miércoles, agosto 26, 2009

Óleos para el fin del mundo

Una breve muestra del trabajo realizado en materia de aceites en los últimos años por el duendesco personaje del lar conocido como Oneiros, el Cholo o Pulgatron para los creyentes en la existencia de los Transformers de Cybertron. No escatimar en críticas, abucheos e injurias. Algunos de estos lienzos y muchos más ya fueron publicados en el blog www.pescotis.blogspot.com caracterizado por ser profético, para algunos, y terrorista para otros. Darse un vuelco y juzgar.

En la comarca, óleo sobre tela, 2008

William Wilson, óleo sobre tela, 2008

El cisne agonizante, óleo sobre madera, 2008

A los conejos les gusta el tulipán, óleo sobre tela, 2007

lunes, agosto 10, 2009

"Boogie Nights": el épico sondeo de una época por Paul Thomas Anderson o la mejor película de Martin Scorsese en los últimos 20 años

En una noche de insomnio me tocó prender la TV y dar rienda suelta al inevitable como infructuoso vicio del zapping, afortunadamente pude reconocer los fotogramas de “Boogie Nights”, película de Paul Thomas Anderson que ya había tenido la suerte de ver y de gustar, enmarcada como “Movies that Rock” en la programación de VH1, y decidí volver a mirarla ya que apenas había empezado. Mientras el metraje transcurría, me vi imbuido de lleno en todo el entramado que ofrecía el filme, su director y su reparto; lo cierto es que a no sé que hora de la madrugada terminé chupándome los casi 155 minutos de duración y no por tener un insomnio incorregible, sino por el mágico viaje que “Boogie Nights” ofrece por ese marginal, glamoroso y sectario mundo de la industria porno desde su apogeo fílmico a fines de los setentas y su ocaso videístico desde el principio de los ochentas.

El filme es un fiesta total y completa, una colosal borrachera de película, que como toda borrachera conlleva un poderoso y perseguidor chaki o resaca. Todo lo que se nos cuenta y describe al principio es el descubrimiento de Dirk Diggler (Mark Wahlberg) por parte de Jack Horner (Burt Reynolds), un gurú de la industria pornográfica con el anhelo de llevar su arte al siguiente nivel, que será el evento que provoque un cataclismo en el mundo del porno a raíz de la sensualidad de Dirk, pero sobre todo de su soberbia poronga (misterio que no será fácilmente desvelado durante todo el transcurso del filme), hecho que llevará a Diggler, Horner y todo su séquito de actores y técnicos a un apogeo deslumbrante donde la joie de vivre, la imparangonable libertad y la desmesura excesiva serán los senderos y motivos a seguir. La segunda parte que se inaugura con la noche en la que se festeja la llegada de la nueva década, marcará un giro que sacudirá a la industria y a su vez, de diferentes maneras, al estilo de vida de cada uno del nutrido y fantástico grupo de protagonistas.
Después de terminar de verla, me quede pasmado; antes la película me había gustado, pero ésta vez me maravilló. La audacia con la que Anderson enfrenta el desafío de filmar el espíritu de una época, interpretado por un conglomerado de actores tan vasto y con una fotografía tan despampanante como dificultosa, es llevada a cabo con una destreza magistral que impresiona por los secretos desvelados con cada visionado sucesivo, destacando lo pretencioso del relato, la cabalidad y humor de la trama y la pericia y virtuosismo con que se resuelve secuencia a secuencia.

La época es descrita en la soleada California entre “bikinis” y pantalones cortos, sátiras fílmicas de “Starsky y Hutch” en versión XXX (de ahí el personaje de ficción Brock Landers y su sidekick Chest Rockwell), así como el poliéster por doquier y una magnífica banda sonora que fluye entre discotecas chic, mansiones y sets de filmación plagados de lindas tetas, piscinas, incontables rayas de cocaína y exceso de pirotecnia.

El reparto está compuesto por una tropa de actores deslumbrantes, casi todos ellos partícipes del siguiente proyecto de Anderson “Magnolia”, -otra joya coral del director, pero un tanto menor que “Boogie Nights” porque adolece del desopilante humor que a ésta última le sobra-; las performances refuerzan a cada uno de los matizados personajes que quedan tan bien definidos, dirigidos e identificados, que hay tiempo para disfrutar y conocer las particularidades, pensamientos y tribulaciones de cada uno de ellos, como Little Bill (William H. Macy) quien es humillado por su esposa vez tras vez al ésta hacerse follar por inopinados cortejos fiesta tras fiesta, o de la tímida actriz Rollergirl (Heather Graham) que incluso en la máxima de las desnudeces no se desprende de sus patines, o del pervertido Coronel James (Robert Ridgely) productor y facilitador de todos los emprendimientos en celuloide del director Horner, así como tantos otros personajes reunidos que nos iluminan y que nos hacen sonreír, y que posteriormente sus interpretes nos iluminarán como muchos de los más grandes actores de su generación que sólo por mencionar caben Julianne Moore, Phillip Seymour Hoffman, John C. Reilly, Luiz Guzmán, Don Cheadle y tantos otros omitidos o mentados con anterioridad. El colorido y la diligencia con que se mueven los personajes permiten que la duración del filme se haga sutil, digerible y de un pleno disfrute; sin duda uno de los castings más impresionantes de la historia de cine, por su inmensa cantidad y desmesurado talento y precisión a la hora de interpretar.
Por último, la película ofrece un baile fotográfico de un genio impresionante, con travellings que discurren durante fiestas que pasan de personaje a personaje, de acción a diálogo, de alegría a desazón, describiéndonos a través de los detalles y diálogos más ínfimos el corazón de todo un grupo de personas, de una época y de una idiosincrasia tan carismática como desvergonzada, permitiéndole al espectador el atisbo de los sinuoso intríngulis de una industria y su entorno humano.

Me atrevo, muy temerariamente, a calificar a “Boogie Nights” de Paul Thomas Anderson como la mejor película de Martin Scorsese de los últimos veinte años, léase, después de “Goodfellas”. Es como si Martin se hubiera tornado en Paul Thomas, ya aburrido de los gangsters ítaloamericanos de Little Italy, y hubiese mudado su talento en máxima inspiración a filmar con ese tacto y épica que lo caracterizan al mundo pornodisquero de Los Angeles setentero/ochentero abandonando su tan caro New York. Un prodigio de película en todos los sentidos que dejará huella en lo posterior como un filme de fondo épico que se mueve con la soltura y frivolidad de los bailes de la época, con el derroche temático y formal de los magnates que fomentaban ese estilo de vida y con la rigidez y certeza de los embistes del hiperdotado Dirk Diggler.

jueves, julio 30, 2009

María Esther Ballivián: Un viaje extático por el arte del siglo XX

Quizás la modernidad pictórica, movimiento vertiginoso del espíritu humano que se da principalmente entre 1850 y 1950, se puede resumir como la preponderancia de la libertad creadora del artista en relación a los cánones impuestos por la estructura social (la academia, la iglesia, la crítica, la moral, la “realidad”, etc.). Al mismo tiempo, y en correlación con la hipóteis anterior, la susodicha modernidad corresponde al momento en que la pintura se hace consciente de sí misma y de sus armas. La aparición de la fotografía, el cine, la publicidad, la propaganda política, el periódico y los mass media en general, permitió que la pintura tome consciencia de su especificidad, al no verse cargada de representar todo lo que los mentados medios fueron haciendo poco a poco.

La búsqueda de la individualidad se volvió el norte de las artes poco a poco y eso, sobre todo, en el mundo de la plástica. El buen vanguardista, en lugar de buscar cómo se pinta, busca cómo él pinta, qué lo hace único en relación a esa técnica y materia específica. La aparición de los llamados “ismos” es sintomática de una explosión de ideas, escuelas, visiones, estéticas y posiciones ante lo que es, o debería ser, la pintura y el arte en general. Desde el impresionismo hasta la abstracción rothkiana hay un proceso demasiado acelerado como para poder ser abarcado facilmente por un individuo: se trata de cambios enteros de cosmovisiones que se “encarnan” en individuos específicos en lugares específicos. Pocos son los pintores que puedan ostentar esa voluntad picassiana de abarcar, de alguna manera u otra, ese vasto espacio de ideas, luces y voluntades que es conocido como modernidad pictórica.



La obra de Maria Esther Ballivián es, dentro de la pintura boliviana, la que más se aproxima a este espíritu omniabarcante de la modernidad. Porque si generalmente vemos que el trayecto de los pintores va de lo general a lo particular – es decir por un comienzo académico y una revisión de las escuelas y maestros anteriores hasta llegar a desarrollar un estilo “propio”
como en el caso de Goya, Van Gogh, Kandinsky, Corinth, Pollock, Rivera, etc. –, el caso de Maria Esther Ballivián es inverso: su búsqueda y su sino personal consiste en la experimientación de tendencias en muchos casos opuestas. Esa dinámica plástica y esa sed de libertad se manifiesta como marca personal en la obra de esta paceña recordada siempre hermosa y de encantador carácter.


Es impresionante como la exposición de Ballivián en el MNBA de La Paz da a pensar que se podría tratar de una muestra colectiva: al menos cuatro pintores de diferentes escuelas, épocas y tendencias. Desde su primer período hasta el último, he podido recordar a Rimsa (cómo no, su primer maestro), Soutine, Corinth, Modigliani, Van Gogh, Derain, Bacon, Rivera, Picasso, Braque, De Kooning, Rothko y Kline. ¿Qué representa esta mezcolanza sino la inmensa latitud de visiones plasmadas en la modernidad pictórica? Sintetizando, se puede denotar cuatro períodos fuertes: el primero muestra una tendencia post-impresionista y hasta expresionista. Tanto motivos como técnica tienen una fuerte influencia del lituano-boliviano. El segundo presenta una fuerte impronta cubista donde Picasso y Braque marcan indudablemente tendencia. La tercera etapa se aleja de toda concepción figurativa y parte a la conquista de la abstracción donde se muestra tan cómoda con la sobriedad rothkiana (en tonos mucho más agrisados) como con el frenesí a lo Kline. Por último, en la étapa anterior a su trágica partida, vemos un retorno al arte figurativo y un privilegio al desnudo femenino donde se deja entrever ese cuestionamiento al cuerpo renacentista a través de la figuración de una “nueva carne” tan cara para la escuela de Londres (en especial para Bacon y Freud).


Esa amplitud estilística, en el caso de María Esther Ballivián, no denota una voluntad académica y megalómana de “lucirse” ante la crítica, las escuelas y los consumidores de arte sino que responde a una necesidad, tan manifiesta en Tiziano, Goya o Picasso, de explorar las posibilidades de la plástica para conmover el espíritu. Esa búsqueda experimental se diferencia de aquella del científico en que del resultado no se espera en absoluto el vislumbramiento de “leyes universales”. Probablemente en eso consiste la especificidad sociológica del arte moderno en relación a todos los otros campos de la modernidad: la experimentación es una forma de encontrar el trazo individual, aquello que es único y que no se puede compartir. La experimentación en la modernidad pictórica es totalmente correlativa a la liberación del pintor en relación a cánones impuestos. Es por ello que las “escuelas” en esta época de la humanidad corresponden más a premisas estéticas, a posiciones filosóficas que a preceptos directamente técnicos que separan a una obra “correcta" de su (temido) opuesto.

A su vez, esa “libertad” puede volverse en contra del artista cuando, por paradójico que suene, devenga en canon impuesto (y la práctica de la pintura pierda su necesidad de constante y riguroso diálogo con el pasado). En ese justo y peligroso equilibrio se sitúa la obra esta pintora que se puede considerar como una maestra porque rescata los mayores valores de la demencial manifestación del espíritu humano que es la pintura de vanguardia y elude con inteligencia los vicios que de ella nacieron: su rigor es maravilosamente equilibrado por una intuición y una fuerza femenina, más-que-racional; su técnica siempre ha estado al servicio de la idea y no al revés, cada obra es un desafío técnico, estético, ético y, por ende, una responsabilidad asumida: esa cualidad tan ausente en el arte mercantilista y reaccionario que tiene copadas tantas salas (y consultorios) en nuetros países.

Por eso y por mucho más, visitar la mentada exposición se puede considerar un viaje en miniatura a través de la pintura del siglo XX vista por los ojos y pintada con las manos de una mujer excepcional, nacida en La Paz, Bolivia. Su muerte prematura y accidental no la privó de haberse paseado por muchos rincones del espíritu humano a través del lenguaje del color y las formas; tantos rincones que muchos hubieran necesitado cuatro vidas para poder abarcarlos con esa precisión y con esa pasión que hacen que sus pinceladas trasciendan tiempo y modas, y que sigan arrancando lágrimas de los ojos absortos de propios y extraños.

lunes, julio 27, 2009

Popurrí disconforme

Con el afán de proveer al lector de una experiencia que expanda lo sensorial mientras visita a los conformes disconformes hemos añadido una banda sonora que irá paulatinamente cambiando cada cierto tiempo y la primer es inaugurada con temas que han pululado por estos lares durante su creación. Esperamos lo disfruten, sino pongan la fabulosa tecla de pausa y volvemos al mutismo inicial. Agradeceremos sus sugerencias para futuras listas.


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martes, julio 14, 2009

Dos cuentos de Salarrué

Hacía tiempo que quería empezar a postear aquí relatitos breves de autores sudacas cuya obra apenas se divulga fuera de las fronteras de sus países de origen. Nos vivimos quejando de que a Sáenz sólo lo conocen en Bolivia. Pues bien, otro tanto ocurre con un montón de tipos geniales ecuatorianos, peruanos, venezolanos y sí, hermanos bolitas, hasta chilenos. Empiezo la serie con dos obras maestras de Salarrué (Salvador, 1899-1965), un clásico de las letras excéntricas al sur del Río Bravo.

Semos malos

Goyo Cuestas y su cipote hicieron un arresto, y se jueron para Honduras con el fonógrafo. El viejo cargaba la caja en bandolera; el muchacho la bolsa de los discos y la trompa achaflanada, que tenía la forma de una gran campánula; flor de lata monstruosa que perjumaba con música.


-Dicen quen Honduras abunda la plata.


-Sí tata, y por ai no conocen el fonógrafo, dicen...


-Apurá el paso, vos; ende que salimos de Metapán tres choya.


-¡Ah!, es quel cincho me viene jodiendo el lomo.


-¡Apechálo, siás bruto!
Apiaban para sestear bajo los pinos chiflantes y odoríferos.

Calentaban café con ocote. En el bosque de zunzas, las taltuzas comían sentaditas, en un silencio nervioso. Iban llegando al Chamelecón salvaje. Por dos veces bían visto el rastro de la culebra carretía, angostito como fuella de pial. Al sesteyo, mientras masticaban las tortillas y el queso de Santa Rosa, ponían un fostró. Tres días estuvieron andando en lodo, atascados hasta la rodilla. El chico lloraba, el tata maldecía y se reiba sus ratos.
El cura de Santa Rosa había aconsejado a Goyo no dormir en las galeras, porque las pandillas de ladrones rondaban siempre en busca de pasantes. Por eso, al crepúsculo, Goyo y su hijo se internaban en la montaña; limpiaban un puestecito al pie diún palo y pasaban allí la noche, oyendo cantar los chiquirines, oyendo zumbar los zancudos culuazul, enormes como arañas, y sin atreverse a resollar, temblando de frío y de miedo.


-¡Tata: brán tamagases?...


-Nóijo, yo ixaminé el tronco cuando anochecía y no tiene cuevas.


-Si juma, jume bajo el sombrero, tata. Si miran la brasa, nos hallan.


-Sí, hombre, tate tranquilo. Dormite.
-Es que currucado no me puedo dormir luego.


-Estiráte, pué...
-No puedo, tata, mucho yelo...


-¡A la puerca, con vos! ¡Cuchuyate contra yo, pué!...


Y Goyo Cuestas, que nunca en su vida había hecho una caricia al hijo, lo recibía contra su pestífero pecho, duro como un tapexco y, rodeándolo con ambos brazos, lo calentaba hasta que se le dormía encima, mientras él, con la cara añudada de resignación, esperaba el día en la punta de cualquier gallo lejano.
Los primeros clareyos los hallaban allí, medio congelados, adoloridos, amodorrados de cansancio; con las feas bocas abiertas y babosas, semi-arremangados en la manga rota, sucia y rayada como una cebra.
Pero Honduras es honda en el Chamelecón. Honduras es honda en el silencio de su montaña bárbara y cruel; Honduras es honda en el misterio de sus terribles serpientes, jaguares, insectos, hombres... Hasta el Chamelecón no llega su ley; hasta allí no llega su justicia. En la región se deja -como en los tiempos primitivos- tener buen o mal corazón a los hombres y a las otras bestias; ser crueles o magnánimos, matar o salvar a libre albedrío. El derecho es claramente del más fuerte.

Los cuatro bandidos entraron por la palizada y se sentaron luego en la plazoleta del rancho, aquel rancho náufrago en el cañaveral cimarrón. Pusieron la caja en medio y probaron a conectar la bocina. La luna llena hacía saltar chingastes de plata sobre el artefacto. En la mediagua y de una viga, pendía un pedazo de venado olisco.


-Te digo ques fológrafo.


-¿Vos bis visto cómo lo tocan?


-¡Ajú?... En los bananales loi ei visto...


-¡Yastuvo!...


La trompa trabó. El bandolero le dio cuerda, y después, abriendo la bolsa de los discos, los hizo salir a la luz de la luna como otras tantas lunas negras.
Los bandidos rieron, como niños, de un planeta extraño. Tenían los blanquiyos manchados de algo que parecía lodo, y era sangre. En la barranca cercana, Goyo y su cipote huían a pedazos en los picos de los zopes; los armadillos habíanles ampliado las heridas. En una masa de arena, sangre, ropa y silencio, las ilusiones arrastradas desde tan lejos, quedaban como abono, tal vez para un sauce, tal vez para un pino...
Rayó la aguja, y la canción se lanzó en la brisa tibia como una cosa encantada. Los cocales pararon a lo lejos sus palmas y escucharon. El lucero grande parecía crecer y decrecer, como si colgado de un hilo lo remojaran subiéndolo y bajándolo en el agua tranquila de la noche.
Cantaba un hombre de fresca voz, una canción triste, con guitarra.
Tenía dejos llorones, hipos de amor y de grandeza. Gemían los bajos de la guitarra, suspirando un deseo y, desesperada, la prima lamentaba una injusticia.
Cuando paró el fonógrafo, los cuatro asesinos se miraron. Suspiraron...
Uno de ellos se echó llorando en la manga. El otro se mordió los labios. El más viejo miró al suelo barrioso, donde una sombra le servía de asiento, y dijo después de pensarlo muy duro:
-Semos malos.
Y lloraron los ladrones de cosas y de vidas, como niños de un planeta extraño.

El cuento del cuento que contaron

Puesiesque Mulín, Cofia, Chepete y la Culachita se sentaron y dijeron: "Contemos cuentos debajo desta carreta". "Sí", dijeron "contemos". Y entonces Chepete dijo: "Yo sé uno bien arrechito". "Contalo, pué", le dijeron. Y él entonce lo contó y dijo: "Puesiesque un día, ya bien de noche, venía un tren y al yegar a una sombra de un palón, siasustó la máquina y se descarriló sin sentir a quioras, y se jue caminando por un montarral hasta que ya nuguantó, porquiba descalza, y se paró debajo de unos palencos de la montaña. Y los maquinistas dijeron: "¡Dejemos aquí esta papada vieja, que tanto que pesa!" Y la dejaron, y creció el monte con el tiempo. Y un día la hayaron ayí los micos y se encaramaron en ella y pensaron: "¿Qué será?" Y un mico jaló la pita de la campana y ¡talán, glán, glán! sonó. Y salieron virados por los palos y diay regresaron y la golvieron a sonar hasta que ya no les dio miedo. Entonce con unos martiyos se pusieron a sonar la campana y toda la máquina, hasta que le sacaron chispas y se golvió a prender la leña y empezó a calentarse: ¡fruca, fruca, fruca!... Y un mico jaló el pito y ¡pú-pú!, pitó y salió a toda virazón otragüelta, hasta que se les quitó el miedo y se pusieron a meterle leña y leña, pero como la máquina no tenía ya agua, cuando le jalaron la palanca, se tiró corcoviando por un camino y reventó ¡¡pom!! y todos los micos volaron por el aigre y se quedaron prendidos de las colas en las ramas más altas de los palos".

Entonce la Culachita le dijo: "Golvelo a decir". Y Chepete le dijo: "Güeno". Y golvió a comenzar y siacabuche.

miércoles, julio 08, 2009

Pedro, Juanito y Simón: Los héroes de la epopeya de la Salsa

epopeya.

(Del gr. ἐποποιΐα).

1. f. Poema narrativo extenso, de elevado estilo, acción grande y pública, personajes heroicos o de suma importancia, y en el cual interviene lo sobrenatural o maravilloso.

2. f. Conjunto de poemas que forman la tradición épica de un pueblo.

3. f. Conjunto de hechos gloriosos dignos de ser cantados de manera épica, o sea con las cualidades propias de la poesía heroica.

¿Qué tienen en común? Un sujeto a caballo entre el chuloputas y el sicario, de afilado cuchillo y largo gabán, que deambula por la noche, el barrio y las calles de Nueva York, rodeado de fulanas y perendecas, iluminando con álabes auríferos su caminar, un guaperas de calidad, de patronímico Navaja, de onomástico Pedro; el primo de un policía, rufián y atracador, asiduo al facón y al pistolón, amigo de lo ajeno y de la orgía, enemigo del laburo y de lo honrado, celebridad entre las fieras del barrio y de la jungla de cemento, conocido en el bajo mundo como Juanito Alimaña, malicia pura; y un individuo orgullo de papá Andrés, educado como en tropel, a chicotazos y con severidad, mas de costumbres no tan como los demás, una hembrota afecta a la “falda, lápiz labial y un carterón”, Simón su nombre, travesti el tipo, el gran varón.

Todos ellos son héroes de la epopeya de la salsa, aquella que emergió entre los sesentas y los setentas sembrada por la experiencia y el ritmo nuyorikan entre las calles y avenidas de Bronx, Queens y Manhattan, con sus padrinos y cantores Willie Colón, Héctor LaVoe y Rubén Blades (Navajas), quienes cual poetas homéricos del nuevo mundo cantaron e inventaron la salsa moderna, canciones largas, con la magia y la bruma de lo urbano, narrando en la historia de ángeles caídos la neotradición del latino emigrado, envuelto en un aura trágica y calida, y en un entorno de lluvia con nieve pero paradójicamente de espíritu tropical.

Ícaro, Sísifo y Prometeo suplantados a ritmo salsero por facinerosos, hampones y travelos como Pedro, Juanito y Simón, el Mediterráneo permutado por el cemento del Nueva York boricua, los versos de la épica helénica cambiados por las coplas de una extensa canción; en resumen Blades, Colón y LaVoe nos cantan la epopeya de un nuevo pueblo, entre rascacielos y gélidos inviernos, narrando magistralmente vidas marginales pero amplificadas, de epítomes y cuchilladas, de rimas tropicales muy bien bailadas.

“Por la esquina del viejo barrio lo vi pasar

con el tumbao que tienen los guapos al caminar;

las manos siempre en los bolsillos de su gabán

pa' que no sepan en cual de ellas lleva el puñal.”

Pedro Navaja, Rubén Blades


“En su mundo mujeres, fumada, y caña

atracando vive Juanito Alimaña”

Juanito Alimaña, Héctor LaVoe

“En la sala de un hospital a las 9 y 43 nació Simón

es el verano del 56 el orgullo de Don Andrés por ser varón

fue criado como los demás

con mano dura con severidad nunca opinó

cuando crezcas vas a estudiar la misma vaina que tu papá,

óyelo bien tendrás que ser un gran varón.”

El Gran Varón, Willie Colón


lunes, junio 29, 2009

Boletín de último momento: ¡El rey del pop vive!

Esta fue la imagen encontrada en una cámara digital abandonada en la plaza Eguino de la ciudad de La Paz, sector por el que el ídolo del pop habría circulado horas antes.

En la fotografía se puede ver claramente que, si bien Jackson no goza de una salud impecable, está lejos de estar finado como sugería el bombardeo de los mass media durante este último fin de semana.

Ciudadanos respetables afirman haber visto al divo merodeando por las calles de Puno y Juliaca (Perú) y no descartan que esté en proceso de grabación un nuevo disco (con dejes chicheros) que romperá todos los records de ventas mundiales.

¡Sabíamos que no podías dejarnos de esa manera Michael!

Fuente: P.A.T.

lunes, junio 22, 2009

Mano a mano: Twin Peaks Fire Walk With Me vs. INLAND EMPIRE

"Quedaba un árbol, su imagen y la noche.
Inmóvil fiera, pegada y voluntaria,
escarba con sus uñas, destruye con su aliento
."
José Lezama Lima



Dentro del mapa de la obra lynchiana, hay dos películas que se pueden hermanar de manera especial debido a ciertas isotopías de forma y contenido: Twin Peaks Fire Walk With Me e INLAND EMPIRE. Y quizás la mejor manera de describir su sino común es la frase siguiente: “Mujeres en problemas” (women in trouble). Sheryll Lee y Laura Dern vendrían a incorporar, con sus rostros polimórficos, una serie similar a la de “mujeres llorando” de Picasso, en esta galería de pesadillas cinematográficas.

Ambas películas han sido engendradas en contextos anómalos en relación a una producción estándar. Fire Walk With Me no nace de la nada, al contrario, ha sido concebida dentro de un contexto en el que la serie Twin Peaks venía de romper los cánones de la televisión y de acceder a las masas, constituyéndose en una auténtica serie de culto. El universo en el que la película debía de asentar su contenido ya estaba establecido: los personajes, las locaciones, la luz, el tono, etc. La película se inscribe entre las escasas y arriesgadas prequels. Lynch, en lugar de buscar satisfacer a todo el mundo apostando por lo seguro, se jugó por un film expresionista, lúgubre, intenso y largo como el viaje de los muertos, un universo casi ajeno al aura bucólica que la serie proponía como contrapeso a lo ominoso. No es de extrañarse que Fire Walk With Me haya sido un fracaso al salir, considerada casi como una afrenta tanto a los cinéfilos extraños al mundo de la televisión como a los fans incondicionales de la serie.


INLAND EMPIRE nació desmembrada o, más bien, no nació como una idea unitaria sino que devino en ello, como por una alquimia interior de las imágenes que iban apareciendo como fragmentos de un poema audiovisual: no se trató de un rodaje y una producción normal sino de un trabajo independiente y audaz como pocos, un patchwork cinematográfico donde las intuiciones del pintor parecen ser la clave metodológica de realización. El resultado es una película extraterrestre y un viaje inclemente hacia la interioridad laberíntica de una cuarentona de extraña belleza en estado de suma desesperación.


Laura Palmer y Susan Blue (y/o Niki Grace) encarnan como pocas a la heroína femenina (Andrómeda encadenada ante el monstruo marino) y señalan esa inclinación irresistible de Lynch hacia lo femenino, ese universo movido una paradójica energía entre las fuerzas de la vida (la mujer como madre, otorgadora de la vida) y de la muerte (la mujer como emisaria de las fuerzas oscuras y sanguinarias de la materia, del sometimiento al tiempo), energía que emana a borbotones y, la mayor de las veces, a pesar de ellas. La dualidad o, más bien, la duplicidad esencial de la vida encuentra una veta sin par en la exploración del universo femenino.


El concepto de “mujer en problemas” (en oposición a Henry Spencer y Fred Madisson, hombres en problemas, en Eraserhead y Lost Highway) sirve de pretexto para emprender un viaje estético. Se trata de un concepto casi isotópico con el de la noche como estación imaginaria: desde su simbolismo más maternal, hogareño e intimista hasta la noche oscura y sin estrellas, casa de gritos, dolor y sangre; pasando por el misterioso colorido y sensualidad de la “noche iluminada” en el mundo secreto de los sueños. Lynch es, quizás, después de Poe, el poeta del deseo devenido en horror por excelencia, esa dialéctica marcada por los símbolos de la caída, resultando en una melancolía indecible. La mujer, por su belleza, es peligrosa y – dentro de la más pura tradición del noir –, sobre todo, lo es para ella misma.


Laura es víctima, Susan es culpable. La primera es violada por su padre, mientras que la segunda cede ante la debilidad y cae en adulterio, provocando una situación emocionalmente intolerable. A partir de esos hechos, ambas emprenden una travesía hacia ellas mismas y deben enfrentar los más espantosos monstruos interiores (Bob y “The Phantom”) hasta llegar al instante de paz, a la epifanía de luz y al encuentro con el espejo celeste.


La sala roja en Twin Peaks y el hogar-palestra donde habitan los misteriosos conejos en INLAND EMPIRE, encarnan el nivel de interioridad más profundo, la región abisal del espíritu humano, espacio límite entre la idea y la imagen, epicentro de los arquetipos, fuente de luces y oscuridades del ser, donde entra en juego la savia simbólica del individuo y de la colectividad: miedos y esperanzas, deseos y culpas, cosas universales en la frontera de lo figurable. En una auténtica actualización del mito del Minotauro, Niki Grace accede al corazón del misterio después de enfrentar al monstruo al final de laberinto, monstruo que no es sino una versión espantosa de ella misma. Asimismo, Laura deambula por la sala roja como un fantasma, a veces diáfano, la mayor de las veces, abominable.


La mujer deviene en el símbolo de la multiplicidad identitaria por excelencia. El tránsito que se ve progresivamente en la obra de Lynch entre la simbología masculina-heroica (Dune, Blue Velvet y Twin Peaks serie) y la simbología femenina-intimista es el resultado intuitivo de una búsqueda sobre la realidad velada del ser que no es uno sino muchos, aunque deba jugar a ser idéntico a sí mismo para ser socialmente hábil. Tanto Laura Palmer como Niki/Susan encarnan tantos rostros que son capaces de asustar sólo por eso: puras, maternales, seductoras, desesperadas, demenciales, poseídas, infantiles, asustadas y envalentonadas… la gama es vertiginosamente amplia. Las dos películas, al abordar lo femenino desde lo femenino, han sido probablemente las más cuestionadas en su momento: los repetidos “Esta (otra) vez Lynch se pasó de vueltas” o “¿Para qué sirve ver una película en la que no se entiende nada?” son corrientes al escuchar la crítica de estas películas separadas por más de quince años. ¿No será que la narración lineal, escatológica y trascendentalista, está ligada a una simbología diurna y a una moral heroica? ¿No será que la búsqueda de narración clara y distinta, donde todo vuelve al lugar que le corresponde, responde a una hegemonía simbólica de lo masculino? El genio de Missoula, como un auténtico bateleur, no busca estabilidades sino energías, tensiones, intensidades, no busca placer en llegar a destino sino en ir. Todo esto viene implicado en una ontología de la mutabilidad, en una ética de la transfiguración y una estética basada en la atracción universal de los opuestos.


A la noche, como condición cósmico-antropológica y como realidad absoluta, se la (re)conoce mejor a través de la mujer y sus símbolos: ésta es capaz de iluminarla de una manera que es incomprensible para la lógica solar que viene apoderándose de la simbología occidental (y mundial) desde los últimos siglos. En ella se concentran las fuerzas eróticas y tanatológicas de una manera indistinta, una fuerza implica la otra. Los purgatorios respectivos de Laura y Niki exigen de la audiencia una posición más de lector (de un texto) que de pasivo espectador de cine. El lector, si quiere acceder a un escrito, tiene que poner de su parte. Cada acto de lectura es una co-imbricación de sentido entre el autor y el lector. El cine, al trabajar con imágenes, nos ha malacostumbrado a no tener que participar de lo que estamos viendo, limitándonos a ser simples receptores. Esto se debe a que la mayor parte de las veces, las imágenes comportan estereotipos (códigos culturales) que no tenemos que cuestionar para entender. Cuando una película deja de trabajar con estereotipos, entonces la imagen exige, se constituye en un desafío y el espectador debe poner de su parte (de su ser, de sus recuerdos, de su cuerpo) para acceder al sentido de esa imagen.



Así pues, tanto INLAND EMPIRE como Twin Peaks: Fire Walk With Me pretenden trazar las reglas de una gramática narrativa muy ajena a los esquemas occidentales de lectura del mundo y del cine. Estas travesías se pueden ver como auténticas Odiseas femeninas, a través de la noche oscura del ser interior. La lógica intimista de las muñecas rusas (a dream within a dream within a dream) barre la búsqueda escatológica de trascendencia (que, sin embargo, llega cuando toca pero no como consecuencia de una serie cronológica de actos sino como lugar, rincón de paz, escondido en medio de un laberinto). Enfrentar a Laura Palmer y a Niki Grace es enfrentar nuestros prejuicios más anclados; la dualidad, la doblez a la que tanto tememos es una condición con la que hay que vivir, la ambigüedad de los valores y la relatividad de la belleza lo son también. En el fondo hay un mensaje de liberación: hay otros mundos, hay otras claves de lectura del mundo, otras bellezas; vivimos dentro de un sueño (misteriosa máxima de un David Bowie perturbado en Fire Walk With Me) y ese sueño, a su vez, yace dentro de otro sueño. Cada uno oficiando de contenido y de continente en un recorrido cuyo principio y motor es, antes que cualquier otra cosa, el misterio; dulce, tierno, aterrador, fabuloso e inacabable misterio.




jueves, junio 11, 2009

Arrebato (1979)

A la Vale

“El caballo es imagen concentrada”
William Burroughs

Hay películas y películas. Arrebato, es un hecho, no corresponde a ninguna de ellas. Es oscura y enigmática, independiente y underground a más no poder, desoladora, dulce y lírica como pocas. Una obra codificada en el lenguaje de los sueños (o de las pesadillas). El grano del filme, la propuesta – así como las imperfecciones técnicas – en el sonido, la luz helada del invierno madrileño, la luz escasa en la noche de los adictos, la imagen dentro de la imagen, la (espeluznante) voz en off, la puesta en abismo hecha proyección: todo contribuye a un inestable viaje alucinatorio, como el de un heroinómano o el de un cinéfilo, renegado contra su sociedad.

Arrebato, como Videodrome de Cronenberg (no he podido evitar relacionarlas por la época, la audacia y la rareza de ambas propuestas), versa sobre la imagen… su sutileza, su fragilidad y su poder; versa sobre la necesidad de encontrarse en esa imagen, de ser arrebatado por ella. Pedro es auténtico: un vampiro y un creador. José, en cambio, se limita a vivir la época y es incapaz de encontrarse en ese mundo complejo que es el de la creación cinematográfica. En una misteriosa lección, Pedro le pasa su material a José y este viaje audiovisual se torna en una auténtica odisea a través del mundo de la imagen en movimiento, la representación fantasmática y la autopsia del tiempo que se puede lograr a través del cine. No hay palabras para describir narrativamente lo que ocurre; son sólo intensidades, contrastes, en el ritmo, en el cuadro, en el sonido.

La imagen, como la heroína, te atrapa y te lleva, cual fantasma, a intersticios temporales paralelos que coinciden rara vez con el tiempo cotidiano. El cuerpo desaparece pero la imagen de él no. Como Drácula, el ser cautivo de la imagen cinematográfica, podrá moverse cual sombra independiente de la materia que la produce, ese será su castigo y su objetivo final, para llegar al éxtasis o, sin afán de redundar, al arrebato.

Anclada en los ochentas profundos – el destape español total –, Arrebato no envejece nada mal y, como un Dorian Grey de la historia del cine, se actualiza de una manera poderosa gracias a la sinceridad de su imagen, a su búsqueda extraterrestre de belleza y a su autismo narrativo. En fin, guste o no, Arrebato ha de ser vista y no será extraño que el espectador se vea preso en medio de los granos de la Super 8 de Pedro que, hasta ahora, tanto enigma y fascinación provocan y provocarán (estoy seguro) en las audiencias ávidas de buen cine.

martes, junio 09, 2009

Breve noción sobre ausencia, calor y catarsis en Naomi Kawase

A raíz de un dossier aparecido en la revista argentina El Amante Cine –publicación que por cierto tiene muchas intuiciones interesantes pero a mi entender le sobra una petulancia que muchas veces resulta molestosa- me enteré de la existencia de Naomi Kawase, directora de cine japonesa de la cual se hacía una relevante loa de su obra. Por fortuna he podido toparme con algunos títulos en el fecundo y alborotado mercado pirata de La Paz y así frecuentar a tientas mis primeros pasos kawasianos. Los títulos que he podido hallar son “Shara” y “El bosque de luto” dos muestras de una cineasta sigilosa, donde huelgan los grandes aspavientos y sobran las sombras fantasmales que colocan a las ausencias como protagonistas faltantes pero omnipresentes del relato; ya que hay dos cosas que me asombraron de los filmes vistos, y son esas ausencias presentes de personajes que el pretérito se ha llevado consigo y la otra es la mirada, el calor y la presencia que exhuma la cámara, o sea el ojo de Kawase y como éste se mueve, ya que apostando por planos largos y planos secuencia, la realizadora acompaña el proceder de sus personajes, siendo asiduamente tan cercana a ellos, que se vuelve otro protagonista que abraza a los suyos (sus personajes) y hace parte indisoluble de sus aparentemente pequeñas empresas y grandes tribulaciones. Pocas veces he visto y sentido en la cadencia del movimiento de cámara, tanta cercanía y tanta presencia por parte de la mirada que nos otorga. He ahí un triunfo de la visión kawasiana, y por último loar, por mi parte, otra faceta que engrandece su cine, y es la noción de catarsis, a la cual los dos relatos observados conducen y permiten a los suyos lavar sus almas y reconciliarse con la perenne ausencia que los rodea.


Fantástica secuencia de catársis en "Shara" durante el festival del pueblo.

miércoles, junio 03, 2009

El brebaje


La bruja preparaba el brebaje con harta maldad y rabia contra la patria y la savia de la patria que son sus habitantes. Era un menjunje amarillento y viscoso que no parecía en nada dañino, hasta tenía un sabor aceptable a largo plazo y venía en elegantes botellitas de vidrio que le daban un aura mítica. De hecho, esta amarga mujer se había hecho millonaria vendiendo la susodicha sustancia como tónico y afrodisíaco: funciones que cumplía en la inmediatez de la ingestión. Lo que la gente ignoraba era que el líquido en cuestión contenía, a una escala microbiótica, el embrión de una bestia que se apoderaba de la persona que lo bebía (casi en un noventa por ciento de los casos) y se servía de ella como crisálida, en una etapa de incubación anterior a su espantoso alumbramiento. Keftópedo es el nombre que la gente de ciencia (criptozoología para algunos positivistas) le otorgó a la criatura que emanaba del cuerpo de las víctimas del brebaje. Pasaba un par de semanas desde el consumo y, de repente, en la noche afiebrada, los globos oculares del individuo saltaban como proyectiles orgánicos; luego, todo el cuerpo se desgarraba en dos como un cascarón de volumen humano y de él emanaba, triunfante, en medio de vísceras y humores, el asqueroso keftópedo. Lo curioso del diabólico tónico es que hacía al portador (relativamente) inmune a semejante impacto para sus tejidos y sus órganos vitales. Una noche de descanso bastaba para que las costillas reventadas, el tórax abierto como un acordeón desbarrancado y la severa hemorragia dieran paso a un cuerpo renovado; débil, eso sí, pero apto nuevamente para la vida.

El bicho era un tanto menor que un ser humano normal, su porte podía compararse al de un joven orangután. Era lampiño y de tez purpúrea, la piel en la espalda era verrugosa y necroseada, casi un caparazón de tejido dérmico muerto. A pesar de estos rasgos humanoides, no se confunda, el keftópedo tenía poco de humano. En su mirada, visqueada, vidriosa y moribunda, se denotaban rasgos ligeramente himenópteros, sus glándulas salivales trabajaban a un mil por ciento más que las de un hombre normal: por ende, se la pasaban babeando ese líquido verdoso, mal oliente y en extremo espeso. Tampoco se puede negar la particularidad de estos estafermos en materia de locomoción. Estas bestias quasi-bípedas, tenían un andar ornitomorfo (haciendo especial referencia a las grandes aves carroñeras andinas como el Vultur gryphus) combinado con ciertos dejes de crustáceo decadópodo: lo que complicó entonces y complica aún la ubicación taxonómica de su especie de una manera alarmante. Pero nada sería eso en comparación con sus habilidades cognitivas: si bien poseían aptitudes para el lenguaje, éstas eran muy limitadas e inconstantes. Algunos tienen la teoría de que su lenguaje, por momentos, no les permitía comunicarse ni entre ellos y que, durante períodos muy breves y sumamente discontinuos, afloraba un débil feed-back. Generalmente las conversaciones eran monopolizadas por un individuo que se olvidaba del significado primero que lo había llevado a tremenda disquisición. Usualmente estos amagues de oratoria terminaban en griteríos y peleas cuando de machos se trataba (rara vez un keftópedo atacaba a un hombre o a una mujer pero, cuando lo hacía, era brutal e imprevisible) y en copulación indecente y desinhibida, en suma promiscuidad, cuando machos y hembras se veían envueltos. El vocabulario de su lengua era en extremo limitado y, generalmente, para poder ser comprendidos tenían que recurrir a gestos grotescos y movimientos descoordinados. No era extraño verlos estallar en carcajadas irritantes y carentes de fundamento humorístico. No es certeza de nadie que estos engendros tuvieran cultura, sin embargo, era remarcable notar que, los machos, a pesar de su desnudez, portaban corbata (generalmente babeada y vomitada): la intensidad de sus colores y su tamaño eran elementos para atraer al sexo opuesto. Los machos, ya que estamos en el tema, tenían una desmesurada prolongación peniana de textura casi ósea y porosa en la parte baja y en el escroto (por lo que también le servía de arma contundente). Las hembras, con afán hedonista - dado que la reproducción de esta especie se daba exclusivamente a través de la ingestión del mentado brebaje -, tenían los labios vaginales y la vulva al final de una trompa que se prolongaba (en función de la excitación del individuo) hasta un metro de largo, con este tentáculo envolvía a su pareja y le sugería, de manera violenta, el coito. Algo que no se podía negar era la atracción de la especie keftópeda hacia la danza y su sensibilidad para la música. No era raro encontrarse en la calle con una de estas bestias llorando al son de alguna canción melancólica y/o de amor. Asimismo, no faltaban los que brincaban como monos en transe ante la presencia de una banda y sus ritmos endiablados. Es de remarcar el hecho de que estas criaturas no vivían más de tres o cuatro días y sus cadáveres se descomponían completamente en un tiempo semejante, lo que impedía que uno pudiera encariñarse un mínimo con algún miembro de la especie. Su comportamiento errático, caprichoso, grosero y casi sonámbulo, también contribuía a ello. Ni qué decir de su agudísimo hedor.

El objetivo de la bruja con esta propagación de keftópedos dentro de las fronteras de nuestra nación era simple: el control absoluto sobre el humor y la motivación de los habitantes de esta noble sociedad. Tan dolorosa era la gestación y la parición de estos monstruos que la persona quedaba totalmente abatida y se hacía presa de un dolor y una melancolía indecibles, además de una incapacidad absoluta para la concentración y el trabajo, se hacía víctima también de una semi-muerte de la líbido. Esta situación era insostenible para el cotidiano vivir, así que los individuos recurrían al brebaje de la bruja para recuperar el vigor, las ganas de trabajar, las ganas de socializar y de tener relaciones sexuales, cómo no. No es necesario hacer hincapié sobre el círculo vicioso que generó esa mujer maligna en nuestra difunta población con esa maniobra.

De repente, y en un muy poco tiempo, proliferaron a cualquier hora y en cualquier lugar, los keftópedos: metiendo bulla, fornicando, zarandeándose, dando rienda suelta al trolerío, peleando, bailando como monos piojosos o gritoneándose en ese estilo tan propio de gramática que poseían. Las madres cubrían los ojos de sus hijos al ver a los monstruosos, pero lo hacían a sabiendas de que, pronto, ellas engendrarían otros similares, a sabiendas de que también portaban en su seno la potencialidad del mal y que serían ellas mismas o sus esposos los que traerían más keftópedos al hogar. Quizás la asociación entre el misterioso tónico y la propagación de humanoides se omitió de manera voluntaria en la población. El jarabe de la bruja era la causa y la solución de los males que generaban estos bichos raros: en ella se encontraba el embrión de un keftópedo, pero éste era tan sólo una potencialidad si no conseguía un cuerpo que lo hospede en el cual pueda desarrollarse hasta el alumbramiento. Es decir, era necesaria la contribución de los hombres para que los keftópedos proliferen.

La situación devino a la vez que insostenible, absolutamente normal (por paradójico que suene). La sociedad se negaba a sí misma los lazos entre el brebaje – cuya receta siempre permaneció secreta e inaccesible – y la invasión keftópeda. Hombres y mujeres de toda edad y clase social se nutrían en exceso de la demoníaca amalgama (la bruja se encargó de hacerla accesible en precio y distribución) y se cegaban ante la posibilidad de asociarla con el nacimiento de las bestias. Todos las llevaban dentro, éstas esperaban salir con paciencia y cuando lo hacían, no dudaban en hacer su agosto. Los keftópedos se apoderaron de todos los espacios y campos de la sociedad: la política, los medios, la ciencia, el futbol, el área de servicios, la docencia y el arte.

Hoy por hoy algunos se empecinan en reducir la existencia de los keftópedos y la debacle socio-demográfica de mi nación a un mito. Sin embargo los rastros ahí quedan y se constituyen en evidencias… en medio de esa inmensa aridez abandonada. Tierra de nadie. Quién diría que este paisaje seco y penumbroso hubiera albergado a una nación fuerte, hermosa en paisaje, sociedad y espíritu ¿Quién diría que allí mismo bullía la vida como una fábrica de transfiguración de la luz? Creo que soy el último y pronto moriré pero espero que estas palabras sirvan de advertencia a otras naciones, potenciales víctimas de esta siniestra señora que sólo quiere engrandecer su imperio – el imperio de la decadencia y la putrefacción –, a costa de la exterminación de las poblaciones con este método que tiene tanto de inteligencia como de maldad cuando de envilecer la especie se trata.

Cuadros

1. Pintura, Francis Bacon

2. Cha cha cha chaaaaan, Juan Carlos Eberhardt

3. El triunfo de la muerte, Pieter Brueghel (el viejo)

4. La pesadilla, Henry Fusseli

5. El infierno, Hans Memling

6. Sensualidad, Franz Von Stuck