enfrentaba a un brutal Foreman que había destrozado tanto a Frazier como a Norton. Un peleador bestial que demolía a todo contendiente que se le pusiera enfrente. Una máquina de triturar carne, a quien todo el mundo le auguraba un triunfo ante el envejecido Alí. Mailer, nos refiere a los campeones de peso completo como quizás el más aterrador de los asesinos desarmados, y contrapone a ambos púgiles de la siguiente manera “uno de los motivos por los que Alí inspiraba amor (y relativamente por respeto hacia  su fuerza) era el hecho de que su personalidad sugiriera invariablemente la idea de que no sería capaz de causar daño a un hombre corriente, sino que se limitaría a zafarse de cada ataque mediante un mínimo movimiento, y que pase el siguiente. Foreman, en cambio, era una amenaza real. En cualquier pesadilla de matanza, atacaría y atacaría”. 

Tanto el documental de Gast, como la crónica de Mailer, te van adentrando en todo un novelesco envoltorio de la pelea, donde siempre sobresale la irrefrenable locuacidad de Ali que es la única emisión optimista (además del entrenador del mismo, Angelo Dundee) que refrenda que él vencerá a Foreman; todos los expertos, la prensa especializada y los entornos cercanos a los púgiles parecían estar convencidos de que Foreman terminaría con Alí sin demasiada dificultad.   

En sendas narraciones, ambas magníficas, a uno se le van desvelando detalles de lo que se cocía en torno a la pelea, las singularidades de los luchadores y de sus respectivos entornos, las peculiares rutinas de entrenamiento, los miedos soslayados de un lado y el derrochador optimismo del otro lado, la guerra mediática entablada por egos más poderosos que los mismo músculos y todas las fuerzas y ritmos atávicos de la mágica África negra, donde según la filosofía Bantú se cuenta que “los muertos se están muriendo de sed”.   

El preludio del combate tiene como trasfondo los lugares de entrenamiento, y Mailer lo define diciendo: “De sobra era sabido que un campo de entrenamiento se propone el objetivo de manufacturar un producto: el ego de un púgil”, y para labrar esa buena condición física para afrontar la pelea, esta era entendida por el mismo autor como “el principal misterio del boxeo. Se trata de un insólito estado del cuerpo y de la mente que permite a un peso pesado poder moverse a alta velocidad por espacio de quince asaltos. Lo cual no puede lograrse por un simple acto de voluntad”. Además de referirse a la personalidad de un campeón de peso completo explicitando a que “no habría muchos psicópatas capaces de soportar la disciplina del boxeo profesional.”

Alí y sus descargas dialécticas trataban en todo momento de herir el ego y la vanidad de Foreman, Mailer nos aclara que “no existe actividad más vanidosa que el boxeo. Un hombre sube al ring para provocar admiración. Por consiguiente en ningún deporte puede verse uno más humillado.” Y de ahí que Alí contrapusiera su estilo estético y danzarín con los patosos movimientos de momia que tenía Foreman: “Alí se esforzaría al máximo con el fin de que Foreman se sintiera torpe. Si, cuando resultaba más temible, Foreman se parecía a un león, y luchaba como un león, en sus peores momentos se asemejaba a un buey.”

Gast nos deja arrobados con todas las ráfagas musicales que daban un aura más que teatral al combate con los ritmos de James Bown y Miriam Makeba, y Mailer también nos divierte con las bufonescas apariciones de los estrambóticos y carismáticos esbirros de Alí y Foreman, Drew “Bundini” Brown y Elmo Henderson, ambos entrelazados en una pugna de metralla verbal, aporreándose con atronadoras palabras como palos para humillar al jefe de uno y otro mientras se cruzan en un corredor. Bundini decía no saber leer, ni escribir, pero se solazaba en afirmar que sí, sabía hablar (tanto así que a él se atribuye la frase “baila como una mariposa, aguijonea como una abeja.”). La batalla no tenía cuarteles, se destilaba en todos los confines de Kinshasa, nadie sabia el desenlace, pero todos lo intuían. 

El relato de Mailer tiene además la magia de la intimidad, el de haber estado ahí y haber sido parte del tinglado; por ejemplo haber corrido con Alí por las calles de Kinshasa pocas noches antes del combate, el tomar partido hacia Mohammad e irlo declarando cada vez menos de soslayo hasta afirmar de no querer pasarle su kencherio al púgil de su preferencia o el relato de la resentida actitud de niño malcriado que exhibió Bundini en el vestuario previo a la pelea porque Alí no quiso usar la bata que este le hizo confeccionar para la pelea, la cual combinaba con el atuendo de Bundini, y como Muhammad consoló y reanimó los espíritus de uno de los talismanes de su esquina.

El combate llegó el 30 de octubre de 1974 a las 4 de la madrugada en el estadio 20 de Mayo de Kinshasa, y rompió todos los pronósticos, todos los vaticinios y todas las aproximaciones que se habían realizado: Alí salió a agredir a Foreman de entrada y de forma atrevida y arriesgada disparando directos de derecha, confundió y desconcertó a su rival,  luego en vez de bailar, como el mismo reiteró incontables veces que lo iba a hacer, el de Kentucky se fue hacia las cuerdas y allí espero a Foreman, inclinado y apoyado en estas recibió golpe tras golpe de su cruel rival resistiendo los impactos con codos y puños, transmitiendo a las cuerdas y no a las piernas los impactos, para que en cada desconcentración de George, lanzar contraataques punzantes. Todos entendieron esto como una locura, pero como subraya con agudeza Mailer sobre esto: “¿qué es la genialidad sino el equilibrio al borde de lo imposible”. La confusión y la suma de impactos bien asestados fue mermando las fuerzas, la moral y la resistencia de Foreman. El quinto asalto fue el más memorable en el que ambos luchadores tuvieron momentos grandiosos y propinaron ristras de golpes memorables; después de dicho asalto la desconfianza y escepticismo de los comentaristas Jim Brown y Joe Frazier, quienes no daban un duro por las posibilidades de Alí, fueron mutando y como rascándose los ojos se iban percatando de que lo imposible se iba tornando en realidad. La incredulidad se curándose con el ver para creer.

“Un hermoso final perduraría en la leyenda, mientras que una victoria anodina y sin brillo lo dejaría a medio camino de la leyenda –sus amigos lo ensalzarían en exceso y sus enemigos lo pondrían en tela de juicio–, siendo esta la situación que más suele afligir a la mayoría de los héroes”, pero Alí después de una trompada magistral y sin golpear de nuevo a Foreman para no entorpecer la maravillosa estética de su derrumbe, se alzó de nuevo en el campeón del mundo por knock out (primera y única vez que Foreman fue knockeado en su ilustrísima carrera de 81 combates y casi 30 años de duración), haciendo carne de lo imposible, habiendo diagramado una estrategia secreta que no entendieron ni propios ni extraños, y erigiendo su leyenda hasta la estratósfera para ser considerado el mayor boxeador de todos los tiempos y uno de los deportistas más colosales que haya pisado la faz de la tierra.


Años después constaté que la epopeya del “Rumble in the jungle” es una de las cumbres de la épica deportiva, y el hecho que Leon Gast y Norman Mailer nos hayan entregado dos testimonios tan emotivos como vívidos de un evento semejante no hacen más que justicia a un combate, a una época, pero sobre todo a un personaje que en palabras de su propio idioma siempre será larger than life.





jueves, diciembre 19, 2013

Grimes: melodías minimalistas para una noche de fin de verano


“Visions”, el último álbum de Grimes, propone ante todo una atmósfera, una sutil maquinaria de sensaciones delicadas como filigrana. El viaje musical que despliega esta excéntrica teenager canadiense parece más susurrado que cantado, las notas flotan en un aura de noche de verano, como efímeros destellos de aurora boreal entremezclados con resplandores desenfocados de luces de neón y semáforos y luminarias intermitentes de ciudad aletargada.

Grimes posee esa cualidad, tan escasa entre los artistas, de sugerir inmediatamente un aire familiar en la mente de quien escucha; esas insólitas reminiscencias que nos evocan algo conocido y que, sin embargo, cuando revisamos en la memoria no remiten a nada concreto. “Visions” posee una esencia arquetípica de la música electrónica postpunk, en esas misteriosas melodías se encuentra la presencia de clásicos como Kraftwerk, Depeche Mode, Gitane Demone, DÖF o Visage, además de productos más recientes en el quehacer electrónico como Apoptygma Berzerk o Wolfsheim. También es innegable la evocación de producciones “celestiales” como This Mortal Coil, The Gathering o Julee Cruise así como de propuestas frontalmente poperas como Madonna, Kylie Minogue o Suzanne Vega.

El resultado, a pesar de sugerir un desfile de “influencias”, no tiene parangón en la música de ayer y hoy. La propuesta de Claire Boucher aporta algo inefablemente nuevo y refrescante. La atmósfera que consolida “Visions” es íntima, minimalista, coqueta, a la vez lúcida e ingenua, y portadora de una nostalgia sumergida en el Zeitgeist que determina la era crepuscular que nos toca vivir. Entre la melancolía prerrafaelista de la herencia gótica y el travieso espíritu blasé del más colorido pop contemporáneo, el álbum en cuestión nos transporta como la etérea brisa de una noche templada, hacia un pequeño refugio en el intersticio purpureo que separa la noche del día, la algarabía de la melancolía, la ensoñación del sueño profundo, el presente oscuro del pasado diáfano: un bonzai musical donde la vanidad y la profundidad abismal de la vida se reconcilian en un affaire efímero y extravagante pero portador de una innegable belleza.

Así es Claire Boucher, así es Grimes, así es “Visions”. 


lunes, noviembre 25, 2013

Jarmusch triunfa, otra vez, en su versión de hematófago

No es que sea un fanático del género de vampiros, y mucho menos del terror, diría que con unas cuantas excepciones, este último es un género que trato de evitar, pero si Jim Jarmusch decide filmar una película de vampiros, ahí me tienes.

Pese al auge zombi, los vampiros se han puesto de moda nuevamente con deplorables sagas como las de Twilight, o con series poco serias como True Blood de HBO, todas plagadas de toneladas de metrosexualidad. El no ser víctimas de la mortandad es una ventaja que ostentan los vampiros, lo cual les otorga una vigencia que podríamos declarar permanente, y bueno a Jarmusch se le ha dado por filmar una de chupasangres, titulada Only Lovers Left Alive.
Sin entrar en muchos detalles, la cinta va de dos vampiros, apasionados amantes desde tiempos inmemoriales, que se encuentran viviendo en las antípodas del orbe, uno en Detroit, Adan, (Tom Hiddleston) y otra en Tanger, Eve, (Tilda Swinton), que se reúnen imantados por su amorosa pasión. Ambos ancestrales en edad, expertos en el sigilo y la templanza y peritos en sus conocimientos sobre las artes. El primero músico, fetichista, coleccionista, sedentario, y depresivo, quasi suicida, la otra literata, extrovertida, intuitiva, sabia y audaz; y por último la hermana (Mia Wasikowska), insoportable y de voraz animalidad.  

Esos serían lineamientos básicos de una película cuya trama, como casi toda la filmografía de Jarmusch, está muy lejos de ser lo principal; lo que el realizador estadounidense logra es hacer hincapié en las sensaciones, las situaciones y los ritmos que transmite el filme.

La cadencia de los movimientos de cámara, así como el constante y formidable uso de la música, enarbolan un tono a la película de constantes sensaciones y emociones que nos permiten empatizar con el peculiar carácter de los protagonistas y de sus circunstancias. La música podría considerarse el cuarto personaje de Only Lovers Left Alive, ya que desde un inicio de antología los acompaña de forma diegética o como banda sonora. Por eso se sitúa en la mayor parte del metraje en Detroit, como un tributo a esta decadente, trasnochada y melómana urbe norteamericana; el trato que el director realiza de la ciudad evoca en versión nocturna cierta plástica del New Orleans de  Down By Law.
La elegancia y la sofisticación, es otro rasgo distintivo de la película, que ya de por si ostenta a un director muy elegante siempre en su puesta en escena, pero ahondado ahora por unos protagonistas con el colmo de distinción y gusto, lo cual brinda al conjunto una deliciosa textura, con ciertos dejos de snobismo. Un enorme aplauso a Yorick Le Saux, director de fotografía de la obra, que es una de las películas de escenografía más abigarrada de todas las hechas por Jarmusch.

En fin, la exploración de Jarmusch a un género, casi tan antiguo como el cine mismo, trae un matiz de autor al nutrido universo de títulos, mediante el magnífico trazo del cineasta, además del cariño que pone en los planos, personajes, canciones y situaciones. Lo anterior puede situar no sólo a su película entre los mejores acercamientos a los primos de Drácula, sino que nos encontramos ante una joya que seguro estará entre las mejores películas del año.

Me podrán acusar de fetichista, pero no por los pálidos  hematófagos, ni por las eternas historias de amor, sino por el canoso cineasta de Ohio que vez tras vez firma una auténtica maravilla en 35mm.

jueves, octubre 17, 2013

Sobre Rita Indiana y sus libros, sus gatos, sus papis, sus tías, sus perros y todos los demás


Menudo y suculento contraste el que me tocó leer a mi llegada a tierras ibéricas; por un lado cayeron en mis manos las dos últimas novelas de la dominicana Rita Indiana, Papi (Periférica, 2011) y Nombres y animales (Periférica, 2013), y por el otro Limónov (Anagrama, 2013), biografía ficcionada del indomable, infatigable y contradictorio personaje soviético cuyo nombre adorna el título del libro escrita por el francés Emmanuel Carrere. Pero hoy sólo me dará el cuero para hablar de Rita, otro día le daremos voz a Eduard Veniaminovich Savienk, alias “Limónov”.

Rita Indiana, cual intérprete musical que es, escribe con un incesante ritmo tropical, mas semejante a un acelerado merengue, de sus añorados Bonny Cepeda y el “Mayimbe” Villalona, que al de una salsa. Es impresionante como la autora te saca a bailar con su prosa y aunque no tengas los dotes de un gran danzarín te pliegas a la pluma de tu pareja y la sigues paso a paso, contoneo a contoneo, quiebre a quiebre, porque ya eres presa del embrujo de esta narración-megacanción.


En ambas novelas la innombrada narradora es una niña que puede oscilar entre los 8 a los 14 años, ostentando visiones de la realidad muy límpidas pero sumamente agudas, diáfanas pero sin un ápice de ingenuidad, con una perspectiva para escudriñar en el detalle de las cosas tan sabrosón y una mordacidad hasta algo hijaeputa, y una ligereza para empezar a enumerar absolutamente todo lo enumerable, y todo siempre al son del compás.

Ya sea en Papi: “Mi papi tiene más carros que el dibalo. Mi papi tiene tantos carros, tantos pianos, tantos botes, metralletas, botas, chaquetas, chamarras, helipuertos, mi papi tiene tantas botas, tiene más botas, mi papi tiene tantas novias, mi papi tiene tantas botas, de vaquero con águilas y serpientes dibujadas en la piel, botas de cuero, de hule, botas...”
Ya sea en Nombres y animales “Desde que empecé a trabajar aquí he visto de todo. Boxers cojos apellidados Windosr, huskys siberianos con dermatitis aguda, papagayos cuyo pico srivió de almuerzo a una especie de hongos conocida sólo en Tasmania, gatos angora a los que luego de ver El séptimo sello de Bergman les coge con despertar a sus dueños todas las noches a las 3:33 de la madrugada, terriers anoréxicos, collies miniaturas entrenados para marchar al ritmo de la Patética de Beethoven, chihuahuas que se creen minotauros, rottweilers con complejo de culpa y monitos entrados de contrabando por un danés que le cargaba los bultos a Janis Joplin.”

En la abigarrada realidad de Rita Indiana, hay cabida para el goce y la felicidad, así como la tristeza y el desgarro, pero la existencia con su joie de vivre siempre gana por exceso.

En Papi nos cuenta las inquietudes, sensaciones y delirios imaginativos de la hija de un narco todopoderoso, de un personaje que para su familia, sus amigos, su comunidad es larger than life, a quien la niña añora tener a su lado pero se le es inasible pero absolutamente omnipresente, es su referencia, es su todo, pero nunca lo puede tener o mantener a su lado.

“Pero en lo que más se parece papi a Jason (el de Viernes 13) no es que se aparece cuando uno menos lo espera, sino que vuelve siempre. Aunque lo maten.”

En Nombres y animales, no cuenta las idas y venidas de una familia y su entorno cercano a través de los ojos de la sobrina de un matrimonio que trabaja por el verano en la clínica veterinaria de su tío Fin.

“Los gatos no tienen nombres, eso lo sabe todo el mundo. A los perros cualquier cosa les queda bien, uno tira una o dos sílabas y se le quedan pegadas con velcro: Wally, Furia, Pelusa, etc. El problema es que sin un nombre los gatos no responden, ¿y para qué quiere uno un animal que no viene cuando lo llaman?”
En ambas el humor de Rita está muy bueno, pero en especial en Nombres y animales, donde es inevitable cada cierto tiempo lanzar una carcajada mientras uno va eludiendo los vahos y olores y dramones de la veterinaria, las chocheras y los recuerdos de la abuela y las desternillantes historias de infantes bastardos con quince patitos como protagonistas (el capítulo 6 del libro, de antología), todo adornado de referencias a un universo pop del cual nadie que sea coetáneo de Rita (nacida en 1977) pueda abstraerse y no evocarlo, disfrutarlo y sentirte identificado por angas o mangas. 

“Mi mamá dice que lo que pasa con Tía Celia es que nunca pudo tener hijos y toda la energía que debió poner en criar y parir la pone en joder a la humanidad. Yo que casi nunca estoy de acuerdo con mi mamá, estoy muy de acuerdo cuando ella dice “joder a la humanidad” y hasta creo que Tía Celia por la noche cuando se acuesta ve letreros en neón en su mente que dicen “joder a la humanidad” y creo que hasta le gusta”.

No como nuestro entrañable amigo "Oso" que con pavada de borrachera llegó a decirle papá al perro, pero si por todo lo anterior y por mucho más, no queda más que rendirse al irrefrenable ritmo y buen rollo de Rita Indiana, y con ella a movelnos papi, a movelnos.

*Publicado en El Desacuerdo, el 27 de octubre de 2013

domingo, junio 30, 2013

David Luiz, Golden Goal



Era vox populi que los dioses del fútbol habían bendecido a sus fieles con un soberbio partido enfrentando a Brasil y a esta magnífica España en el histórico feudo de Maracaná; el menú difícilmente podía ofrecer algo más apetecible.

Pero antes de ponernos cómodos en nuestros asientos, Brasil, con una efectividad que fue una constante durante toda la copa, asestó el primer golpe a España, cuyo libreto era, fiel a su idiosincrasia, tener el balón y manejarlo a placer. Dicho libreto se vio truncado de inicio y España tuvo que ir en busca de una remontada, lo cual no es habitual en su reciente historia futbolística.

Brasil, además del gol se mostró impetuoso de entrada, prevaleciendo en el juego físico, ganando las pelotas divididas casi siempre y golpeando mucho aunque de forma poco visible, con Paulinho como abanderado de ese juego brusco que el irónico Lugano  tuvo el acierto de remarcar.

España tardó en encontrar fluidez con la pelota y siempre estuvo un poco timorata ante algún letal contragolpe a pies de Neymar quien, además de mostrar todo su brillo, tuvo la ventaja de estar marcado por un esperpéntico  Arbeloa que todo lo que se podía hacer mal, lo hizo mal –Del Bosque no debió aguardar a que terminara el primer tiempo con dos goles abajo para prescindir del lateral madridista–.

Cuando España, promediando el primer tiempo,  empezó a sentirse más precisa con la circulación del balón e Iniesta lanzaba pinceladas de su deslumbrante talento, en una jugada rápida hilvanada por tres jugadores que habían estado muy bajos, Torres, Mata y Pedro, dejaron a la península ibérica con el grito ahogado en la boca, ya que después de tres pases precisos y una definición de manual, apareció un inconmensurable David Luiz que con persistencia, pericia y gotas de fortuna, logró evitar el gol cuando Julio César estaba tirado como botella de picnic. Ahí se torció el partido.

Un partido que a priori iba ser reñidísimo se empezó a volcar muy favorable a los locales, cuando éstos volvieron a impactar en momentos cruciales del cotejo, a un minuto del final del primer tiempo, Neymar con un zurdazo bestial venció a Casillas, ante la siempre condescendiente y bobalicona mirada de Arbeloa.

Del Bosque habrá usado su mejor retórica para reavivar a los suyos en el medio tiempo, pero de poco sirvió, ya que apenas empezado el segundo tiempo, otra daga del mortífero Fred dejó knock out  a los campeones del mundo.  Lo que quedó, más allá del penal y algún otro avatar, fue de relleno. Fred había decretado campeón de la Copa Confederaciones al Brasil de un rebosante Felipão que llegó con mil incertidumbres, pero que se va con un título y pocas pero muy reconfortantes certezas para afrontar el gran reto de ganar un mundial en casa. Pero nada me quita de la cabeza, que el Golden Goal, la jugada del partido y por ende del campeonato fue la milagrosa salvada del pelucón David   Luiz que con su enjundia e impronta es el abanderado del campeón y el jugador que mejor identifica el estilo canarinho de Felipão.

viernes, diciembre 07, 2012

Kiss me deadly, brillante noir


Kiss me deadly (El beso mortal), es un noir de Robert Aldrich que aparece en 1955, cuando ya se atisbaban los epílogos de este fabuloso género fílmico. La película irrumpe brutalmente con una joven y linda rubia sólo cubierta por su gabardina, que completamente atribulada trata de parar algún auto en medio de una carretera en busca de auxilio; ella casi se lanza sobre un coche deportivo el cual derrapa y casi se estrella, pero cuyo conductor finalmente decide darle el aventón. Así arranca este clásico que tiene como protagonista a Mike Hammer, un cínico investigador privado, especialista en casos de divorcio, galán y chantajista, que cuenta con Velda su polifuncional secretaria, side-kick y amante, con quien hilvana todos sus casos.
El hecho detonador de la película es el aventón a la misteriosa rubia llamada Christina, en homenaje a la poetisa Christina Rosetti (hermana de Dante Gabriel Rosetti), quien es misteriosamente torturada y asesinada por una panda de anónimos pistoleros haciendo pasar el crimen como si fuera un accidente de coches, mientras transitaban la carretera junto a Mike en busca de una estación de buses.
Mike, muy pertinaz él, después de sanarse después del accidente automovilístico que acarreó la muerte de Christina, impetuoso se larga a la carga con el fin de aclarar el misterio que envuelve a la misteriosa rubia. En su camino comprobaremos que Hammer es tipo de estirpe marlowesca, con mayores tintes de gigoló, en una trama escrita por A.I. Bezzerides que rezuma el confuso y magnético estilo chandleriano plagado de personajes y de giros de trama, con todos los motivos que le puedes pedir a un noir de casta: femmes fatales, matones con cachiporra en mano, personajes chantajeados y amedrentados, secuestros, asesinatos, sombras, muchas sombras, luces, pocas luces, y así tantos recovecos que hacen del cine negro algo tan seductor.
La pesquisa es sumamente borrosa, confusa, y toda la trama gira en torno a un McGuffin formidable. Como en muchas excelentes historias el viaje es más importante que la conclusión, pero en este caso ambos son igualmente fascinantes, ambiguos y desconcertantes. Todo esto ornamentado por la maravillosa fotografía de Ernst Laszlo plagada de planos picados y cenitales que le dan un vértigo especial a la narrativa, además de acompañamiento de música clásica de Chopin, Schubert y Brahms que le otorga un guiño bastante solemne y distintivo a todo el entorno noir.
Para definir este oscuro clásico, sólo amerita una palabra: brillante.  

lunes, octubre 01, 2012

Un burdo threesome al cliché: Oliver Stone y su último filme "Savages"



Mi primer recuerdo de Oliver Stone se remonta a mi tierna infancia cuando fanatizado por las películas bélicas, evoco con amargura que mis padres se negaron a llevarme a ver "Platoon" (Pelotón), a lo cual siguió tal indignación de mi parte que el año siguiente inopinadamente me enviaron al cine junto a mi hermano y mi abuelo a ver "Full Metal Jacket" (Nacido para matar), la cual era incluso menos apropiada para un niño de 10 años que la de Stone. 

Mi segunda memoria sobre Oliver se remonta a la adolescencia, en los albores de salir del colegio, cuando en patota con los amiguetes vimos "Natural Born Killers" (Asesinos por naturaleza) la cual nos impactó tremandamente y provocó en uno de los changos la frase "vamos a patear taras", arrebato que provocó en mi una desproporcionada vergüenza ajena bajando los decibeles de la impresión que había causado en mi el filme mencionado. 

Muchos años después, Oliver Stone no es precisamente un director en forma, incluso es fácil encasillarlo entre los realizadores fuera de forma por lo que viene haciendo hace ya casi 15 años, donde ha primado la faceta política (siempre ha estado fascinado por la política, p.e. "JFK" o "Nixon" dentro de su filmografía) de defensor de las izquierdas latinoamericanas (haciendo apologías de Castro, Chàvez, Evo, etc.) y mostrando una crítica faceta de George W. Bush en "W.".

Adentrándonos un poco en la obra del polémico director estadounidense, vemos que pese a su fama, pocos han sido sus triunfos rutilantes y desde una perspectiva muy personal sólo me atrevería a señalar las mencionadas "Natural Born Killers" y "Platoon" como grandes acierto fílmicos que dejaron buenas memorias; el resto demasiada paja y escasísimo trigo.

Con el fin de recobrar algo de auge en el mainstream y recuperar revuelo mediático y buena taquilla se lanzó en su último proyecto, "Savages", a retratar una historia fronteriza de narcotráfico con una pléyade de actores famosos (Benicio del Toro, Salma Hayek, John Travolta y Demián Bichir) acompañados por incipientes caras bonitas como actores principales.

El resultado es un bodrio de proporciones mayúsculas, donde la idea o la secuencia más aceptable del filme retumba a recontracliché o a vil copia. Los personajes principales, dos maestros del tráfico de drogas políticamente correcto (valga la paradoja) de la súper marihuana, Ben y Chon, son, el primero un altermundialista que ayuda a los niños de África, sueña con vivir en las playas de Indonesia y quiere dejar el negocio del cáñamo para dedicarse a las expansión de energías alternativas y ecológicas; el segundo, por otra parte, fue ex-combatiente de Afganistan (de donde trajo las mejores semillas macoñeras del orbe) e Irak, perturbado y violento que tiene una guarnición de amigos en plenas playas californianas con la mitad del armamento de Bruce Wayne. A todo esto mientras saborean sus ganancias a plan de surf y fumadas en bongs, compartiendo sin resquemores el amor de Ofelia (Blake Lively), su californiana diva, la cual goza, según sus palabras, de como el psicópata Chon la culea y el budista Ben le hace el amor. 

Todo ese estereotipado rollo nos los escupen a la cara en menos de 15 minutos, hasta que se meten en la trama los mexicanos, otra infame burla de caracterización donde Del Toro es el despiadado matón y Salma Hayek es la cruel reina del cartel, la "Madrina" (uno no entiende como se prestan a estas cosas), que además tiene a una malcriada, despilfarradora y arrecha hija estudiando en California que apenas quiere hablarle a su madre. Para colmo los oriundos de Tijuana utilizan para comunicarse con nuestros "macoñeros buen rollito" el ringtone de El Chavo del Ocho. ¡Se imaginan!

Para controlar el negocio de los magistrales botánicos californianos los carteleros raptan a su preciada ninfa y la película girará en los grandes ardides informáticos y armamentísticos que Ben y Chow usan para rescatar a su tercio de naranja.

No existe secuencia, giro de tuerca o uso musical que no haga mofa del espectador, tratándolo como tarado (como apunte cuando están de camino al desierto para un encuentro final copia la música Leone, cuando la "Madrina" llega a EEUU usa música Iñárritu cortesía de Santaolalla, y así podríamos seguir enumerando). Te podrías echar unas risas, suponer que es una película en cachondeo, pero es imposible entrar en complicidad con Stone y con las barrabazadas que te cuenta, utilizando para rematar un final doble con el recurso de rewind "a lo" Haneke en Funny Games. ¡Vomitivo! Para terminar la película, como no, en la laguna azul follando en trío.

Quizás, después de tantos desplantes que ha hecho a su carrera el mejor parado de todo el filme sea un halopécico Travolta, muy mal por Hayek y Del Toro, que pese a ese gustito que ostentan por la autoparodia, se presten a tremendo mamarracho.

Sabemos que gigantes de la dirección como Egoyan, Kusturica o Wong- Kar Wai no están pasando sus momentos más inspirados, y no es que quiera comparar a estos monstruos del cine con un pueril Oliver Stone, ¡que las deidades me libren!, sino que no estar inspirado o tener a las musas extraviadas, no es justificativo para ejecutar un harakiri cinematográfico tan burdo y poco ceremonioso como lo es "Savages", y con el agravante de hacer salpicar al público tus hediondas vísceras.  Pésimo por Oliver Stone, del que ya no queda ni el buen recuerdo de la niñez, quien debería dejar sus aspiraciones de mainstream, dejar de lacerar al ya vilipendiado cliché y colgar los botines, o quizás como último suspiro hacer un favor mutuo viniendo a Bolivia a colaborar con Sanjinés para hilvanar una magnífica secuela de Insurgentes.