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miércoles, febrero 03, 2010

El cine con los ojos del cine



1. La representación, tiende, a la larga, a la consciencia de ella misma y esto se manifiesta a través de la meta-representación, el lenguaje tiende al metalenguaje. La modernidad de una práctica artística es el momento en que ésta se sabe un medio y se explota como tal. Antiguas prácticas como la literatura manifiestan ese fenómeno allá cuando Dante se ponía a sí mismo como personaje principal de su obra o el mismo Quijote que, en la segunda parte de la épica novela, sabe de la existencia de una primera parte. La tremenda puesta en abismo que genera el monumental cuadro de Velásquez, “Las Meninas” es sintomática de este fenómeno especular tan vertiginoso para el espíritu.


2. El cine, aunque más nuevo en el panorama de las “artes”, no fue excepción en este movimiento: la tentación de observar al observador, de (simular) ascender una escala ontológica en un juego creacionista, de contener al continente. Hoy en día, lo que probablemente se llama posmodernidad, no es sino un afán metalingüístico hipertrofiado, donde la cosa ya no vale tanto como el símbolo de la cosa y éste, menos que el símbolo del símbolo. El medio, por mucho, sobrepasa al contenido. El cine, por ser pionero en la traducción del movimiento, ha sido también pionero, narrativamente, en incurrir en la auto-referencia; sin embargo, hoy no es sino uno de los canales, y no el que más la aprovecha, donde se manifiesta esta tendencia: la telaraña de referencias mutuas que se han creado entre medios como Internet, televisión, celulares, etc., ha dejado al cine como “uno más” en un mundo mediático que pone y es puesto en abismo de una manera inconcebible veinte años atrás.



3. Sunset Bouvelard, joya proto-moderna de Billy Wilder, es un hito respecto a esta toma de consciencia. Se trata de hablar sobre Hollywood, desde Hollywood y permitiéndose ser tan onírico como realista en un monumento cinematográfico de lo más grande que se ha hecho. Adelantándose a la “modernidad” y a las nuevas olas, Wilder reúne todos los elementos de puesta en abismo como para generar vértigo y estremecimiento a cualquiera y en cualquier época.


4. Fellini, Godard, Bergman: Con este trío, el cine, de manera descarada, desvergonzada, se ve a sí mismo y marca tendencia. Ya no hay por qué ocultar la presencia del medio cuando manifieste un contenido: eso se hace ostensible cuando Guido se pasea por esas inmensas estructuras que servían como cadavérica escenografía a una película sin norte en “8 ½”, cuando se parte en dos el filme en “Persona” ante la tensión emocional del silencio, haciendo alusión directa al soporte del cuadro o, tras los créditos orales, cuando la cámara ve frente a frente a la cámara en “Le Mépris”.


5. El lado oscuro de Hollywood: En tanto que Meca del cine concebido como fuente de millones, glamour y entretenimiento ilimitado, como fábrica de sueños y, por último, como cantera de una nueva estirpe de semi-dioses, Hollywood, ha sido “víctima” privilegiada del ojo lúcido y despiadado de muchos autores que decidieron ver la otra cara de la moneda que, en el caso que nos ocupa, puede confundirse con la cruda realidad o algo peor. También en eso es pionera “Sunset Boulevard”, donde vemos a una Gloria Swanson encarnando uno de los arquetipos más terribles de la femineidad que se llegó a aunar con un tipo de estrella (apagada) hollywoodiana. Posteriormente se vieron muchas variaciones del tema: Robert Altman, en “The Player”, nos muestra, con una infinidad de guiños y referencias (y referencias de referencias), a un ejecutivo de Hollywood que se ve envuelto, “como en una película”, en una trama de asesinato y persecución. Quizás en este intento, Altman, sobresatura al espectador de esa consciencia metalingüística hasta banalizarla (sobre todo en el desenlace) y caricaturizarla.


Esa descripción sociológica del ominoso mundo de Hollywood y sus tejemanejes, se hace más densa y lúcida en filmes más fantasiosos e incluso, alucinados. “Ed Wood” de Tim Burton y “Mulholland Dr.” de David Lynch, concentran en símbolos, la esencia trágica de este templo de ilusiones llamado Hollywood; además de eso, y por eso mismo, destilan una cierta mirada sociológica sobre la “condición” hollywoodiana sin hacer demasiado patente su intención de hacerlo. La hermética “Barton Fink” de los hermanos Coen ahonda de una manera genial en este retrato de un mundo de espejismos. Sutil, onírica, afiebrada, la película sugiere el drama de un escritor seco de inspiración en medio de un hotel de pesadilla, alejado del glamour y el esplendor. Es necesario mencionar “Boogie Nights” de Paul Thomas Anderson en esta colección de miradas sobre ese “estado de la cultura” en que ha devenido el oficio del cine en Los Angeles, cine porno en este caso. Se trata de una de las industrias más prósperas de los U.S.A. paralela a Hollywood y, en cierto sentido, su sombra misma. Un adentramiento a ese género es muy revelador sobre la forma de vida de un segmento de la sociedad en una época.


6. Almodóvar ha intentado más de una vez incursionar en esta tentadora visión metalingüística del cine y, a mi juicio, la mayoría de las veces, ha fracasado rotundamente. Es curioso como uno de los directores más originales y vanguardistas de su época no pueda, con ciertas excepciones, darle en el clavo al tema de la puesta en abismo. “La mala educación”, donde tan sólo con el tema del colegio de curas ya tenía suficiente como para un guión más que sólido, se pierde en un culebronesco laberinto de giros insulsos que deja a los personajes inverosímiles y vacíos. Y todo por agregarle al tema del clero, el de una película dentro de una película. Sin caer tan bajo, “Los abrazos rotos” peca de lo mismo, la serie de guiños al cine almodovariano – para lo que este manchego es especialista y viene haciendo muy bien, de manera brillante en algunos casos – se hace tan patente que rompe directamente el encantamiento de proyección-identificación. Con estos dos largometrajes, Almodóvar firmó, y de lejos, las dos peores obras de su carrera: ese sutil y ameno embrujo que nos seduce tanto en “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, “Kika” o “Hable con ella”, esta ausente por la presencia, jalada de los pelos y un tanto pornográfica, del metalenguaje.


7. La apuesta por la reflexividad en el cine no tiene por qué hacer referencia forzosamente al aspecto sociológico de la realidad de la construcción de una película, ni al modus vivendi dentro de una industria y/o un oficio. Películas como “Arrebato” se adentran en el cine como expresión poética y espejo de la vida, en eso radica su cuestionamiento; asimismo “INLAND EMPIRE”, más que tomar Hollywood como un contexto sociohistórico, lo toma como un pretexto embrionario dentro de un proceso demiúrgico de revelación identitaria y ontológica (he ahí su profunda diferencia con Mulholland Dr.).


8. El cine bajo su propia lupa es revelador también del sustrato político que subyace en toda actividad cinematográfica: Jorge Sanjinés pretendió mostrar con “Para recibir el canto de los pájaros” cómo la mentalidad colonialista hacia el indígena se reproducía en un equipo de rodaje que, paradójicamente, se proponía producir filmes “comprometidos” e “indigenistas” dentro de una comunidad aymara: la soberbia, la falta de comunicación, el miedo a lo ajeno hacen que las relaciones sufran los mismos procesos que se daban durante la colonia que los cineastas pretendían denunciar.


9. La búsqueda de metalenguaje, de salir-se de la representación, de escalar dentro de una continuidad ontológica aunque sea en la imaginación, deleitarse con lógica de la muñeca rusa, con la puesta en abismo y los fenómenos especulares, todo ello parece responder a una pulsión, a una necesidad de teatralizar la vida, de pensar que, como somos creadores, también somos creados; de pensar que, como el personaje es en realidad un actor que lo representa, nosotros también somos, en realidad, actores que representamos personajes y que, así como ellos no se dan cuenta de que están siendo observados, nosotros no nos damos cuenta de que estamos siendo observados desde un más-allá, cercano pero infranqueable a la vez; se trata de una pulsión que responde a la necesidad psicológica de comprender la existencia como una dramaturgia cósmica donde todo tiene un valor absoluto y relativo a la vez y, donde, sobre todo, reina, soberano, un inefable misterio.


jueves, octubre 11, 2007

Tímidos merodeos por el abigarrado y desmesurado universo de Kusturica

Hay directores hacedores de películas, ya sean muy buenas, buenas, regulares o malas, y hay otro tipo de directores, que no sólo crean películas, sino que construyen auténticos y personales universos. Ese es el caso del Yugoslavo, si es que hoy se puede usar este apelativo, Emir Kusturica. Durante una carrera que ya ha transcurrido cuarto de siglo, Kusturica ha elaborado ocho largometrajes de ficción, ganando casi todos los premios posibles en los máximos círculos festivaleros de Europa y calificativos tan audaces como lisonjeros, como el de ser el “nuevo” Fellini, o el Fellini de los Balcanes. No es una apreciación incorrecta el compararlo con el gigante italiano, ya que desde luego es una de las mayores influencias fílmicas de Kusturica, pero creo que el Bosnio ha logrado gambetear la sombra de uno de sus maestros y no ser un mero epígono, sino encaramarse en la escena cinematográfica con una visión de estampa propia.
El universo de Emir Kusturica debe ser uno de los más exhuberantes, excesivos y delirantes de la historia del cine. Kusturica goza de una gama de motivos recurrentes para llenar la gran pantalla que nos desbordan, nos hacen reír, nos embelesan, nos entristecen, en resumen nos llenan de emociones colmando nuestros sentidos. Bandas plagadas de músicos etilizados, diferentes animales revoloteando y urdiendo por toda la pantalla, personas voluntaria e involuntariamente colgadas, tahúres abatidos presas de sus incontrolables ludopatías, artefactos y personas voladoras, hermosas y feas novias, y bodas y más bodas, son a grandes rasgos parte del arsenal que Kusturica utiliza para trazar sus imágenes y para hilvanar sus tramas. Como dice Goran Gocic “(Kusturica) como todo gran artista, no sólo construye su propio mundo, sino los auténticos instrumentos para expresarlo”.
Y de este mundo tan abigarrado y exótico ¿qué es lo que nos puede fascinar a nosotros (los bolivianos) directamente? Creo que todo y aun más que a cualquiera. Kusturica es un cineasta que se ha nutrido de todas las artes: admirador incondicional de Buñuel, amante de la música gitana, heredero pictórico del judío ruso Marc Chagall y de Gabriel García Márquez entre tantos otros escritores latinoamericanos, todos estos autores que labraron su arte de una forma u otra “marginalmente” del epicentro cultural de occidente. Kusturica en su cine subsume todas estas vertientes artísticas, y nos entrega un cine marginal, un cine que se ubica a las afueras de un cine convencional, de un cine occidental, de un cine de recetas. Y lo extraordinario de las nutrientes artísticas que posee Kusturica, y del producto final que éste nos otorga a nosotros Bolivianos, es que pese a ser una persona nacida por no decir en las antípodas de nuestro país, su universo nos parece tan familiar, tan cercano, que casi nos hace pensar que lo que ocurre en la pantalla podría haberse dado con ciertos matices en una población a 45 minutos de La Paz, y esa fue la primera y más fuerte impresión que me embargó después de ver “Gato Negro, Gato Blanco” y que fue la primera que tuve el privilegio de ver entre todo el repertorio del Yugoslavo.
Para explicarme de forma mejor, quiero decir que pese a que vivimos en un mundo globalizado donde las grandes potencias económicas determinan todo y donde se pretende que un estándar rija sobre todos los países del mundo, tercer mundo incluido, es en los márgenes donde todo ese adoctrinamiento económico, cultural y estético cae, se desmorona. Y es que en los márgenes, léase Bolivia, o los balcanes gitanos, donde se crea una forma de resistencia a ese avasallamiento y donde tradiciones, cosmovisiones, y meras formas de vivir la vida, se hacen hermosamente incorruptibles, y es en esas incorruptibles tierras marginales, lejos del meollo de la crematística cultura occidental, donde se da un mágico encuentro, una asombrosa familiaridad, que se hace fascinante, por sobre todo, por la distancia geográfica y por las innumerables similitudes culturales de los mundos que finalmente se encuentran y se reconocen.
Entre todas las fascinaciones que el cine de Kusturica me produce, quizás este mágico encuentro, ajeno a las leyes de la lógica, como es en gran parte como opera su propio universo, es, creo, lo que nos hace sentir tan cercanos a Kusturica y a sus personajes, que más que ser héroes cinematográficos, son anti-héroes, que luchan y deambulan en un mundo maravilloso, donde la vida no es un milagro, como lo diría el mismo Kusturica, sino citando al poeta español Ramón de Campoamor “La vida es una gresca tragicomicoburlescajocososentimental”, nada mejor para resumir el inabarcable mundo de Kusturica.

Con Emir se me rebalsa el tintero, como a él el celuloide, por eso me vi impelido a realizar esta tímida e incompleta radiografía.

Continuará . . . tititiri tititiritatatara tatatara

jueves, julio 13, 2006

La (no tan) bella confusione: ¿Materazzi o Zidane?


Para los maestros Federico y Zidenine.



La bella confusione iba ser el título de una película de la década de los 60s que narraba las atribuladas peripecias de un director cinematográfico en pos de rodar una película en el exitoso mediodía de su carrera como titiritero cinematográfico. Sus deseos, sus traumas infantiles, sus ilusiones, sus inseguridades y muchos más avatares del alma humana se ven conjugadas de una manera magistral por la onmiabarcante, onírica y desmesurada visión de Federico Fellini, otorgándonos lo que finalmente sería Otto y mezzo (8 1/2), una de las manifestaciones artístico-“populares” más importantes de los últimos 100 años.

Cabe reparar que el cine como el fútbol son quizás las manifestaciones más populares que ha cultivado el espíritu humano durante la última centena de años.

El último domingo durante la final de la Copa del Mundo entre Italia y Francia, nos toco presenciar, lamentablemente, La (no tan) bella confusione, o sea una pésima relectura de la obra maestra felliniana, no sin que ésta esté plagada de rasgos que firmaría nuestro insigne director.

Confusión, es uno de los epítetos que se puede achacar a los ocurrido el domingo. Injusticia, es otra de las flagrantes conclusiones que nos dejó el partido. Desasosiego, la más profunda de las sensaciones con la que culminó nuestro trémulo cuerpo al término del partido (me refiero como nuestro a todos los que cómo yo, amamos el “fútbol”, y que en ese amor comprendemos la devoción y cariño por todos aquellos que juegan al “fútbol” y hacen del buen trato a la pelota y al afán de la consecución de un gol como su sino, por no decir el estandarte de su denodado destino como deportistas).

Remitiendo a los hechos, la no tan bella confuzione, se alcanza el momento en que Zidane es expulsado por el cabezazo propiciado a Materazzi. Fue en el instante, en el que Medina Cantalejo, un alcahuete de proporciones bíblicas, dueño de un pasaporte Español bañado de tinta azzurra (sino preguntarle al anegado lateral australiano Chipperfield o al genial histrión Grosso) hace expulsar vía vídeo y linesman a Zidane.

La confusión está sembrada, el sinsentido cobra sus cotas más altas, y la sensación que nos pasa por nuestro cuerpo, es que el partido como la carrera de Zidane había llegado a su epílogo sin tener como justificar lo primero con razones fehacientes.
Ergo, la injusticia. En lo que ya no era un partido, sino un cúmulo de minutos que cumplir y una sarta de penales que ejecutar. Ganó Italia, un equipo que durante 75 minutos (segundo tiempo y alargue) no mostró ninguna vocación de ganar el encuentro - como si lo hizo durante únicos 30 minutos ante Alemania, haciendo caso omiso a su horrendo catenaccio y marcando la patente de que con cuatro buenos delanteros se pueden ganar grandes partidos de fútbol-, las loas para su defensa pueden ser infinitas y muy bien justificadas, sobre todo para dos monstruos como Buffon y Cannavaro; pero eso no ensombrece que otra vez el fútbol de acicalamiento táctico y de exacerbada racanería, triunfara otra vez. Italia campeón, ese triunfo no es objetable, sus armas aunque de factura zafia y destructiva, son válidas.

Pero lo condenable no se encuentra en el tema del resultado, sino en un tema que trasciende el mismo, aunque se refleja de refilón en éste, y es el triunfo de los Materazzis, sobre los Zidanes, en consecuencia la aceptación de una realidad que se hace cada día más tangible, la muerte paulatina del “fútbol”. Un “fútbol” que parafraseando al señor Ainstein de ESPN, tilda de estúpido a Zidane, y de inteligente a un rufián de cuantioso prontuario futbolístico como Materazzi (cabe recordar sin remontarse demasiado el artero codazo que sin pelota Materazzi asesta a Sorín en un partido de Copa de Campeones). No estamos aquí para justificar ni para alabar la conducta de Zidane el instante del cabezazo, pero mucho menos para condenarlo, ya que hace falta tener cara para condenar a la única persona que ha hecho algo, y no algo, sino mucho, para salvarnos este fraude con expectativas, llamado Mundial. Zidane a partir del instante en que dribló a Puyol y batió a Casillas, enarboló la bandera del “fútbol”, blandiéndola a diestra y siniestra, con sombreros, tacos, gambetas, pases de ballet, convertir en una final un penal a lo Panenka y todo tipo de cabriolas, con las que embelesó nuestros ojos, redimiendo que el fútbol es un juego y un juego bello, redituando nuestra baqueteada esperanza de que alguien quisiera o pudiera evocar lo que antes nos dejaron los Garrinchas, los Maradonas, los Pelés, y que hoy ni los Ronaldinhos, ni los Lampards, ni los Ballacks nos pudieron ofrecer ni a cuentagotas. Zidane contra Brasil nos construyó un monumento al fútbol, como Diego lo hizo otrora contra Inglaterra o contra Bélgica, nos salvó el Mundial por todo lo alto, haciéndonos creer de nuevo, en “él”, en el protagonista, en el magno actor de esta comedia vuelta tragedia, el jugador de “fútbol”, el Zidane por sobre todos los demás. Pregunto ¿merece Zidane ser condenado? Yo creo que no, y no sólo eso, sino que debería ser perdonado además de recibir el agradecimiento de todos por habernos otorgado con sus botas los verdaderos momentos de Mundial.

Triste, mas en el epílogo ganó Materazzi, el impúdico delincuente fue la figura de la cancha, y aquí es donde se juntan nuestros tres temas, confusión, injusticia y desasosiego. Así se dicta el fútbol hoy, pero los que aun creemos en un deporte, en más que un deporte, llamado “fútbol”, donde una gambeta vale más que un insulto, que la hombría de pedir la pelota vale más que la de una patada, en la que un golazo vale más que diez mil rechazos, entonces debemos reivindicar al maestro Zidane, y condenar a la vileza de los Materazzis, por nada más y nada menos que por el amor al juego. Y sino cabría preguntarle al ya finado maestro Fellini, amante insobornable de circo como espectáculo, del lado de quién estaría ¿de Colunha o de Pelé, de Gentille o de Maradona, de Materazzi o de Zidane?