Mostrando las entradas con la etiqueta edgar allan poe. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta edgar allan poe. Mostrar todas las entradas

sábado, mayo 15, 2010

Sobre el terror en el cine


"¿Si las pesadillas fueran grietas del infierno? ¿Si en las pesadillas estuviéramos literalmente en el infierno?¿Por qué no? Todo es tan raro que aun eso es posible."

Jorge Luis Borges

La figuración de aquello que aterra es un dato de porte universal. La paradoja es que aquello que aterra, a través de la alquimia que implica la representación y la puesta en escena, genera fascinación y, en muchos casos, culto. La monstruosidad es algo tan humano como el lenguaje o el juego: todos tienen en común las raíces miméticas, el hecho de imitar algo, de poner algo en lugar de otra cosa. ¿En lugar de qué aparecen todas las fantásticas representaciones que los pueblos elaboran de la monstruosidad en sus diversos bestiarios? Esa pregunta es probablemente vana si se aísla estas imágenes (muy banalizadas y casi anecdóticas en algunos casos) y no nos remontamos a un estadio arquetipológico más abstracto aún, donde se contemplen constelaciones simbólicas interrelacionadas: allí se podría disponer a esta fauna maravillosa en un contexto mitológico donde principios dinámicos como la caída, la noche oscura, las fauces dentadas, las profundidades del mar, el hormigueo caótico o la sangre menstrual sirven como vectores semánticos universales y lazos entre una memoria medular de la especie y la memoria individual o colectiva de corto plazo. En ese sentido, esas imágenes, no solamente son irracionales sino que representan la irracionalidad y la manera de aprehender aquello que no es lógico ni claro ni distinto; se trata de representar el mal, independientemente del contenido de éste. Justamente por eso, estas imágenes apelan más al sistema nervioso que al intelecto, tienen que ser sentidas antes que pensadas.

De entre las estructuras arquetípicas fundamentales de lo que aterroriza al hombre hay una que destaca por su aspecto casi matemático y ésta es la doblez, simplemente por el hecho de que el doble de la vida, que es todo lo que conocemos, es la muerte, de la que ignoramos mucho y sin embargo, como bien veía Georg Simmel, no solamente afecta nuestra vida en el momento en que ocurre sino que siempre modela nuestro estar-en-el-mundo y es tan determinante en nuestra relación con el tiempo como los límites epidérmicos de nuestro cuerpo lo son en nuestra relación con el espacio. La muerte, como la sombra, nos acompaña desde nuestro nacimiento. Lovecraft hizo hincapié, como nadie, en el aspecto innombrable de lo espantoso. Eso se debe a que todo lo nombrable está de este lado, la vida, del otro ya no podemos afirmar nada. La imaginación, poderoso talismán humano, permite a través de la figuración de lo innombrable, la aceptación mental de la contradicción, contrariamente a la pulcra lógica aristotélica.


El cine, desde su aparición hasta sus múltiples ramificaciones audiovisuales, se ha caracterizado por ser un vehículo privilegiado hacia el espíritu del hombre y, a su vez, ha modificado este último considerablemente. Como en todas las culturas y cosmovisiones, no tardaron mucho en aparecer colectivos que se dediquen a realizar películas dedicadas a figurar la monstruosidad: de hecho, no es una hipótesis descabellada afirmar un lazo privilegiado entre el impulso de figurar per se y el impulso de figurar la monstruosidad, lo innombrable. Esto hace referencia a la máxima de Francis Bacon: “Si lo puedes decir, para qué pintarlo”.


Nosferatu y Caligari son dos ejemplos mayores de esa voluntad de aprehender, a través del celuloide, aquello que a la razón le es prohibido. Sin embargo, el cine, al ser industria también ha adquirido características propias de aquello que es mercancía. Al ser mercancía, algo, lo que sea, deviene en objeto y, en eso consiste el desencanto de la modernidad, nada de carácter “objetivo” escapa a la razón, a la clasificación, al nombre y a la etiqueta. Tal es la búsqueda de claridad en una sociedad de rasgos esquizoides.



Los géneros cinematográficos aparecen en correlación directa a una industria que ofrece mercancía a sus potenciales clientes con gustos diferenciados. Asimismo, Hollywood, por ejemplo, ha generado vetas (multimillonarias) a través del establecimiento de géneros, público para y reglas para los mismos. En el club de video o de compras uno puede orientarse basándose en las etiquetas: ciencia ficción, drama, suspenso, erótico, western, etc.


Tan antiguo como el establecimiento mismo de los géneros es el género que denominamos “terror”. La cantidad y el éxito de películas que se han realizado para asustar a las audiencias son sociológicamente significativos. Los motivos han variado, eso sí; hemos visto desde aberraciones científicas, vampiros, zombies, niños endiablados hasta llegar al famoso (y odioso) thriller psicológico de nuestra era agnóstica. Sin embargo, el problema del “terror” como género es que, al estar comprendido en una categoría, ser una categoría, no corresponde al concepto de innombrable lovecraftiano y se hace víctima de una maquinaria simbólica que es capaz de encerrarlo, como a una bestia en un zoológico. La audiencia de una película de terror sabe a lo que se va a enfrentar, lo que ayuda al proceso de racionalización de las imágenes, por más perturbadoras que sean. El género contribuye a la desacreditación de lo que se está mostrando y es, por excelencia, la reafirmación sistémica del triunfo del orden de la razón y del intelecto. Cuando vemos una película de terror sabemos que estamos entrando en el terreno de lo monstruoso: ese “sabemos” es el que hace que lo monstruoso pierda sus cualidades semánticas profundas y es una suerte de domesticación imaginaria que reafirma (por lógica de opuestos) la omnipresencia del orden y la supremacía del intelecto en la vida “real”.


Como muestra el maestro Poe en sus cuentos, no hay mayor terror que la ausencia de explicación intelectual para los sucesos: en una línea sutil entre lo verosímil y lo absurdo, entre lo onírico y lo crudamente real, entre lo mitológico y lo científico, entre lo subjetivo y lo objetivo se desarrolla una historia inquietante en medio de una atmósfera inquietante. Un relato de terror que, en el desenlace explica el origen del mal, aclara los hechos y nos reconforta, está separando claramente el bien y el mal, la luz de la oscuridad, lo horrible de lo bello y podemos salir tranquilos de la sala. Cualquier licencia ante esa tensión fundamental y la historia cae en la caricatura o en el moralismo. Además de eso y por eso mismo, el género para ser lo que es, suele portar en su seno un armamento de estereotipos que no son sino códigos culturales (a diferencia del arquetipo que jamás cede a ser codificado). El estereotipo, a pesar de ser imagen, responde totalmente a un lenguaje codificado: su manera de hacer sentido es escasamente polisémica y hace referencia a un significado muy particular, casi como una lengua saussuriana. La abundancia de filmes de vampiros que ha parido el cine es un gran ejemplo de la propensión al estereotipo de un género: las pocas grandes películas que se han hecho en este terreno son las que se han deshecho de ese armamento de imágenes pre-pensadas (como en un fast-food simbólico) o las han tergiversado para darles nuevos significados.


A continuación vamos a analizar brevemente tres películas que trascienden las reglas y los estereotipos del “terror” para apuntar más lejos en la psiquis de la audiencia. Pertenecientes o no al género, los siguientes filmes de diferentes épocas no se congracian con ningún esquema pre-establecido y son capaces de disgustar tanto a los seguidores del cine de terror por su exceso cerebral así como a los fans del “cine de autor” por su matrimonio con lo macabro y lo fantástico (su carencia cerebral). Se trata de tres propuestas diferentes pero terriblemente oscuras y desoladoras: “The Tenant” (1976) de Roman Polanski, “Possession” (1981) de Andrzej Zulawski y “Lost Highway” (1997) de David Lynch. Veremos que las tres comportan isotopías simbólicas y una manera específica de tratar las imágenes.

Las tres películas corresponden al estado límite del ser humano ante lo innombrable: puede ser locura, pesadilla, seres del más allá o demonios o nada de eso, lo que importa es la atmósfera y lo que se presenta ante los personajes que es, como en los sueños, una prótesis de los personajes mismos, una proyección de las interioridades veladas.

En “The Tenant” Polanski dispone, como pocas veces se ha visto en el cine, un arsenal de símbolos de la pesadilla y el desconcierto. Muy en el tono de “Rosemary´s baby” (1968), estamos ante un “experimento sociológico-metafísico” donde un personaje debe sufrir una ordalía de eventos perturbadores hasta sucumbir de una manera aún más perturbadora. La luz y el espacio – crudamente capturados por Sven Nikvist – determinan el significado de las imágenes y las orientan a las profundidades sombrías del espectador. “The tenant” es un funambulesco intento de coquetear tanto con la comedia negra como con el terror tradicional sin ceder ante ninguno, el resultado es macabro y, por momentos, escalofriante. Esa Paris lóbrega y plagada de gente antigua se hace pretexto para entrar en los oscuros cuartos de la mente. La soledad no es la ausencia de personas, la soledad la producen las mismas personas que nos rodean. Zulawski nos mete en un mundo frío como Cronenberg en “Dead Ringers” (1988) o Zulueta en “Arrebato” (1980), el movimiento de la cámara y el uso del gran angular nos transmiten un sentimiento molesto que es la paradójica combinación de soledad acompañada de presencias, genios ambiguos e invisibles. Esa ambigüedad crece en la medida que el ritmo combina histéricamente momentos de silencio con instancias de espantoso frenesí pocas veces visto. Es curioso que la diva rebelde Isabelle Adjani participe en estas dos pesadillas, nunca se la podrá ver igual. “Lost Highway”, en estos afanes, es todo un manifiesto: es un viaje a las profundidades de la noche más oscura del corazón humano. Los interiores, filmados en clave simbólica, remiten incesantemente al laberinto y al espejo. Como sugiere Borges, bastan dos espejos para generar un laberinto. Estamos ante un ensayo catóptrico del cine que ahonda en los terrores especulares plasmados con maestría en “Vertigo” (1958). Las tres obras están empapadas de un algo más que terror que las hace más impenetrables y herméticas: es la atmósfera, los ángulos, las luces y las sombras. Además, en las tres obras se evoca una profunda melancolía que, al combinarse con la espera del espanto, remite de una manera muy plástica, a la dinámica simbólica de Edgar Allan Poe (probablemente más que en los tímidos ensayos de adaptar al maestro de Virginia al cine).


La ruptura y el desorden entre los principios masculino y femenino son el motor de los eventos mórbidos. En “Lost Highway” y “Possession”, se ve directamente, la desintegración física, psíquica y espiritual del amor entre marido y mujer, sin distinguir los niveles. “The tenant” muestra ese colapso dentro de un personaje que es empujado a devenir en alguien más, en su opuesto que se va apoderando de la identidad y de la sexualidad: la imagen de un Roman Polanski transvestido por sí sola es lo suficientemente pesadillesca. El mal aparece vestido de deseo y de amor carnal, en ello radica su ambigüedad fundamental. Es interesante como el castellano confunde en el concepto de fantasma, tanto al espectro como a la pulsión inconsciente. Probablemente no sea una carencia idiomática, sino más bien una revelación: la mente está habitada por fantasmas igual que la casa. La casa, en este cine auténticamente perturbador y reminiscente del caos fundamental, es más que un lugar, es un símbolo, un espacio mental donde los horrores acaecen. El Hombre Misterio de “Lost Highway” recalca: “I´m at your house” y añade que no suele visitar hogares donde no lo invitan. Ese ente es portador de una gran carga de ambivalencia simbólica ya que está y no está, es andrógeno y toma partido de acuerdo a sus conveniencias. Los vecinos de Trelkovsky en el filme de Polanski y la cosa en “Possession” no aparecen en cualquier lugar sino en esos interiores en franca decadencia y en momentos de una tensión narrativa difícilmente soportable.


La casa es un símbolo femenino por excelencia. Es una hipertrofia imaginaria del útero, hasta en el sentido de que, por la noche, impide el ingreso de las bestias y los espíritus indeseables cual entidad protectora. Cuando falla esta función, es decir, se hace permeable al acecho exterior, la casa se invierte como símbolo. La casa es, en esencia, un símbolo ambivalente y fácilmente capaz de devenir en su opuesto. Es, cuando deja de amar el corazón humano que se arruina aquel "palacio dorado", dejando en su lugar un lúgubre habitáculo poblado por ángeles enfermos. La función de hogar del espacio habitado, está supeditada al amor de pareja o familiar que es una extrapolación del amor maternal. La doblez del espejo recuerda inmediatamente al estanque de la casa Usher y a la patética rapsodia de Roderick. Así como todos los valores de protección e intimidad nos reconfortan, en ausencia del amor, el útero deviene en tumba y la intimidad en prisión.


El terror de esta trilogía proviene probablemente del impacto inconsciente que generan esas imágenes en una humanidad traumada por una incompletud existencial que se pretende satisfacer a través del placer ilimitado – el consumo desmesurado no es sino una canalización “civilizada” de saciar deseos y necesidades que son una metáfora moderna del deseo sexual – que, al ser ilimitado, nunca provee suficiente saciedad. Esos sombríos planos muestran hombres completamente perdidos ante su rol masculino e insanamente aterrados por la mujer que es un fantasma, con todas las de la ley. La mujer, ignorante de sus poderes, se hace víctima y verdugo en tramas que tienen toda la (falta de) lógica de la pesadilla más afiebrada de la especie. Estamos ante una profunda crisis de la identidad sexual que, como elemento estructural, altera todo y deviene en crisis familiar, física, social y, sobre todo, espiritual. La fuerza de un “mundo invisible” tan familiar para tantas culturas premodernas se hace maligna en esta cultura que la niega ontológicamente. Esas presencias están ahí aunque sean incomprensibles: los sueños, que tampoco tienen derrotero ontológico en nuestra cara modernidad, están ahí, no cesan de transmitirnos algo.


Estas películas comportan de aterrador otro hecho que no debería serlo o, al menos, no lo es en todas las culturas y cosmovisiones: el misterio. Nuestra mente positivista está tan estructurada como tal que no hacemos sino desprestigiar el carácter misterioso de la vida. Como sugiere René Girard, el pensamiento científico transforma todo misterio en enigma y no hay enigma, por más difícil que sea, que no tenga solución. Esta herencia hace que lo misterioso o nos asuste o nos parezca absurdo y carente de rigor lógico. Estas tres visiones, si algo tienen en común, es que no ceden ante la facilidad del enigma sino que se mantienen, rigurosamente, en la sutil línea del misterio sin sucumbir al facilismo absurdista. Un verdadero desafío.

martes, octubre 27, 2009

The adjuster: la perfección cinematográfica según Atom Egoyan


- “What could happen?
- Who knows? That´s what makes this so exciting?”
Conversación entre Mimi y Bubba, The Adjuster, Atom Egoyan

- “I don´t like the idea
- What?
- Giving our house to strangers.”
Conversación entre Hera y Noah, The Adjuster, Atom Egoyan

“Esperemos que Dios le de paz y descanso mientras esté bajo nuestro techo. Que este cuarto sea su segundo hogar. Que sus seres queridos estén cercanos en pensamientos y sueños. Que el negocio que lo trajo prospere. Que cada llamada y cada mensaje que reciba se sume a su felicidad. Cuando partan que su viaje sea seguro ya que todos somos viajeros. Que los días en el motel le sean placenteros, provechosos para la sociedad, útiles para aquellos que lo encuentren y una alegría para aquellos que lo conozcan y lo aman.”
Tarjetas de bienvenida a los huéspedes en el Motel, The Adjuster, Atom Egoyan

“La necesidad absoluta es el mal absoluto”
William Burroughs

Una mano agigantada te recuerda los terribles lienzos de Guayasamín: larga, huesuda y translúcida, detrás del fulgor anaranjado de una linterna y sombras, espesas sombras delimitándola… aquella música, esa hipnosis, estás estremecido… ya estás en el viaje, viajando… The adjuster ha comenzado. No volverás a ser el mismo. Ya lo verás.

Hay tantas lecturas de una obra como lectores y estos tienen, como dice Borges, una naturaleza inevitablemente heraclitiana (por la sucesión de experiencias, pensamientos, sueños y emociones que hacen del “yo” un mero espejismo de estabilidad), lo que equivale a decir que hay infinitas lecturas de una obra, infinitas obras dentro de una misma obra. Este ensayo propone una lectura específica de The Adjuster (El Liquidador) de Atom Egoyan, el brillante realizador armenio-egipcio-canadiense, y ésta es justamente la de alguien que ha “vivido” el filme en épocas muy diferentes de su vida. La propuesta se concentra en una aproximación analítica, en primera instancia, que evoluciona desde una mirada puramente cinematográfica o estética, pasa por el lente sociológico para terminar en una perspectiva esotérica. El cine y la vida – son tan admirablemente parecidos – comparten una riqueza tal que la triple lectura, por más minuciosa que sea, sigue siendo reduccionista. Conscientes de ello, se intentará llegar a una conclusión sintética que permita abordar el hecho cinematográfico como algo, ante todo, profundamente mágico y misterioso.

Equiparable a Exotica en belleza, pulcritud y, hay que decirlo, perfección, The Adjuster se sitúa entre las propuestas más profundas, lúcidas, terribles y hermosas del cine (mal) llamado posmoderno o, mejor dicho, post-hitchcockiano. Parida allá por los noventas (que vieron nacer Lost Highway, Crash, Pulp Fiction, The Big Lebowski, Fear and loathing in Las Vegas, por ejemplo), esta película concentra cualidades que difícilmente encontramos en las propuestas tanto clásicas como vanguardistas. Es única, es Egoyan a 100% de inspiración, es el momento en que todo concuerda para que los humanos recordemos la fragancia de ese concepto tan lejano a la cotidianeidad: perfección (relativa, cómo no, al vasto terreno del arte cinematográfico). Tiene un aire lynchiano: los bajos y el uso de las cuerdas, el tratamiento de los ambientes y la luz contribuyen a una sobredeterminación onírica de los sucesos; sin embargo, Egoyan nunca cede a la ambivalencia metafísica y a la multiplicidad ontológica como principio de evasión o trascendencia. El universo de The Adjuster naufraga en un llano metafísico que pesa como una aciaga e infinita ausencia emocional. En ese sentido Egoyan se aproxima más a los realizadores que yo llamo “fríos” o monótonos: Haneke, Moodyson o, incluso, su compatriota Cronenberg (quien elabora la tremenda y complejísima ecuación cinematográfica que resulta en una “monstruosidad realista” o “realismo monstruoso”). Sin embargo, éstas son meras aproximaciones para situar la obra, contextualizarla: The Adjuster maneja una matemática muy propia de Atom Egoyan que, si bien nunca olvida el poder de la electricidad sensorial y de la hipnosis cinematográfica, funda su propuesta en una sólida estructura de guión que se propone ordenar el tiempo: no cronológicamente, como se ordena en apariencia, sino a través de una concatenación de sucesos claves en una secuencia emocional, un círculo dilucidador. Los recuerdos en Egoyan fungen de ingredientes para elaborar una receta – la identidad – cuyo sabor sólo se conocerá cuando se sirva sobre la mesa.


Los personajes bogan en un infierno que, poco a poco, deja de serlo – para convertirse en realidad única y absoluta – al desvanecerse lentamente la noción de un posible opuesto en el alma de los mismos. Noah y Hera, pareja cuasi-sonámbula de un funcionario de aseguradora y una censuradora de películas pornográficas, viven en una casa aislada en una llanura desoladora. Por otro lado, Bubba y Mimi, viven la anomia más incurable de nuestros tiempos. Su fortuna les ha llevado a cosificar totalmente al mundo y a las personas: ahora viven una insatisfacción permanente que les obliga a buscar experiencias cada vez más dementes y grotescas para llenar ese aterrador vacío.

Una de las obsesiones filosóficas de Georg Simmel fue la que respecta al valor de las cosas. Asimismo y en una línea muy cercana a la del pensador judío-alemán, esta película invita a una profunda reflexión sobre el acto de valorizar, los límites subjetivos del valor, la ilusión de objetividad en el valor monetario. Tanto Noah como Hera deben enfrentarse día a día al acto de “dar valor” a las cosas: él, a las cosas desparecidas por el fuego (voraz devastador de las pertenencias de sus clientes) y ella, a las imágenes que no son dignas de verse por un público “sano” y normal. Noah aparece como un ángel ante sus clientes en shock y les ofrece el mayor resguardo económico, logístico y burocrático con el fin de que la tragedia no se agrande. Hera es una madre seria y ejerce su (excepcional) trabajo con un profesionalismo intachable. Sin embargo, mientras transcurre el relato, vamos viendo como la situación no es, en absoluto, normal y ambos han hecho de sus oficios algo más que eso. ¿El dinero puede cubrir la pérdida de un incendio? ¿Cómo evaluar los objetos cargados de recuerdos y subjetividad? El valor, bien lo vio Simmel, no es una propiedad de las cosas sino que nosotros las “cargamos” de valor. El dinero, al objetivar las cosas, mide valores pero desde una desoladora exterioridad: es imposible cuantificar el verdadero valor de las cosas, id est: el valor subjetivo. El abismo que separa las dos formas de valor hace que Bubba y Mimi se sumerjan en un siniestro mundo de insatisfacción perpetua y de vomitivo spleen, su fortuna les ha hecho perder la asociación – en apariencia objetiva – entre el dinero y el mundo y, sobre todo, la noción misma de valor y su opaca relación con el mismo dinero. Pues, como muestra perfectamente este macabro retrato de nuestros tiempos, hay cosas cuyo valor trasciende lo monetario. ¿Cómo determinar el valor de las imágenes? ¿Qué parámetro utilizar para saber si una imagen vale ser percibida por la sociedad o no? Esos valores no forman parte del campo de lo mensurable pues son de orden moral. El aparato que monta la sociedad para determinar el valor moral de las cosas es mucho más pesado e ineficiente que el dinero: Hera trabaja dentro de una auténtica fábrica kafkiana de imágenes pornográficas, donde, según dice el funcionario perversamente interpretado por David Hemblen, no “valoran” sino que, más bien, “clasifican” material. En ese instante viene el cuestionamiento más profundo sobre la valoración: ¿La simple clasificación no será ya una forma axiológica? ¿Será posible un ordenamiento del mundo cuyas bases ontológicas no impliquen un acto valorativo? En ese sentido Egoyan, como hizo Simmel en su sistema filosófico, nos sumerge en un mundo donde todo, por el hecho de “ser”, ya tiene un valor respecto de otra cosa: nombrar es valorar. En el cine, el plano – maravilloso equivalente de la palabra en el lenguaje oral –, al mostrar algo, está excluyendo todo lo demás y por ende valora una realidad sobre otra. La ambivalencia radica en que una sociedad sólo puede convivir efectivamente con un solo parámetro último de valores: o es la tradición o es el dinero o es Dios o lo que ustedes quieran, pero sólo uno. A ese, todos los demás se someten automáticamente.

Como bien vio Gilbert Durand, no es ajena la perspectiva sociológica del mundo de aquella, mucho más antigua y mundializada, del llamado esoterismo y de la arquetipología. Me preguntaba yo por qué me conmovía tanto una película que narra una realidad tan ajena a la mía que es una realidad andina, de tercer mundo y en vías de acceso a la revolución industrial (a Dios gracias) donde, por más que cunda el descontrol social y la reyerta perpetua, no se conocen esas soledades abrumadoras y esos dinerales “compensadores” que alimentan al monstruo espiritual auto-bautizado Primer Mundo. Sin embargo, el espectador de una película, de eso se trata el cine, viaja inmediatamente al universo presentado por un fenómeno de proyección-identificación: las cosas, físicamente, pasan delante de uno; pero para que la fiesta tenga sentido, como en un sueño, deben pasar dentro de uno.

La casa Usher es una y son muchas: la casa Usher es una forma imaginal, una manifestación, revelación del interior “invisible” de Roderick; la fachada tiene su rostro en medio de un paisaje que, a su vez, es la “casa” cósmica del mismo personaje que se reproduce a escalas diferentes en esa vertiginosa lógica fractal en la que Poe basó su metafísica y estética. Es posible conmoverse ante una bella historia o imagen independientemente del contexto cultural porque éstas trabajan como símbolos, como los sueños. Esos símbolos son puentes entre el mundo exterior y el mundo interior, o la revelación más aclaradora del principio de correspondencia entre ambos.

(También) en ese sentido el cine es alquimia: nos catapulta a un mundo de símbolos, las luces interiores se disponen en sincronía con las luces del exterior. Esa es la lectura esotérica, y la que más me gusta, de esta travesía iniciada por los Lumière. En The Adjuster, como en el relato arriba mentado, la casa tiene un peso específico: es el símbolo que viene a auxiliarnos ante la imposibilidad de “ver” nuestros laberintos más íntimos. La familia de Noah y Hera vive en una pesadilla de tal densidad que se ha aunado a perfección con la realidad, anulándose ambas a favor de estado de sonambulismo despierto y de grito tan poderoso que su estruendo es similar al silencio y a la monotonía que inunda todo con una melancolía que emula un aterrador matrimonio entre Ballard y Poe.

Cuando Hera confiesa a su marido que, sin importar el monto que determine el intercambio, a ella no le agradaría que extraños ocupen su casa, Egoyan muestra una amenaza similar a la de la “vecina” (interpretada por Grace Zabriskie) en INLAND EMPIRE, una actualización sutil de los antiguos emisarios de la oscuridad en las diferentes mitologías del mundo. La idea de “dejarse ocupar” a cambio de un valor monetario horroriza, la idea de abrir tus puertas a un lobo disfrazado de oveja es tan latente en la vida de todo ser humano que da vértigo: en eso consiste la identidad, en abrir y cerrar puertas.

La casa incendiada es el arquetipo central en The Adjuster. Los recuerdos, como los objetos perdidos en el incendio constante que es el paso del tiempo, vienen en un inventario de carácter exclusivo: es más lo que olvidamos que lo que retenemos. Lo que retenemos, lo hacemos debido a su valor en la constitución de nuestra identidad que, por eso mismo, es pasajera, vulnerable, presa de un contexto, de un cuerpo en el que, como en un motel, se es huésped momentáneo. Por eso el pasado, como sentencia sabiamente el chaqueño Jesús Urzagasti, será para siempre imprevisible.

El fuego es entidad purificadora, tanto en The Adjuster como en el reservorio de arquetipos de cada cultura. En medio de esa pesadilla de la que no se puede despertar, en medio de ese mar de esperanzas muertas, sólo el fuego, que parece nacer de los propios deseos de autodestrucción de los personajes, viene a limpiar. El fuego, uno de los “elementos poéticos” de Bachelard, tiene una relación misteriosa con la música por un lado, y con la sexualidad, por otro. Lo que ocurre es que el rol poético del fuego es la memoria de la domesticación, de la sublimación de algo incontrolable, de algo que nos supera como el paso del tiempo o el deseo de inmortalidad. El fuego y la música son una misma cosa, desde diferentes niveles de realidad: ambos se alimentan de su propia extinción para pervivir. Hay algo fundacional de la especie en ambos: la domesticación del tiempo y el sometimiento de la oscuridad. Ambos vienen desde arriba, regalos de la divinidad. Asimismo en The Adjuster, al fuego, acompaña inmediatamente esa melodía estremecedora que purifica el viaje cinematográfico. La música funciona por ciclos, la aparición del fuego y del incendio marca ciclos internos en la película y, así, como un gigantesco Uróboros luminoso, el fuego marca el cierre del ciclo final y el que engloba a todos los otros, la pieza final del rompecabezas que concluye la obra maestra de una manera tan inesperada, genial y lúcida que, como dije antes, emana esa fragancia de perfección que tan pocas obras de arte tienen.

No volverás a ser el mismo. ¿Viste?

miércoles, agosto 26, 2009

Óleos para el fin del mundo

Una breve muestra del trabajo realizado en materia de aceites en los últimos años por el duendesco personaje del lar conocido como Oneiros, el Cholo o Pulgatron para los creyentes en la existencia de los Transformers de Cybertron. No escatimar en críticas, abucheos e injurias. Algunos de estos lienzos y muchos más ya fueron publicados en el blog www.pescotis.blogspot.com caracterizado por ser profético, para algunos, y terrorista para otros. Darse un vuelco y juzgar.

En la comarca, óleo sobre tela, 2008

William Wilson, óleo sobre tela, 2008

El cisne agonizante, óleo sobre madera, 2008

A los conejos les gusta el tulipán, óleo sobre tela, 2007

sábado, mayo 12, 2007

1 + 1 = 1: Problemática post-heleogabálica sobre el arquetipo del Doble



1. Una noche, al calor de unos buenos vinos argentinos y de unos calamares a la romana (cortesía de Edipo Von Kirki Carvallo), me embarqué en una titánica discusión con mi hermano sobre un tema que nos concierne a todos. Les comento. Yo sostenía (no sin cierta osadía requeteneoplatónica) que todo y todos tenemos un arquetipo, y desde las cosas más singulares como ser: el camba, el estronguista, el cine negro, Mario, el loro de Frigo o el gato llamado Grumo; todo y todos poseemos (me enterqué en el asunto) nuestro modelo prístino y luminoso. Un modelo primordial… A lo que mi hermano refutaba, junto al recién llegado Agapito, que el Arquetipo, justamente, es una figura primordial depurada de todo contexto socio-histórico. El arquetipo desde su perspectiva se constituía ante todo en una imagen formadora y no formada: El Héroe, la Bruja, el Descenso Infernal, La Noche Iluminada, La Noche Oscura, el Monstruo, el Ángel, todo ese ejército supralunar de entes de luz. Mi lucha es a cara e´perro respecto a los derechos arquetípicos del ser singular. Empero, a continuación nos regiremos por la segunda posición para tratar a una de esas imágenes primordiales, capaces de ser tanto figuradas en diferentes culturas como ser abstraídas del estado latente en ellas mismas, eso sí – y allí radica su belleza – de manera irreductiblemente singular.

2. ¿Quién carajos escribe William Wilson? Qué macabra sensación cuando, al terminar la pequeña joya que nos regaló Poe, me puse a pensar: ¿Si Wilson muere al fin de la narración cómo puede contarnos la historia? Además, las últimas palabras no son las de Wilson perdulario, tramposo e inmoral sino las de Wilson taciturno, correcto y acosador: el Otro. Joe Gillis, en Sunset Boulevard, muchos años más tarde nos dará una lección similar: ¿Cuál será esa lección?

3. Borges, en El Libro de los Seres Imaginarios, incluye tanto a la Pantera (el más sutil de los felinos) y a los Elfos como al Doble. No es un libro teórico sobre los mitos o los arquetipos sino un catálogo de animales imaginarios: un bestiario. Allí empieza mi cuestionamiento sobre la delgada e inexistente línea entre los mundos sutiles y los mundos materiales. Pensé que, como en una estructura fractal, los animales imaginarios son seres de tránsito entre una especie singular y un arquetipo universal, unos más para un lado y otros más para otro. El Doble es ambos: un Arquetipo abstracto, casi una matemática de la esencia humana, así como un ser de carne, monstruo, bicho que merodea, que espera detrás de la puerta.

4. La teoría lacaniana, si bien para muchos es pedantería estructuro-oscurantista llevada a la caricatura, comporta un elemento primordial y sumamente dilucidador sobre nuestra TRAGEDIA COMO SERES DE LENGUAJE. El niño se reconoce como ser distinto y portador de una ipseidad (condición de lo que es mismo) en el momento en que se reconoce delante del espejo en una imagen, ilusión, o sea, en el momento de asimilar la mirada del otro a través de una concordancia de movimientos y de proporciones. Pero esto no es suficiente en absoluto, el niño confirma esa intuición cuando reconoce la mirada de un tercero en el espejo que verifica esas coincidencias formales: el niño deviene el otro para ser él mismo. Para ser yo mismo debo de verme desde fuera, para ser uno debo ser dos y sino no puedo ser.

5. El Otro puede ser idéntico como William Wilson en William Wilson o lo absolutamente contrario como lo que aparece en el lienzo del retrato de Dorian Gray. Puede ser hombre o mujer, puede estar dentro de tus sueños u oculto detrás de la cortina de la ducha. Puede ser uno o pueden ser dos. Puede ser tú o puede ser yo.

6. Spider adulto está presente en la misma habitación que Spider niño en el opus de Cronenberg; magnífico tratado sobre la esquizofrenia: considerada en occidente como una patología. En La Nación Cladestina de Jorge Sanjinés, ese desdoblamiento del héroe Mamani-Maisman, jamás es enfocado como una patología sino más bien como una cosmovisión. La esquizofrenia es una “enfermedad” moderna y positivista.

7. La política occidental siempre fue la siguiente: a los crios, educarlos; a los locos, encerrarlos; a los salvajes, colonizarlos (o jugar tiro al blanco con ellos). ¡Qué brutos! No sabían (y no saben aún) de lo que se estaban perdiendo: ¿Qué tiene en común la visión de los niños, los locos y los salvajes? Que el Doble no les da miedo. Es tan natural como hacer pis o caca. Y al Doble, como a todo ser animado del mundo material, intermedio o sutil, hay que serle respetuoso o te muerde. Es real pero misterioso, una matemática viscosa incomprensible por la lógica identitaria de Aristóteles y menos por la dicotomía cartesiana. Mayor sabiduría hay en encontrar las continuidades entre el mundo de la vigilia y el de los sueños que reforzar los candados de las puertas que hemos construído para separarlos.

8. ¿Cuál es el Doble de la vida?