martes, junio 26, 2007

Crítica poppy (valga el oxímoron)


Los desvaríos de Rodrigo Fresán empiezan a preocuparme. Hace unos días nos sorprendió con su carta de amor incondicional a Murakami en Página 12. Ahora miren esta crítica de la trilogía de Robertson Davies publicada en Letras Libres. Chorrera de referencias, una supuesta ubicación del libro dentro de una simpática división de las Grandes Novelas, para a continuación dedicarse a lo de siempre, es decir, las etiquetas, la adjetivación indiscriminada y esas frases, esas frases tan ingeniosas y tan largas y tan sagaces...me recuerda a mi mamá cuando leía el periódico los domingos: empezaba a desplegar las hojas con avidez y entusiasmo y el periódico acababa esparcido por todo el suelo de la pieza, la sección de comiquitas por un lado, las páginas culturales por otro (mi abuelo se enfurecía cuando veía a mi mamá con un periódico, aunque fuera debajo del sobaco). Lindezas del tipo: "Si llevamos las coordenadas de un número de ilusionismo a la estructura de esta trilogía, cabría afirmar que la primera trata sobre el espectador, la segunda sobre el inconsciente voluntario que sube a participar de un truco, y la tercera sobre el mago que controla todos los hilos pero que en algún lugar paga el precio y el desencanto de saber cómo se consigue el calculado espejismo de lo que para los asistentes a la función es, sí, la infantil felicidad de lo inexplicable y de lo que no se entiende". O sea: magia, pura magia, misterios insondables porque, al fin y al cabo, la literatura es eso: "la esquiva naturaleza del portento inexplicable" y "el punto exacto de las tablas donde el azar se confunde con la magia".

En sus peores momentos, la crítica à la Fresán es poppy en el sentido más macabro del término: huera ostentación de referencias que sólo puede conducir a la proliferación de otras referencias y de ahí a otras y a otras y a otras (versión cínica de lo posmoderno), y dado que es imposible resolver esa metástasis referencial se recurre a la enunciación de un centro inefable, inabarcable e irreductible que Fresán llama alternativamente "misterio", "amor", "fe" o cualquier otra chorrada. Lo poppy se presenta, pues, como una gesticulación, una mímica alentada por una necesidad mística de adorar y creer en ídolos de papel.

Esto colabora a trasladar las estructuras propias del universo de la música pop al terreno de la literatura y el resto de la cultura, con lo cual tenemos a un ejército de fans y freakies que lo saben todo, todo, todo, sobre un ídolo que detenta las claves ocultas del placer, el conocimiento y la iluminación.

Resulta patético, por otro lado, ver cómo Fresán intenta emular el estilo de Foster Wallace. Pero donde éste último consigue ser verdaderamente fresco, rebosante de ideas, con un andamiaje intelectual apabullante al servicio no de la ostentación de referencias sino del hallazgo deconstructivo, Fresán, en cambio, nos asfixia con su atorrante despliegue de erudición (esa variante de la pereza mental).

Los que nos oponemos a lo poppy no lo hacemos, como se piensa, por un supuesto temor a la superficialidad. Nos oponemos precisamente porque detrás de la frivolidad poppy hay un pantano teológico y reaccionario, muy parecido a la ciénaga en la que Norman Bates dejaba hundir a sus víctimas (prolongar las comparaciones entre la figura del crítico poppy y el personaje de la película de Hitchcock podría revelar nuevas y jugosas claves sobre este asunto). En definitiva, no hay ideas, ni argumentos, ni observaciones, ni siquiera detalles, a lo sumo muecas de satisfacción, como la jovencita que se pone a dar brincos y se ahoga y le clava las uñas a otra jovencita igualmente histérica cuando la estrella de rock sale al escenario. La superficialidad de lo pop no es tal: opera en realidad con unas jerarquías muy bien establecidas, con pedestales y súbditos, con un arriba y un abajo delimitados. Si el arte y su crítica no desempeñan un papel desacralizador, si no constituyen una profanación, si, por el contrario, comportan una reificación, un acto de canonización irracional, aunque su envoltorio multicolor y plagado de eslóganes nos prometa la libertad, estamos en realidad ante el desvelamiento del espectáculo. Y eso, francamente, apesta.

7 comentarios:

Edith Oster dijo...

Lo curioso es que cuando uno lee este tipo de reseñas fresanianas se da cuanta de que él mismo es absolutamente consciente de su vocación de groupie. Como todo buen groupie puede pasar del amor al odio en un momento, y es ahí dónde Fresán dice cosas como ¿Y cómo fue que sucumbimos, dónde nos engañaron tan pero tan mal y tan pero tan feo?
Él sabe lo que hace y por eso apela al terreno del amor, al terreno de lo inefable. Lo cierto es que habla de Murakami como hablaba de Sacrlett Johansson . Es probable que de aquí a unos meses Fresán despierte y se pregunte dónde fue que sucumbió a los engaños de Murakami.
Lo preocupante es que hay algunos artículos en los que uno no puede distinguir muy bien si Fresán nos habla de Scarlett, de Natalia Lafourcade o de Robertson Davies. Me refiero a la intensidad del sentimiento que anula la posibilidad de argumentar en contra del ser adorado.
Que bueno, ser groupie de Natalia Lafourcade para luego despreciarla es algo válido y hasta chistoso.
Pero hablando de literatura el esquema groupie no se aplica muy bien. Y mira que es hasta contagioso, no tienen más que preguntarle a Alvaro Loayza.

Alvaro G. Loayza dijo...

Me parece Edith o Chorlito o Bestio o como sea, que das en el clavo. Fresán es un fana o un groupie, que se embelesa de forma incondicional de algo y que luego, eventualmente puede, por alguna razón desengañarse, le viene el síndrome Metallica, cosa que hemos sufrido cantidad de "metaleros" en el transcurso de la década pasada.
Ahora, un debate que irrumpe del texto y de tu reflexión, es ¿si existe la posibilidad de que hayan groupies como los musicales tan enjundiosos en las otras artes, léase en éste caso la literatura? ¿es permisible que los furores que provocan Mick Jagger o Bob Dylan, se puedan trasladar al "sacro" campo de las letras? ¿Podremos chillar, saltar y arañar descontroladamente cuando sale una nueva novela de Murakami, si se va a filmar un par de telefilmes para cerrar la cancelada serie "Deadwood" o si se observa en un museo una de las endiosadas obras de Chagall?
Debe ser posible, pero creo que el sobrecogimiento que nos causan, cada una en su vertiente, las distintas artes son de índole diferente y de emociones y pronunciaciones que oscilan en amplios abanicos. No creo que ningún arte sea lo suficientemente sagrado para eximirse de una supuesta idolatría pop y que el contagiar a las diferentes artes de popismo tampoco le resta nada al crítico o al artista, como al "espectador" o "consumidor" y al respectivo arte en concreto. Aquí entramos a un terreno resbaladizo en el cual se yergue la empatía, y el gusto, y lo inefable, (mi personal sentimiento hacía con Fresán, Murakami, Iron Maiden y otros más) que puede devenir en lo horripilantemente subjetivo, entonces parece crearse una tela aceitosa que evita tanto una pronunciación lúcida o una argumentación solvente en torno a, ya que la crítica o el debate se hacen inasibles e inatacables a esa tela blindada, y es muy posible que ésto ocurra; pero la empatía se mantiene y por mucho que alguien esté profundamente enamorado de otra persona, siempre es posible decir, aunque deje incólume al obtuso enamorado, que está enamorado de una pelutoda. El hecho no cambia nada, el cojudo sigue embrutecido, pero muchas veces el decirlo es certero, apropiado y hasta un menester. Por mi parte yo defenderé a mis amores hasta que un bienintencionado comentador me haga dar cuenta que sigo usando una camiseta que reza "Nothing Else Matters".

Saludos y abrazos a J.S. y a E.O.!!!!

fiona dijo...

alva, tu optimismo es algo que solo percibo cuando te leo; es bastante curioso que Fresan defienda a sus amores y no lo consideremos groupie aun.

Edith Oster dijo...

Aclaración:
Cuando hablo de Natalia Lafourcade o Scarlett, me refiero a ese tipo de fenómenos que nacen y mueren a cada rato, independientemente de cual sea la esfera en la que aparecen: música o cine en estos casos. Y esto puede suceder en absolutamente todo, ya no solo en las artes, por decirlo de alguna manera, sino en todo lo que es suceptible a convertirse en producto.

Alvaro G. Loayza dijo...

Fiona, creo que vas a ver un matiz menos optimista en mi próximo texto a colgarse en el blog (¿sugieres en tu comentario que soy un pesimista o en su versión más moderada un realista?); y eventualmente creo que podemos colgarle a Fresán el epíteto de gropie cortesía de Edith.

Edith, creo que todo el mundo del arte puede ser englobado como producto o en su defecto, y en una amplia y poquísimo rigurosa interpretación de Warhol, podemos decir que cualquier producto puede ser una obra de arte.

Saludos a ambas y gracias por vuestros apuntes!!!

Marcelo Novack dijo...

Chicos Fresán no aburre y la crítica que escribieron y los textos de este blog son tremendamente largos, aburridos y somníferos. Lean más a Fresán así se dinamizan un poco y escriben textos atractivos.

Alvaro G. Loayza dijo...

Marcelo, la acusación de que "los textos de este blog son tremendamente largos, aburridos y somníferos" es absolutamente válida y hasta refrendable, pero acusarnos de no haber leído a Fresán, creo que no está en la línea correcta, si más bien en uno de los regulares del blog sea en su faceta poppy o de rabioso cachascanista.

Saludos y ojalá te pases por aquí más veces!!!