viernes, enero 19, 2007

"Mantra", una recitación de El Pancracio


Desde la aparición del Google Earth, herramienta satelital que nos deja la observación desde las alturas de las ciudades más importantes del orbe, permitiéndonos localizar calles, boliches, garitos, terrazas (y con alguna suerte, una vecina bronceándose) y sitios estratégicos de nuestro discurrir por una y otra ciudad, nos parece haber avanzado un paso más al control que tenemos sobre el espacio en el que vivimos.

Lamentablemente, o con mucha más razón, felizmente las ciudades no son meras fotografías aéreas ni se reconocen como tales sólo por tan coqueto artificio, sino que Google Earth es incapaz de penetrar en el tiempo de esas ciudades y por ende las andanzas que llevan a cabo los habitantes de las mismas, o sea es ajeno a los impenetrables personajes y tradiciones que hacen de una ciudad una ciudad.

El escritor argentino Rodrigo Fresán, amante incondicional de la cultura pop(ular) ya sea del Londres de los Beatles y de Antonioni (en su novela “Kensignton Gardens”), o del México D.F. de los enmascarados y de los mariachis, nos presenta en su novela “Mantra” una suerte de experiencia Google Earth del D.F. pero no inerte, sino dotada de un remolino de vida, tradiciones, olores, sabores, anécdotas, asesinatos, personajes locales, personajes extranjeros y un enorme e inconmensurable etcétera.

“Mantra” es una novela de muchas cosas, entre ellas de tumores cerebrales bautizados y personalizados o de terremotos apocalípticos, pero no me interesa hablar de eso, sino de un descubrimiento no menos que fascinante que me otorgó la novela: El Pancracio.

¿Qué es El Pancracio? Es sin duda una de las tradiciones más conocidas y arraigadas del pueblo mexicano, la lucha libre, la cual hasta la lectura de “Mantra” nunca supe que también ostentaba un apelativo tan peculiar como carismático: El Pancracio.

El incipiente interés que yo guardaba por la lucha libre mexicana se magnificó exponencialmente al conocer nombre tan célebre y galán el cual me provocó desternillarme de risa e interesarme con profusa fruición sobre esta acepción y el quehacer en torno a ella. La suerte acaecida es que Fresán no se conforma en aludir a ese sustantivo sino que lo desarrolla de manera extraordinaria durante el libro, ya que “Mantra” es como un diccionario de cultura popular mexicana donde se entremezclan asuntos y tradiciones tan variopintas como el pancracio y sus emblemáticos luchadores enmascarados; las telenovelas mexicanas que son en palabras del autor “serpientes emplumadas que se convierten en culebrones plumíferos” y que se nutren de la vida real para exagerarla deviniendo en vida real de la que otra vez se nutrirá la serpiente; los mariachis, tan machos y viriles ellos que entonan canciones “de victorias derrotadas o de derrotas victoriosas” y que para evitar la fuga rockanrrolesca de uno de sus vástagos el magnate televisivo Max Mantra manda a componer para su hijo Carlos Carlos “una ranchera perfecta, irresistible, en perfecta sintonía con el inconsciente colectivo de la nación” de lo que nace la memorable “Te ordeno que me perdones” que reza “Te ordeno que me perdones/ Por lo que te hice y lo que te haré/ Más vale que me perdones, si no tomaré sanciones/ Y mis pistolas vaciaré” que huelga decir que fue un éxito instantáneo; también se encuentran en “Mantra” una pléyade de respetadísimos (y no tanto) personajes culturales, políticos o mediáticos de todo el mundo como ser Boris Karloff, Speedy González, Andre Breton, Sam Peckinpah, Bob Dylan, León Trotsky, Rod Serling, William Burroughs y el mismísimo maestro Buñuel entre tantos otros que deambulan por México incautos ellos padeciendo maldiciones ancestrales como ser la infame Venganza de Moctezuma que “es la revancha de un emperador que fue un anfitrión demasiado bueno y que pagó por ello y desde entonces la hospitalidad mexicana sigue siendo vigorosa y desinteresada porque los dueños de casa saben que Moctezuma y su Venganza se encargarán de ajustar cuentas con los indeseables”; y así tantas pero tantas cosas que no se pueden resumir, por lo que vamos a optar sólo tratar ese fascinante arte “marcial” de piruetas y cabriolas corporales conocido como El Pancracio.

El hilo conductor o guía que nos va desvelando las maravillosas aristas de El Pancracio como tradición popular, es el titánico personaje bautizado en el registro civil por sus píos padres como Jesús Nazareno y de Todos los Santos Mártires en la Tierra Fernández, quien luego devendrá en el luchador enmascarado Black Hole, y es él quien, en su convalecencia en la clínica tras un trágico accidente, iniciará al protagonista de la segunda parte de la novela Estrellito, el niño espacial, como a los lectores, en el esoterismo y rituales del Pancracio.

Black Hole, personaje de gran sensibilidad hacía la vida y gran parte de sus facetas, pertenece dentro de la categoría y estilo de los luchadores a los técnicos que son “los buenos, los artistas, los que pelean limpio” y que luego por no menos que amargas vicisitudes tuvo que mudar a los rudos que son “los malos, los deshonestos, los que pelean sucio y llevan el pelo largo”. Nunca ajeno, él, a las grandes cavilaciones y a los temas intrínsecamente humanos se alineó a la filosofía existencialista, heredada de su mentor El Francés (Scaramouche El Magnífico era su nombre de guerra) quien a su muerte le pidió como última voluntad que filmara “una película de luchadores enmascarados, pero del tipo existencialista con estética nouvelle vague”.

Así que de la mano de Black Hole vamos recorriendo un vademécum del Pancracio en el cual aprendemos los nombres de las llaves y contrallaves más reputadas como ser La Tapatía, La Desinfectante, La Hurracarrana o La Existencialista, así como también los nombres de vastos luchadores como ser El Cónsul Britanico (obviamente perteneciente a los rudos), Fiebre Aftosa, Lujo Asiatico, El Brazo, El Otro Brazo, Prótesis, Mucho Macho, Mucho Más Macho, El Más Macho de los Tres y sin olvidar a los míticos Santo, Huracán Ramírez, Blue Demon o Mil Máscaras. Cuenta a su vez Black Hole el ritual bautismal del pancracio allí en la sima piramidal de Teotihucán donde se recita con ínclita solemnidad el código de honor de los luchadores del Pancracio como dice Black Hole “aquí . . . donde es más fácil hablar con Dios que pelear con nuestros semejantes” y donde reza “dignificaré la Lucha Libre y la adoraré como un Arte, como una Ciencia, como una Madre, como una Diosa” tanto creía Jesús Nazareno en esto que se portaba inclemente y porfiado al aseverar que es falso calificar al Pancracio como tongo, circo, maroma, pantomima o teatro, él como pocos defendió, con la enjundia que lo caracterizaba, su arte a ultranza.

Ya retirado Black Hole contaba sus gestas en una cafetería llamada “El Cuadrilatero” donde se apagaban los ígneos incendios gastrointestinales a partir de “Chaparritas”, una bebida de un radioactivo color anaranjado, que acudía cual bombero a apagar el fuego “recién cuando ya no queda árbol en pie que apagar”, ya que como todo buen mexicano y luchador, el picante y las tortas el Gladiador (especialidad de la casa) eran sus otras locas pasiones.

Lamentablemente Black Hole nunca pudo hacer honrar la voluntad última de El Francés, ya que en su incursión a tierras francas para la filmación de la película a ser titulada “La vida existencialista de un luchador enmascarado mexicano”, acaeció una insospechada calamidad que privó a nuestro héroe de su mano izquierda al ser pisoteada por un colosal proboscidio en la filmación de una peculiar escena de la cual carecemos de contexto lógico y cinematográfico. Según Black Hole la película no iba a ser “la típica payasada de cine-pancracio y sólo podrá filmarse en Francia, centro existencialista del universo”. Black Hole denostaba la frivolidad con que tomaban su arte cinematográfico otros luchadores como el Santo y Blue Demon que combatían contra “monstruos que daban más lástima que miedo” como ser las Mómias de Guanajuato o las Mujeres Vampiro, clásicos del cine-pancracio.

Black Hole al padecer el oprobio de convertirse en un rudo llamado Mano Muerta (tras su accidente fílmico) y no poder ejercer su vocación existencialista representando tal papel dejó la Lucha Libre para vivir en el recuerdo de sus fanáticos más acérrimos como aquel que defendió El Pancracio como se debe, enarbolando la bandera de los buenos, de los enmascarados ya que se dice que “el clásico máscara contra cabellera no es otra cosa que la puesta en escena, una vez más, del Bien contra el Mal”, en esta maniquea disyuntiva, nuestro héroe, fiel a sus valores y su existencial filosofía, no rengueó en denuedo para hacer de su arte, parafraseándolo, algo que se aprecie, algo para encariñarse y darle por eso su valor necesario. Murió Black Hole víctima de asesinato a manos de un enajenado y como se recordó en su necrológica “no sólo fue un verdadero gladiador contemporáneo sino, además, un auténtico patriota” y acotaría, para mi, un guía y un gurú de todo eso que significa y entraña ese arte popular llamado El Pancracio.

Así es como Rodrigo Fresán nos da tiempo, vida y mitología a nuestro Google Earth mexicano donde sin haber pisado tan frenética, caótica y maravillosa urbe, ahora podemos buscar con un peculiar conocimiento de causa y ubicación cafeterías como “El Cuadrilatero” o antros del Pancracio como la “Arena Asesina” de Tepito, “el centro del universo del souvenir horripilante”. Pero creo que dos cosas se nos quedan en incógnita, tanto para Fresán como para nosotros, y es la verdadera etimología del broncíneo apelativo Pancracio (si se debe a una culta elocución griega, a un santo patrón de la Lucha Libre, a una calle donde se practicaba o a algún dadivoso patrocinador del deporte en sus inicios) y que fue de, si es que existió, la única telenovela que hubo sobre el Pancracio, “La fuerza de la pasión”. Yacen las incógnitas, por suerte ahora nos quedan las pesquisas.

2 comentarios:

Andrés / Derzu dijo...

interesante hallazgo. Esta película sobre la vida existencialista del enmascarado sería toda una delicia si existiera. No conocía el termino Pancracio, me hubiera gustado saberlo antes.

Saludos

Andrés

Alvaro G. Loayza dijo...

La vida existencialista del luchador mexicanos hubiera sido una joya reverenciada hasta por el mismo Godard y ya no te digo "La fuerza de la pasión", caspa a raudales, sería un visionado imprescindible.
Saludos!!