lunes, octubre 09, 2006

Crimen, claustrofobia y erotismo: Confluencias entre Hitchcock y Buñuel


“Me horrorizan mis propias aspiraciones. Unas veces deseo ardientemente ser un gran santo, mientras en otras ocasiones creo que podría convertirme en un gran criminal”.
Archibaldo de la Cruz, Ensayo de un Crimen, Luis Buñuel, 1955


Enfrentarnos a Luis Buñuel y a Alfred Hitchcock, es posarse ante dos de las figuras más rutilantes de la historia del cine, y aunque sus carreras discurrieron en parajes y paisajes muy diferentes, el segundo sumido en el destellante y lujosos mundo de las estrellas hollywoodienses, el primero en un constante exilio donde su mayor patrimonio siempre fue su genio, son mas los intereses, temáticas, y porque no decirlo, obsesiones que los unen, que cosas que los separen.

Son tan vastas las obras de ambos autores, que sería una proeza desmesurada el tratar de abarcar aunque sea una ligera parte de estas, por lo que procuraré centrarme en películas claves de estos directores para tratar de delinear alguno de esos senderos de la historia y temática cinematográfica que les tocó transitar juntos.

Durante los quince años de ínterin que va desde 1948 hasta 1963, ambos maestros vivieron momentos prolíficos y quizás los más geniales de sus respectivas carreras, donde aparecieron maravillosas obras cinematográficas del calibre de “La Ventana Indiscreta (Rear Window)” y “Psicosis (Psycho)” del lado de Hitch, o “Los Olvidados” y “Viridiana” de parte del aragonés, pero nosotros nos vamos a centrar en otras obras, igualmente geniales, pero quizás menos mentadas que las anteriores. De la obra del británico tocaremos una de sus películas más experimentales “La Soga (Rope)” y “Vertigo”, una de sus obras más emblemáticas. De Buñuel vamos a tratar tres de cintas de su periodo mexicano “Él”, “Ensayo de un Crimen o La Vida Criminal de Archibaldo de la Cruz” y “El Ángel Exterminador”.

En todo este cúmulo de largometrajes nos topamos con temas y sentidos que han cautivado las mentes de ambos realizadores por años, Hitch como Buñuel, siempre han sido directores obsesionados con las obsesiones del ser humano, sus personajes se ven presas de obsesiones que no pueden abandonar jamás, algunas de ellas son el crimen, diferentes fetichismos y el erotismo que envuelve a los anteriores, todo esto en una atmósfera de tremenda claustrofobia que a través de la espacialidad de las películas, denota la psicología de los personajes.

Empecemos analizando el caso de Archibaldo de la Cruz, protagonista de “Ensayo de un Crimen” de Buñuel, este personaje está obsesionado con asesinar a mujeres que lo atraen para conseguir a través del delito su máximo goce sexual, en el inconsciente de Archibaldo se mezclan de forma indistinguible la muerte con el erotismo, pero este jamás alcanza a asesinar físicamente a sus víctimas elegidas, sino más bien parece que las asesinara con la mente, con la sola intención de matarlas, pero de esta forma su aspiración orgásmica nunca se realiza. Por ende su vida criminal como su vida sexual se ven constantemente frustradas, hasta que finalmente se deshace de sus enfermizas obsesiones para alcanzar cierta libertad de espíritu.

En “La Soga” de Hitch, tenemos otro ejemplo de perturbaciones relacionadas con el crimen. La trama se mueve en un espacio reducido, quasi claustrofóbico, que es el departamento de dos jóvenes amantes que organizan un ágape con el fin de celebrar su última obra de arte: un crimen perfecto. En consonancia con Archibaldo, estos ahorcan a un compañero, también homosexual, para demostrarse a ellos mismos y a su mentor intelectual, que ellos poseen una instancia moral e intelectual superior por lo que les es permitido matar sin ningún desmedro, quizás con la única condición de que el crimen sea hecho en apropiadas condiciones estéticas. Aquí nos encontramos con ideas que nos recuerdan una mezcla de la irónica estética de Wilde, un superhombre de Nietzsche severamente malinterpretado y algunas nociones de personajes de Dostoievski en torno al asesinato. Una mezcla detonante y exquisita, que termina finalmente llevando a los asesinos a su debacle al ser descubiertos por su mentor en el transcurso del banquete, pero que finalmente imputa al mentor intelectual, al maestro, como el verdadero asesino. La sensación de claustrofobia se hace ostensible durante la película mediante dos recursos, el primero, muy atrevido por cierto, el rodarla en plano secuencia o sea sin corte alguno, prescindiendo del montaje, su única limitación era cambiar los rollos de película por lo que película cuenta con unos seis sincronizados cortes obligatorios para cambio de rollo. El segundo, el colocar el cadáver en un baúl donde, con un sarcasmo único, los anfitriones sirven la cena.

La decadencia y perversión moral de índole burguesa narrada por Hitch en “La Soga” es replicada por Buñuel en otra joya cinematográfica titulada “El Ángel Exterminador” en la cual un grupo de amigos de la alta burguesía están celebrando la presentación de una opera en la mansión de uno de ellos, cuando súbita e inexplicablemente se recluyen en uno de los salones de la casa del cual no pueden salir. Con esa premisa tan ilógica se erige todo el filme, en el cual se acentúa un grave sensación de claustrofobia y asfixia, que desvela todo el salvajismo, decadencia moral y falsedad de la burguesía, así como de todo el género humano. De esta forma, cada director a su manera, encierra a sus burgueses, ya sean neoyorkinos o chilangos, para que a través de sus actos y pensamientos se advierta la degeneración moral que llevan en sus adentros.

Otra pieza de la claustrofobia física como psicológica es el terrorífico filme “Él”, donde Francisco, un exitoso empresario y devoto cristiano, se enamora enloquecidamente de Gloria, a través de la contemplación de las piernas de esta, fetichisando su obsesión a partir de esa visión en un ritual religioso. Francisco logra conquistar y casarse con Gloria, a la que a partir del primer día de casados la oprime con sus celos, temores y paranoias, enclaustrándola en su enorme mansión, donde la gigantesca vivienda hace de una paradójica prisión al igual que en las mansiones de Welles tanto en “Ciudadano Kane” y en “El Cuarto Mandamiento (The Magnificente Ambersons)”, o en la genial “Sunset Boulevard” de Billy Wilder. Las perturbaciones mentales de Francisco alimentadas por su inagotable egoísmo lo derivan a tener tendencias asesinas hacía su mujer y que por último lo llevan a un colapso de locura.

El desmesurado fetichismo que le causa su mujer, fuente de todas sus obsesiones posteriores, es el camino que Francisco transcurre hacía la insanidad. Su camino no es tan distinto que el de Scottie, el investigador retirado a causa de su miedo a las alturas, protagonista de “Vertigo”, quien sigue a la mujer de extraño actuar de la cual se termina enamorando perdidamente, para luego creerla muerta, siendo víctima de una trampa. Después de caer en shock, en su paulatina recuperación parece encontrarse con una mujer muy parecida a la que otrora amó y a la cual procura transformarla hasta que luzca exactamente igual a la presunta muerta, en una historia de obsesiones enfermizas y de identidades transfiguradas. Tanto en “Vertigo” como en “Él” (anterior a aquella), la escena culminante ocurre en el campanario de una iglesia, mostrando no sólo las afinidades que tienen los motivos de ambos directores, sino su profundo interés por la iconografía religiosa tan afín a lo que luego se convierte en pasiones desmesuradas y por último incontrolables pulsiones eróticas.

En un breve recorrido hemos sido testigos de la cantidad de rasgos recurrentes que pueblan los universos de Hitchcock y Buñuel, uno de talante reposado y venerable, el otro intenso y mordaz, tan distintos, pero tan parecidos, los dos absolutamente indispensables por su genio y visión de lo que hoy podemos entender como gran cine.

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