martes, septiembre 02, 2008

J.G. Ballard: La matemática de la subversión, la poética de la enfermedad


“Identificándose con la isla, contemplaba los coches en el cementerio de chatarra,
el cerco de malla de alambre, el bloque de cemento detrás de él.”
James Ballard, La Isla de Cemento

“El yo sucumbe, pues, al vencer, y vence al sucumbir”
Georg Simmel, Intuición de la vida

El espejo:
Rompiendo las fronteras establecidas por el racionalismo, James G. Ballard patea el tablero de la hegemónica cosmovisión nacida de la epistemología cartesiano-positivista, al plantear una posición en la que el mundo exterior es un espejo del mundo interior y viceversa, ambos se entremezclan en una totalidad fenomenológica hermética e inextricable. No se puede conocer al uno sin conocer al otro. A la par de su maestro E. A. Poe, este insaciable creador propone mundos cerrados, universos monótonos llenos de reproducciones a escala de sí mismos. El o los personajes se alienan en su entorno; a medida que lo comprenden (fieles al sentido primitivo de este concepto) se dejan comprender por él.

Bacon, De Chirico:
Al igual que estos dos pintores quienes, a su manera, adoptaron las normas clasicistas y se sirvieron de éstas para pintar paisajes interiores atravesados por la lógica caótica del sueño, Ballard recurre a una narrativa clásica, lineal, ontológicamente plana y formalmente convencional; sin embargo los relatos resultan monstruosos, herméticos, inexplicables. ¿Cómo logra esto? Justamente gracias a que, como Kafka en su tiempo, Ballard niega, de manera elegante, cualquier separación entre la objetividad y la subjetividad. El personaje, como el lector, está cautivo en una telaraña significativa donde una palabra tiene el mismo peso, valor y propiedades que una cicatriz, un pedazo de metal oxidado o una playa desierta. El relato es un paseo por un paisaje interior; la elección de imágenes, densas en significado, conlleva a una exploración dantesco-freudiana de nuestras interioridades frías e inexploradas como una terra incognita. En pocas palabras: inevitablemente, al leer a Ballard, estaremos con y dentro del personaje en todo momento, el genio del autor radica en hacernos caer en una trampa de objetividad.

Totemismo post-industrial:
Esta concepción del mundo exterior como espejo no es nueva y está lejos de serlo: los pueblos totemistas conciben el mundo animal y vegetal como un reflejo perfecto del mundo espiritual, psíquico y social (la mentalidad holística no permite separar estos elementos orgánicamente ligados en la vida). Estos pueblos, como confirman los antropólogos estructuralistas, perciben una expresión de la jerarquía sociopolítica y metafísica en la jerarquía que existe entre las especies del entorno que les toca vivir. Cada humano tiene un lazo místico con un ente específico del mundo natural y es este lazo el que le otorga una posición e identidad en la sociedad, al repetirse la estructura del primero en esta última. Esa relación metafórica con el entorno ha sido extirpada del modo de vida del hombre moderno. Sin embargo, Ballard, cual científico loco, reinyecta la cosmovisión totemista, sólo que con los artefactos de nuestro entorno tecnológico. Objetos que, según nos han hecho creer, poco en común tienen con nosotros, justamente por el hecho de ser nada más que eso: objetos.

El automóvil, por ejemplo, se ha constituido, innegablemente, en una prótesis de nuestro propio cuerpo: dependemos de él para ejercer nuestra vida normalmente. Asimismo hoy las computadoras, Ipods, teléfonos celulares, máquinas de lavar, refrigeradores, vibradores y televisores han poblado nuestra vida y se han hecho partes orgánicas de nuestro ser-en-sociedad, tentáculos de nuestras mentes, piernas, penes, oídos, ojos, etc. Y eso desde un punto de vista diurno, objetivo. ¿Qué relación tenemos con esos objetos desde una perspectiva nocturna, onírica, inconsciente? Recuerdo que un gran amigo me contó una pesadilla infantil que le marcó la memoria; ésta consistía en que no podía cruzar una calle porque automóviles, en ambos sentidos, pasaban sin cesar, a alta velocidad y sin dejar un intersticio de tiempo y espacio como para que él, niño aun, pudiese atravesarla con seguridad. Ese silencio de los objetos durante el día, en la noche, a través del sueño, deja de ser silencio. Los objetos se animan y dicen, comunican porque son humanos, así como nosotros también, para vivir, nos hemos cosificado irreversiblemente (no es casualidad que la gente apele a metáforas de mutilación o discapacidad cuando se ve privada de coche o de conexión a Internet). La ilusión cartesiana cede a una benigna pesadilla en la que, desde una mirada similar a la de la infancia, la cosa, mágicamente, adquiere cualidades de sujeto. El ser humano moderno es un monstruo híbrido e inabarcable, así como su interioridad que está dibujada en esas inmensas ciudades que ha construido como laberintos de concreto, señales, redes de asfalto, humaredas negras y luces de sodio para esclarecer, desde el otro lado del espejo, el misterio del deseo y del miedo que nos consume.

En búsqueda del Yo Superado*:
Ballard, al contrario de lo que proponen las lecturas superficiales, no es un escritor negativo, sino más bien (pro)positivo. Los personajes que pueblan estos universos de maravilloso colorido son, por lo general, pioneros, aventureros tanto en el cosmos de las cosas como en el cosmos de los significados. Los personajes ballardianos son parcialmente autodestructivos o de tendencias suicidas, sin embargo, en ningún caso esto se debe a la existencia de un mundo que los haya aplastado o vencido: la autodestrucción en Ballard es una fase embrionaria en una serie de acciones que llevan a una trascendencia. Ésta última obedece a la voluntad artaudiana de la consolidación de un Nuevo Cuerpo como raíz de un Nuevo Ser. La identidad (nacional, socio-profesional, sexual, familiar, religiosa, etc.) que el humano moderno carga como una “caja de acero” es una tara para encontrar la verdadera identidad: expansiva, ilimitada, creadora y destructora, aunada irreversiblemente con su entorno y las ánimas que lo pueblan. Si el precio para ese estadio del Ser es la muerte de la identidad social y del cuerpo anatómico (en oposición al famoso “cuerpo atómico”), los personajes de Ballard están dispuestos a pagarlo y no parecen estar asustados al respecto.

La ética ballardiana:

Más allá del bien y del mal, más allá de la vida y de la muerte: esa parece ser la consigna de Vaughan o el doctor Mallory (emblemáticos héroes ballardianos en Crash y El Día de la Creación, respectivamente). ¿Qué hay más allá de todas estas cosas? El verdadero Yo, el Yo Superado. El lúcido sociólogo francés Émile Durkheim estableció una relación sistemática entre lo social y lo moral, al punto de postular que todo acto moral es un acto social y viceversa. Social es aquello que, ajeno a la esencia del individuo mismo, se instala en él y regula su actuar de manera exógena, como un virus (aunque el individuo lo ignora, habiendo interiorizado el sistema de normas). La moral es una estructura de obligaciones exterior al sujeto y cuyos beneficios tampoco recaen sobre él sino más bien sobre la “colectividad” considerada como un todo orgánico. Los personajes y las novelas de Ballard son amorales. No se los puede tildar de inmorales porque el inmoral, para transgredirlo, tiene que acatar un sistema de normas. A ellos no les importa el bien y el mal impuestos por un concepto frío y abstracto de colectividad y de ahí que, por lo general, hablamos de sociópatas de calibre olímpico, marginales peligrosos para la sociedad porque su voluntad y sus acciones no tienen sentido desde una perspectiva moral, dado que no hay lugar en ellos para culpas o gratificaciones exógenas. Lo maravilloso y complejo de estos personajes es que, a pesar de carecer completamente de moral, no carecen de ética: una ética muy singular pero ética al fin. Dado que lo moral no abarca lo ético si entendemos esto último como la disciplina filosófica que concierne a los patrones de acción a un nivel más general que aquel implicado por estructuras sociológicas. Lejos de ser nihilistas, los personajes salidos de esta demente mente se sienten investidos de una misión trascendente para la humanidad, una misión que consiste en remodelar a la especie, devolverla a su mística unión con su contexto material. Lo patológico, lo amoral de este actuar radica en el hecho de que para lograr esta unión, el precio más seguro es la vida misma: la nueva humanidad se conquista a través de una erotización de la muerte, una domesticación de la materia inerte en virtud de una nueva materia, encantada, reinventada. Tal el designio nietzschesco-milleriano de estos héroes, designio contrario a las exigencias morales y solares de la modernidad. Trascender la muerte: sí, pero con (y a través de) la viscosa y fluida materialidad del ser. Lo que sería equivalente a decir: trascender la muerte a través de la muerte misma. Se trata de héroes inspirados que renuevan los ideales de un Jean Jacques Rousseau al erigir la posibilidad de un humano independiente de la sociedad, superior a ella. Después de enfrentarse con Ballard, es imposible no sentir ese mal-estar-en-sociedad tan aterrador para el pensador francés. Queda claro: Más allá de los ideales de la vida en colectividad, basados en el miedo a la muerte y la coerción, hay un ser humano puro, prístino, libre e inevitablemente atraído por el peligro.

La poética de la enfermedad:
El racionalismo y el triunfo político de la ciencia positiva durante la modernidad, si bien han traído beneficios a la sociedad, también han engendrado complejos irresolubles y perspectivas mutiladas en los miembros de la misma. La idea de un funcionamiento normal del cuerpo como sistema ha servido de modelo para extrapolar esta visión organicista a otros estratos como la familia, la psiquis, las instituciones o la sociedad entera. La noción de normalidad acarrea inevitablemente su contrario que sugiere marginalidad, disfuncionalidad y/o, por último, inmoralidad. Lo patológico rara vez ha servido de base para generar una cosmovisión legítima, justamente porque es en base a la discriminación de este aspecto que se yergue y legitima el buen accionar o el buen funcionar de un organismo. Ballard, a través de este matrimonio con la muerte y sus epifanías metafóricas y/o metonímicas (la enfermedad, la putrefacción, la soledad, la desviación), no busca tan sólo aniquilar sino también crear, abrir nuevos horizontes a la mirada achatada y temerosa de la modernidad. Lo patológico deviene lógico dado que es una forma de domesticar, en vida, aquella muerte que nos llegará a todos implacablemente. Bobby Crawford, en Noches de Cocaína, roba, incendia, filma pornografía y reparte drogas pero no como un fin en sí. Su teoría radica en que una sociedad se hace consciente de sí misma y de su potencial creativo sólo cuando se siente amenazada. Triste desenlace a la enfermiza búsqueda de tranquilidad, retiro y seguridad del primer mundo: lo que nos hace vivir es el conflicto, la amenaza.

La matemática de la subversión:
Las novelas de Ballard son sistemas articulados orgánicamente, tejidos corporales de un animal aterrador e inevitablemente atractivo, tejidos que destruyen enérgicamente los valores que sustentan la modernidad oficial, pedante y primermundista; esos valores que mutilan al ser humano de sí mismo y de su auténtico cuerpo, permitiendo un contragolpe descontrolado de los objetos (de deseo) en lo profundo de las pesadillas. Sin embargo Ballard consigue eso simplemente a través de otra visión de la modernidad, más próxima a la visión primitiva de los pueblos totemistas y animistas. El postular la enfermedad como relativa y cuestionar la normalidad desde una asimilación poética de lo patológico es romper barreras que los racionalistas creían sumamente herméticas e indestructibles. La tenaz inteligencia de este autor provoca terror como toda inteligencia, pues lo que ilumina es aquello que voluntariamente hemos oscurecido para creer que vivimos en un mundo donde lo conflictivo, enfermizo, mortal, psicótico o sociópata son elementos disfuncionales en lugar de darnos cuenta de que son esos los elementos que constituyen el motor del ser-en-el-mundo y el sino que nos marca como especie.

El abismo de la libertad:

Henry Miller, en Trópico de Capricornio, hace referencia, con una intensidad literaria inigualable, a la búsqueda de esa Libertad Absoluta, inalienable, ajena a todas las libertades relativas a las que el hombre común está acostumbrado. Esa libertad no es cuantificable ni placentera (jamás confundirla con los campos de concentración de jubilados primermundistas en las ciudades balneario de España o Florida), su precio es un dolor semejante al de una madre en un parto complicado; es convivir con el peligro, ver más allá de la vida y de la muerte, aceptar la soledad fundamental con la misma resignación con la que se acepta el día final, encontrando el auténtico amor por la vida que no es sino despojo, puro y duro. Así como Robert Maitland en La Isla de Cemento, el ser libre de Ballard es como un animal de presa lanzado a lo salvaje o como un niño que se niega a cerrar la compuerta de su imaginación, la que se inyecta a los objetos y les da vida. Libre, en el sentido ballardiano, es aquel que comprende que los límites del universo son los límites del lenguaje; libre es aquel que fusiona la materia con el espíritu para recrear ad infinitum la unión prístina y onírica con su entorno… conjunto de objetos que están lejos de ser sólo eso. Libre es, desde la pluma de este genio, aquel que no teme a morir para encontrar, de manera orgásmica, el talismán que va más allá del miedo y el deseo, impulsado por la quimera de una Nueva Humanidad. Por eso y mucho más, las novelas, los paisajes y los personajes de este pintor del alma son abismales en esencia, pues en su manifestación se revela también, implacablemente, enceguecedoramente, el abismo de la libertad.


* En inicio había hecho referencia a un Super-Yo, pero para evitar connotaciones freudianas opté por llamarle Yo Superado dado que en el caso de Ballard estamos más próximos a un Super Hombre de Nietschze o a la voluntad gnóstica de trascendencia del ego terrestre que a la instancia de idealidad moral a la que se refiere la teoría psicoanalítica.

PARA LOS MÁS BALLARDICTOS, AQUÍ LES PROPONGO UNA VERSIÓN DE CRASH ANTERIOR A CRONENBERG DONDE EL ACTOR ES EL MISMO BALLARD (UNA JOYA SETENTERA):

http://pescotis.blogspot.com/

9 comentarios:

Anónimo dijo...

"La matemática de la subversión, la poética de la enfermedad", es una descripción tan estructurada como onírica del mundo de Ballard que nos compromete a releerlo. Gracias.

Alvaro G. Loayza dijo...

Se me ocurre, por el texto ya que no estoy muy familiarizado con Ballard, que un héroe Ballardiano prototípico y paradigmático sería Jesucristo, claro, si extirpamos de su cruzada al padre y a la resurrección, así la pasión, la cruz y los estigmas serían patología, dolor y descomposición con meros anhelos de trascendencia humana cimentados en una ética rebelde devenida en moral patológicamente establecida. Jesucristo más que el redentor de la humanidad sería mera y humanamente un "chalado" ballardiano.
Un abrazo!!!

(Diego Loayza) Oneiros dijo...

Anónimo: Gracias por la visita y la noticia de que el artículo pueda inspirar relecturas.

Loayza: Hablando de relecturas, que buena re(quete)lectura del Flaco, con razón siempre me ha fascinado el palestino y sus gestas, que pena que Marcos, Mateo, Lucas y Juan no tuvieran el talento literario de James Graham para narrarlas. En el mundo de la hermeneutica el cielo es el límite, a Dios gracias.

Sebastián Cárdenas dijo...

De un Ballardiano a otro, gracias por el texto. Tanto tiempo en este blog y no le habíamos dado bola al gran Ballard, la pucha! La única objeción general que tengo hacia tu lectura es que yo no creo que Ballard sea anti-cartesiano. Por el contrario, creo que Ballard sería impensable sin Descartes. Los problemas de Ballard son cartesianos: ¿Cómo restaurar la escición cuerpo-alma sin recurrir a un discurso metafísico? ¿Con una tecnología animista, con una animación de lo inanimado? ¿Cuáles son los límites entre lo vivo y lo no vivo? ¿Cómo puedo estar seguro de que los objetos no son proyecciones fantasmales del sujeto? ¿Cómo puedo distinguir el sueño de la vigilia? Para resumir, lo que creo es que es más enriquecedor leer a Ballard CON Descartes y no CONTRA Descartes. Descartes no era tan Cartesiano como nos lo han contado en los manuales. Como demostraron Husserl y Heidegger, las puertas falsas de su filosofía -y no sus certezas "claras y distintas"- eran en realidad puntos de fuga que conducían a eso que se suele llamar peyorativamente "pensamiento mágico", mejor dicho, conducían a Ballard.

(Diego Loayza) Oneiros dijo...
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(Diego Loayza) Oneiros dijo...

Juanito: Exactamente... creo que no puedo sino darte la razón: en las cicatrices de la teoría cartesiana, en sus pesadillas y estados afiebrados es donde se instala el bicho ballardiano. Justamente, como un Bacon respecto a los clásicos, más que negarla o atacarla, Ballard deforma la visión cartesiana aunque, como ella, duda de la realidad de las cosas. Sin embargo, en lugar de satisfacerse con la claridad y distinción del mundo de los pensamientos, los héroes de Ballard se chocan literalmente y se dejan penetrar por esa res extensa que, por su profunda oscuridad, el pensador francés parece haber confundido con lo que en un futuro no muy lejano se llamaría inconsciente.

El mago Sullivan dijo...

Una consultita, perdonen la ignorancia. ¿La pelicula Crash que se menciona en el comentario, es la de los autos o la buena?

(Diego Loayza) Oneiros dijo...

Mago Sullivan: A la que nos referimos es a aquella que fue premiada en Cannes en 1996 (adaptación de la novela del 73 de BALLARD) y no por los "expertos" (en sesgar lo políticamente correcto en lugar del buen CINE) de la Academia hollywoodense. La Crash que ganó el Oscar, esa que tu llamas LA BUENA, ni me interesa y dudo que lo haga algún día. Prefiero quedarme con la "mala" que es una obra magna cuando dejas de lado tus prejuicios morales y te pones a VER CINE.
Gracias por pasar.

Puta y Kilombera dijo...

hoy se acaba de morir