lunes, marzo 30, 2009

Erving Goffman: las máscaras

"En un espejo con caras viejas había un sitio para tus quejas.
En un cuaderno de tapas negras había un aire de cosas muertas."
Eduardo Mateo y Fernando Cabrera, Por ejemplo.

Cuentan que Zavaleta repetía siempre en clases: "Las ciencias sociales son sólo un género literario". Frase que también escuché decir a mi profesora Silvia Rivera Cusicanqui, arguyendo que la fuente de esta idea se encontraba en La Poética de Aristóteles. Las ciencias sociales sólo como un genero literario. Una idea tan potente que libera a la sociología de los burdos barrotes que todo el siglo pasado la tuvo encerrada entre la razón, la ciencia y la absurda búsqueda de la verdad.

Durante demasiado tiempo, el pensamiento social estuvo marcado por varias obsesiones absurdas. Intentar ser científico, construyendo métodos y discursos sofisticados que creían construir un prestigio alejado del sentido común. Intentar ser científico, construyendo ideas y nociones desde escritorios amurallados contra el mundo, usando como fuerza vital del pensamiento libros añejos antes que la realidad de los sujetos protagónicos de sus cavilaciones. Intentar ser verdadero, persiguiendo (e intentando demostrar) una verdad inalcanzable, una certeza inexistente, buscando anular una duda eterna. Los motores de la ciencia social tradicional siempre estuvieron marcados por las frías verdades por sobre las motivadoras dudas, por los alejados métodos que por la interacción con las personas, por el ego del conocimiento que por la intensidad de la creatividad. Como dice un personaje de un corto cinematográfico de dos entrañables amigos: "La sociología carece totalmente de glamour".

Dentro de este inhóspito y desesperanzador paisaje del siglo pasado, hay un sociólogo que parece caminar y pensar a contracorriente: Erving Goffman. Mientras la mayoría se preocupaba por las abstracciones (inexistentes sistemas y estructuras), él se concentraba en las pequeñas interacciones que marcan el fundamento de la existencia de los seres humanos. Mientras la mayoría construía lejanos métodos para acercarse a sus "informantes", él se sentaba a observar con los ojos bien abiertos y a hablar con la gente con admiración y asombro. Mientras la mayoría buscaba la gran ley que explicara, por fin y de una vez por todas, el funcionamiento de la sociedad, él planteaba una teoría chiquita y sugestiva. Mientras la mayoría defendía su ego y demonios internos a través de la promulgación de la verdad incuestionable de sus postulados, él construía postulados subjetivos y con validez parcial y relativa. Mientras la mayoría construía un discurso inasible y complicado para defenderse de futuras críticas y alejarse del vulgo, él plantea sus hallazgos desde un discurso simple y eficaz, como esas narraciones a las que uno vuelve cada tanto, y lo siguen conmoviendo. Erving Goffman, sociólogo canadiense, nacido en 1922, en medio de la dictadura científica.

Desde la observación de la interacción de los habitantes de la isla de Shettland construyó las bases de su propuesta teórica (sólo mirar le sirvió para entender, no hicieron falta complejas encuestas, talleres o entrevistas; mirar es cada vez más difícil: las luces de la computadora y la televisión, y la tinta de los libros, son nieblas que complejizan esta tarea): la vida social es, esencialmente, una actuación basada en ofrecer al otro la imagen que él espera de nosotros. Y viceversa. Así, la acción social es solamente un papel que desempeñamos en base al guión determinado por la situación y por las personas con las cuales interactuamos. Nuestra existencia es un desfile de máscaras que vamos cambiando en base al contexto en el cual nos encontramos.

En cada interacción cotidiana, formamos parte de una actuación marcada por un escenario y una audiencia, por una puesta en escena con objetivos determinados y por una fachada que es necesaria para que la actuación sea satisfactoria. Somos, entonces, solamente actores dentro de una maquinaria teatral inmensa que va marcando, en base a diálogos y direcciones aprendidas hace tiempo, nuestro camino por estas tierras. Para cumplir nuestros roles, llevamos disfraces (un terno, el cabello largo), máscaras (una sonrisa hipócrita cuando vez que tu tía abuela te vuelve a regalar medias por tu cumpleaños), objetos de utilería (unas flores para pedir disculpas por la borrachera y el escándalo de la noche anterior), un guión (el buen trabajador que uno es en una entrevista, lo bien que te va en el colegio con tus padres), un decorado (limpiar tu departamento cuando por fin crees que podrás romper la férrea resistencia de tu pareja). Cada día, cada momento, cada situación, es una interpretación que se construye en base a la idea de lo que el resto piense de nosotros.

Pero esta actuación, dice Goffman, no es sólo individual. Nuestras interpretaciones también son colectivas, también actuamos en equipos. La familia que se presenta armoniosa e ideal frente a otros (sea el jefe o los amigos); cada funcionario de un hospital, de un banco, de una oficina, que desarrollan papeles determinados para mostrar eficiencia; los miembros de un restaurante que te ocultan (desde el chef hasta el mesero) que acaban de tirarle un brutal estornudo sobre tu pasta primavera. Nuestras actuaciones, muchas veces, se sincronizan con las de otras personas para que la interpretación sea satisfactoria frente a los ojos de nuestra audiencia. Audiencia que también es un equipo.

Sin embargo, estas actuaciones, ya sean individuales o colectivas, no son cínicas. No es que estamos todos actuando premeditadamente, jugando todos entre la hipocresía y el aparentamiento. El problema es más complejo, nuestras máscaras han sido puestas desde lejos. Desde la escuela, desde la familia, desde la maquinaria que nos obliga a ser sujetos sociales. De ahí que nuestras actuaciones son naturales, sin "premeditación y alevosía", afines a una tradición heredada de tiempos lejanos. Por eso los únicos que rompen esa continuidad son los niños, seres donde las máscaras todavía no se han asentado totalmente. Llegas a una importante reunión familiar y la comida es horrible, todos intentan comer aparentando satisfacción. La anfitriona pregunta si el manjar está exquisito. Todos asienten, ocultando el desagrado que corre por sus paladares, el niño no calla: "Esto está horrible".

La sociología como género literario. Encontrar estas características profundas de nuestra vida como seres humanos y manifestarlas con tanta elocuencia y eficacia. Entender que tal vez nuestra identidad sólo es una actuación determinada, que nuestros pasos son guiados por un entorno particular. Develar al ser humano sin necesidad de artificios y egos académicos. Esa es la sociología que me gusta, esa es en la que quiero estar.

8 comentarios:

(Diego Loayza) Oneiros dijo...

La estructura, entidad abstracta e inaprensible en los hechos, deviene en una clave explicativa de la sociedad tan vana e inútil como un hecho puntual en sí - una interacción, una acción individual -, desligado completamente de un contexto espacio-temporal (i.e. social). Eso se debe a que ninguna perspectiva fenomenológica puede ignorar la maquinaria simbólica que "encuadra" el fenómeno (la noción de encuadre, si no me equivoco, es importante en Goffman). Asimismo es absurdo pensar en sistemas y no poder rendir cuenta de cuándo, cómo y por qué se actualizan en la vida cotidiana. La riqueza de Goffman es que, en el fondo, ese "Sistema" o "Estructura" se parece más a una producción teatral, en su funcionamiento, que a una fórmula matemática y/o a un esqueleto lógico. La constitución de espacios simbólicos, concebidos como escenarios, explica la acción desde una visión humanista del humano (perdonen la redundancia). Aquello explica que, en absoluto, no es nada malo dormirse, pero sí es malo dormirse en la graduación de tu hermana o en la misa o en la clase de psicología. Lo que da lugar a eterno debate respecto a esta posición es el rol de la interiorización de las reglas de juego: sí, jugamos roles, pero para jugarlos bien es imprescindible creer que no son roles y que así SOMOS y son las cosas en realidad. Hay una delgada e incomoda línea que sigue y seguirá siendo el objeto de estudio de la sociología.

Saludos: Viva el interaccionismo post-simmeliano.

Mario Murillo Aliaga dijo...

Cholito:

Sí, viva Simmel, el más lúcido sociólogo clásico. En vida, luchando por obtener un mísero reconomiento y una clase para poder pensar en paz. En muerte, olvidado bajo la sombra de los postulados de Durkheim y Weber. Él es el gran inspirador de muchas de las construcciones teóricas más interesantes de la segunda mitad del siglo XX, interaccionismo simbólico incluido.

Saludos.

Editorial El Cuervo dijo...

Te salió conmovedor esto che!
Y claro, por suerte estuvo ahí la Silvia para enfatizar la parte expresiva y textual de la sociología. A la aclaración del diego de ke obviamente no tenemos ke ser del todo conscientes de estos roles (aunke la mascara al final lo es todo, no hay nada detras) yo añadiría la necesidad de explorar, via interaccionismo, los ruidos ke a veces se provocan en algunas interacciones porke no compartes los mismos marcos simbolicos, ejemplos ke en los andes y aledaños abundan, no?
Ojala mas sociólogos leyeran literatura (y otras vainas), la vida seria mas linda
Jallalla Simmel!

Un pseudo-punkito con el pelo cortito dijo...

la sociología ya fue, chavales.
hay que volver a la etnografía.
no hay más sociedades, solamente un conglomerado de tribus.
discutir si Simmel o Veblen o Bourdiable o Lipovetzki o Canclini es pura filatelia.

adieu Sociologia, fuiste una chica interesante, pero con la cabeza llena de huevadas.

aguante Malinowski

PD. Lean el estudio etnográfico sobre el Japon contemporáneo de Hamabata y discutimos.

Mario Murillo Aliaga dijo...

Cuervo:

De verdad me alegra mucho que te haya gustado el artículo. No había pensado en eso de los sonidos, está bueno, sería un lindo camino para recorrer en una investigación.

Un abrazo, llama pues.

Punkie:

Más que disciplinas, me interesan autores. Si algo me parece potente no me importa si proviene de la sociología, la antropología o los delirios de un verga en medio de la noche. De ahí que no creo que sea importante si la sociología está viva o muerta, por lo menos muchos de los autores que amo (Simmel, Goffman o Garfinkel) parece que surgieron altamente emparentados con ella.

Saludos, voy a buscar la etnografía que dices, suena de la puta.

Mariofrichi.

Alvaro G. Loayza dijo...

Hablando de roles y de sociología como género literario, leía que Vila-Matas decía que Anthonny Burgues decía que Hemingway (y lo que decían me parecía pertinente no sólo vinculando estas palabras con éste texto, sino con el que anteriormente publicaste de Arriaga) "ha ejercido una influencia que va más allá de la literatura, pues incluso el peor Hemingway nos recuerda que para comprometerse en la literatura uno tiene primero que comprometerse con la vida"
Un abrazo a todos!!!

G.I. Joe dijo...

Lo que me parece a mi es que la idea de la sociología como género literario da para hablar bastante, pero lo cierto es que por más que autores como Zavaleta y Rivera tengan un estilo particular cada uno en su redacción, por lo menos en ellos eso de que "Las ciencias sociales son sólo un género literario" me parece que se queda solo en la pose, y creo que son más clasificables como los típicos sociólogos de las quejas, de la política, de las masas en un mes y en el otro, y de la justicia social, que como aquellos que han intentado hacer algo distinto (aunque algún artículo de Rivera sí resulte novedoso). A mi también me gusta mucho Goffman y creo que se acerca más a la idea de la que parte el artículo, al mismo tiempo que se aleja de la sociología que denuncia desigualdades, y a la vez redime a la disciplina del permanente mal humor que parece reynar en la mayoría de sus autores. Aunque tal vez Garfinkel es el de mejor humor en ese sentido.

Lo que me pregunto es a donde se puede dirigir la idea de una sociología como género literario. Lo que no entiendo del todo es si se refiere a la relación ficción-realidad, subjetividad-objetividad, abstracciones-concreciones y demás, o tal vez más al estilo en la escritura, a la estética en la forma de decir las cosas, o por último a los dos al mismo tiempo. Lo cierto es que a quienes escriben en ciencias sociales les hace mucha falta lo segundo, o sea dejar de ser tan toscos y aburridos pudiendo mas bien hacer textos más entretenidos e interesantes. Por lo menos creo que tienen material para ello.

Anónimo dijo...

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