









Para el Machi, que también ama el fútbol y odia al Madrid.
“Conozco el mundo y aunque no me guste, está. Y sé lo que quiero. Quiero que la gente aplauda a mi equipo. Quiero que el valor del espectáculo esté por encima de un triunfo. He visto equipos que ganan y que la gente no va al estadio. Y otros que pierden y lo llenan porque juegan bien.”
Francisco Maturana, Entrevista en la revista “Al Arco”.
Ya nadie se preocupa por jugar bien, ya a nadie le interesa el arco ajeno. El sentido primigenio del juego ha sido transformado: ya no es lo importante meter la pelota en el arco ajeno sino evitar que te la metan en el propio. Para intentar confirmar esta intuición, veamos el año que hemos tenido en materia futbolística.
Campeón del Mundo 2006: Italia. El equipo dirigido por Marcelo Lippi jugó como un típico equipo italiano: defenderse, achicar la cancha y esperar que el centrodelantero haga un gol de casualidad. Como en el 70, dejaba a los “diferentes” en el banco (Del Piero en Alemania, Rivera y Mazzola en México). Todo el campeonato jugó sólo 15 minutos, en la semifinal contra Alemania, liderados por Del Piero. Pasaron de ronda frente a Australia con un penal regalado por el arbitro y su estandarte fue Materazzi. Que asco.
Campeón de la Copa de Campeones 2007: Milán. El equipo dirigido por Carlo Ancelotti atiborró el campo de mediocampistas y dejó que Kaká haga el resto. Lo importante: el arco propio en cero. Recibió (para variar) regalos por parte del arbitro en la eliminatoria contra el Celtic (un penal más grande que una casa no pitado que le daba el pase a los de Escocia). En la final: matar el partido y esperar un milagro. Al revés de lo que pensaba el Quijote, la fortuna está del lado de los malos: gol fortuito de tiro libre y todo se acabó. Campeón de Europa sin ninguna intención de jugar al fútbol.
Campeón de España: Real Madrid. El equipo dirigido por Fabio Capello traicionó la historia del Madrid, cambió el amor por la pelota y la estética por el corte, la mediocridad y la abulia. Contra el Bayer de Munich, Capello alineó un mediocampo plagado de perros de caza para terminar el partido con el arco en cero: Gago, Diarra y Emerson. Antes del primer minuto del partido, los alemanes ya les habían hecho un gol (vehemente lección de que renunciar al ataque no garantiza la defensa). En la última fecha, la FIFA les hizo un último regalo: prohibió que Diarra fuera a jugar con Malí porque tenía que defender los colores del poderoso equipo español. Y como la vida es una mierda, Diarra hizo el gol que le daba el campeonato al Madrid. Nada raro, a Blatter y sus secuaces no les importa ni un poco los débiles de África y Sudamérica.

¿Qué nos queda de todo esto? Que el ataque, la intención ofensiva, la búsqueda de la belleza y la alegría, ya no existen. Los delanteros son piezas prescindibles. El fútbol fue mutando, en ese sentido, en momentos claves. Pasamos del 4-2-4 al 4-3-3, para terminar en el 4-4-2 (y su variante el 3-5-2), sin embargo los nuevos grandes directores técnicos encontraron una nueva vuelta de tuerca: mantener intacta la línea defensiva, llenar el campo de volantes y dejar a un solitario para ver si consigue algún regalo de la contingencia: surge ahora el 4-5-1. Matar cualquier intento contrario, destruir antes que crear, perder de vista la pelota. Ese es ahora el sentido del juego. Intuyo que de acá a unos años algún italiano descubrirá que el atacante es prescindible y jugará 5-5. Italia volverá a ser campeón.
Y nosotros seguimos acá, destilando sueños y esperanzas, esperando cada domingo, miércoles y jueves por un regate, por una pared, por un Liverpool - Milán 2005, por un poco de fútbol, de amor a la pelota, de magia, de disfrute, de emoción. Pero la decepción es infinitamente más grande que el cobijo de la alegría. En realidad toda la tensión y la emoción ya sólo están presentes en la previa, en la espera por el partido, en la alegría de saber que dos grandes equipos se enfrentan por algo importante, en la cadencia de tomar conciencia que empieza el Mundial, la Copa de Campeones o algún Campeonato local. Pero ahí se muere todo, los 90 minutos reales del partido son un bodrio, una somnolencia extendida, una batalla de dos ejércitos agazapados sin afán de gloria, cuyo único sentimiento es el miedo.
Frente a todo esto: ¿Queda esperanza? Quedan aún algunos resquicios que se vislumbran como posibles espacios de cambio benigno: la liga inglesa donde se sigue jugando a muerte, donde los volantes no sólo rompen sino que también hacen goles, el Estudiantes de Simeone que en la cancha de River mete cinco delanteros para matar o morir, el San Lorenzo de Ramón Díaz que no duda en alinear a tres jugadores que para Capello jamás podrían jugar juntos, el Lyon que cuida la pelota, la maneja a través de Junínho y encuentra claros en tres delanteros que siempre abren la cancha. Siempre hay esperanza, pero hoy, Lunes post triunfo madridista, no tengo espacio para ella. Hoy sólo queda empute y desasosiego, la horrible Italia de Lippi es campeóna, el abúlico Milan de Ancelotti es campeón y el asqueroso Madrid de Capello es campeón. Nada más queda.










“Nada en el mundo es más peligroso que la
ignorancia sincera y la estupidez concienzuda.”
Martin Luther King Jr.
Pasaron casi trece años desde la fantástica victoria boliviana ante el coloso futbolístico mundial, Brasil, en las eliminatorias sudamericanas para la Copa del Mundo de Estados Unidos de 1994. Un sorprendente equipo boliviano, con figuras como Etcheverry, Sánchez, Melgar y otros héroes lograron lo que hasta esa fecha parecía imposible, noquear al hasta entonces tricampeón, en competiciones de eliminatorias mundialistas. El histórico resultado (Bolivia 2 – Brasil 0) echó por la borda 40 años de invicto futbolístico, una hazaña digna de ser contada a lo largo de los tiempos. La historia posterior encontraría a Bolivia clasificada por primera vez a la fase final de un Mundial por méritos propios, y a Brasil como ganador de su cuarto título Mundial.
El magnífico triunfo boliviano, realizado en la ciudad de La Paz a
Como ya se hizo saber, ningún deportista sufrió jamás graves daños a su salud por realizar prácticas deportivas en la altura, o por lo menos no encontramos antecedentes de que ello hubiera ocurrido, es más, muchos atletas olímpicos realizaron entrenamientos en la altura para mejorar su condición física antes de una competición internacional y una cantidad de record Bolivarianos se batieron en los juegos del 1977 realizados en
Entonces, ¿por qué se pretende hacer creer que la altura es una ventaja injusta ante los rivales que visitan ciudades de considerable altitud, en concreto la ciudad de La Paz?, por lo menos los logros deportivos no indican que ello ocurra, en mi opinión el que juega mejor al fútbol siempre logrará ventajas sobre el rival, no por condiciones territoriales, de temperatura o de altura, sino por términos netamente futbolísticos.
Así, por mucho que intentemos encontrar las causas que llevan a los países vecinos a vetar una condición geográfica de regiones que juegan fútbol en ellas, nuestra “inhumana altura”, no encontraremos razones de peso, puesto que razones médicas y de ventaja injusta parecen ser poco contundentes a la hora de probarlas y son los argumentos utilizados para quienes defienden el infame veto.
¿A qué conclusión podemos llegar?, a que el veto viene orientado por otros motivos todavía no muy claros, que pueden variar entre discriminación o intereses deportivos de las históricas potencias futboleras del continente, léanse Argentina, Brasil y Uruguay, o por ambos. Lo lamentable del hecho es que los países afectados sean discriminados por una actitud fascista en su propio continente, y lo más vergonzoso es que la FIFA – ente deportivo que debe defender una sana competencia del fútbol en cualquier lugar del planeta – auspicie y sea portavoz de tal aberración, atropellando la dignidad y soberanía de varios países que no hicieron nada más que hacer prevalecer el derecho de jugar como locales en el estadio que consideran el mejor para la competencia, aprovechando su ventaja de localía, ya que ser local en La Paz o en la Conchinchina, pasando por el Maracaná de Rio de Janeiro o la Bombonera de Buenos Aires es una obvia, sobrentendida y legítima ventaja.
Está por demás recordar que en una competencia leal se juegan dos partidos, ida y vuelta, con un equipo de local y otro de visitante, no se juega un solo partido en la altura, o un solo partido en el llano, lo hermoso del fútbol es justamente el derecho a una revancha para lograr establecer quien es mejor en el agregado de ambas condiciones y por lo general (lo digo porque el azar puede jugar en contra) siempre el equipo mejor en términos futbolísticos prevalecerá sin importar que se haya jugado a
Esperemos que el próximo campeón mundial realmente se pueda sentir mundial, puesto que si excluimos a ciertos países o regiones, el sentido de globalidad que encierra

Pero tal vez el rasgo que más me seduce de estos protagonistas, el que pretendo reseñar modestamente en este escrito, más allá de sus conceptualizaciones como símbolos de intransigencia frente al Imperio, es la encriptada ternura con la cual realizan sus acciones. Hay en Marlowe, Fenner o el agente de la Continental (personajes de Chandler, Hadley Chase y Hammet respectivamente) una extraña devoción a su trabajo, una lealtad con ellos mismos y con sus clientes, un compromiso tácito en llevar a cabo el trabajo con entereza y honestidad, una preocupación extrema por el destino de sus contratantes, más allá de la búsqueda del misterio y la verdad. En ese sentido, encuentro una diferencia con exponentes de otra vena de la novela negra: Dupin y Sherlock Holmes (protagonistas de Poe y Conan Doyle), para ellos la búsqueda de la verdad es un juego de inteligencia, una postura personal e individual ante el misterio, más que una preocupación ética social frente a las vicisitudes de una persona en aprietos. Preocupación teñida de ternura que muestran Marlowe, Fenner y el agente de la Continental; veamos algunos peregrinos ejemplos.

Si me refiero tan enérgicamente a esta condición acumulativa y retroalimentativa del arte, y más específicamente del cine, es porque si el nuevo cineasta boliviano no tiene esa humildad de seguro se enfrentará a un gran problema cuando se vea delante de todo este nuevo arsenal de instrumentos que permiten abaratar costos y dejar volar y violar la imaginación en todo sentido. Hoy por hoy, la fascinación que nos provoca el hecho de que sea accesible producir una película nos puede también hacer olvidar de que es necesario una idea que sustente a la aventura cinematográfica. Otro peligro de tener una isla virtual de edición que tenga todos los instrumentos de montaje hasta hoy conocidos como el Final Cut o un laboratorio virtual de fotografía como el Photoshop no quiere decir que la persona que lo maneje entienda esos instrumentos y los utilice óptimamente. La precariedad instrumental del pasado era útil en el sentido de que si un creador se aventuraba a experimentar en un contexto clásico era porque estaba siendo guiado por una idea: Vértigo de Hitchcock, Soy Cuba de Kalatozov o El Testamento del Doctor Mabuse del maestro Fritz Lang son películas filmadas con instrumentos del pasado pero ideas muy contemporáneas formalmente. Todo ya se ha hecho, y si el cineasta boliviano no se sumerge en la historia del cine puede caer en la deriva de creer que está inventando la pólvora y quizás solamente está repitiendo de mala manera lo que ya se había ideado hace cuarenta años sin necesidad de una G5.

