jueves, julio 05, 2007

Sobre la crítica posmoderna o Maddin vs. Aronofsky (ingeniosos contra pedorros)




En el panorama actual de cineastas se puede detectar a un grupo de autores que se empeñan en darle a su obra un carácter experimental o, para no quedar tan ambiguos, en buscar – a través de una deformación, exageración u omisión voluntaria de las relaciones clásicas establecidas entre forma y contenido – un efecto hasta ese momento desconocido (o escondido) en las audiencias. Es la tendencia general de todo movimiento de vanguardia: romper con lo convencional. Por esa misma razón, negativa, es muy difícil encontrar un gusto común por todas las vanguardias. Es que lo único que tienen en común es que rompen, voluntariamente y en total consciencia, con ciertos códigos establecidos y nada más: es el equivalente de la oposición lógica según la cual una cosa o es un árbol o no lo es. Exactamente igual podemos decir, una obra es clasicista – es decir, estructurada en base a modelos concensuados histórica y académicamente – o no lo es. En el campo de ese “no ser” hay una gama infinita de posibilidades y de valoraciones.

Sin embargo, hoy por hoy no nos es difícil encontrar en el firmamento de creadores cinematográficos aquella constelación de rebeldes que, si se basan en las formas clásicas, es para renegar contra ellas y que, a partir de ahí, trazan nuevas leyes de nuevos universos, recalcitrantes a los códigos establecidos, abiertos a una nueva interpretación por parte del receptor del mensaje. Lars Von Trier, David Lynch, Peter Greenaway, Terry Gilliam, David Fincher y Lukas Moodysson son unos cuantos de entre muchos otros que forman parte de esta constelación de autores que rompen con los caminos trazados y, a través de su cine, muestran nuevos ángulos para entender al ser humano contemporáneo. A estos artistas se les puede tildar, sin mucho riesgo, de vanguardistas, inventivos, rompedores de esquemas, inagotables experimentadores de formas cinematográficas cuyos resultados han producido una metástasis de películas tan heterogéneas como difíciles de poner en paralelo: ¿Bajo qué parámetros? ¿Narrativos? ¿Visuales? ¿Sonoros? ¿Histriónicos? O simplemente en tanto que obras singulares en un panorama donde lo más clasicista es igual de raro que lo más posmoderno, donde un ch´enko* narrativo y visual es más común que una historia coherente de pies a cabeza. El problema de aceptar esa resignación posmoderna respecto a la manifiesta resistencia del cine actual a la crítica es que nos perdemos del (humano) gusto de la valoración. Pero si, justamente, es la adecuación a normas preestablecidas como estéticamente “aptas” (clasicismo) la que permite emitir un juicio de valor más o menos favorable respecto a cualquier obra de arte ¿Qué otros parámetros tomamos para juzgar una obra sino los establecidos por la tradición y la academia? He ahí uno de los problemas centrales del posmodernismo en donde todos los criterios parecen haberse aplanado a favor de una búsqueda incesante de adecuación a perspectivas singulares y no a formas – colectivamente aceptadas – que antecedan y predeterminen a la obra. Algunos incluso, prefieren pensar que el objetivo del artista posmoderno no es en absoluto crear un universo estructuralmente coherente sino, más bien, crear, a través de cierta pirotecnia formal, una maraña de sensaciones intensas, como una montaña rusa, sin importar tanto el sentido final como los sacudones del camino.



La adaptación a formas exteriores a la obra misma no puede ser un parámetro para la crítica en un panorama donde la ley es la búsqueda consciente de esa ruptura. Sería absurdo creer que el nuevo patrón de valorización sea la medida en que las reglas del clasicismo sean violadas. Con ese razonamiento “Eraserhead” o “Crash” tendrían el mismo valor que un mal vídeo casero hecho por adolescentes rebeldes o un matrimonio filmado por un melancólico padre borracho: cosa que no tiene ni pies ni cabeza, a pesar de que los cuatro documentos audiovisuales rompan con el clasicismo quizás en la misma medida.

En ese sentido el único esquema valorativo legítimo sería el que considere a una obra a partir de sus características absolutamente singulares: se trata, no de comparar el esquema de ésta con un canon sino más bien de detectar las leyes internas del universo particular que la obra posee en sí. Partiendo de estas mismas, lo que nos permitirá una aproximación axiológica será la constatación o no de un cierto nivel de fidelidad a estas reglas planteadas libremente por el autor, es decir, sin preocuparse por corresponder a otros patrones narrativos y estéticos que sean externos a los que plantea la obra.

Una crítica libre de academicismo es posible pero para ello, como dice Gaston Bachelard es necesario “simpatizar con la ensoñación creadora, intentando penetrar hasta el núcleo onírico de la creación (…) comunicando, por el inconsciente, con la voluntad de creación del poeta**”. El nuevo crítico debe penetrar en la obra para extraer su sustancia poética. ¿Cuán profunda es esa sustancia? ¿Cuán densa? Eso depende de dos cosas: de la profundidad misma del contenido simbólico de la obra y de los instrumentos estéticos, filosóficos e históricos que tenga la crítica para escarbar en ella. ¿Cuan profundo es el sentido de una obra? Por más absurda que resulte esta pregunta es la labor del crítico planteársela. A ello proponemos una respuesta heurística: una obra es profunda en la medida en que sus imágenes sugieran otras imágenes y su hermenéutica permita descubrir, como en el caso de la excavación de la tierra, capas de sentido cada vez más densas y sedimentadas, y, a la vez, que provoquen emociones hasta ese entonces latentes (en apariencia absolutamente nuevas) entre la audiencia; una obra es profunda en la medida en que permita una comunicación de inconsciente a inconsciente. Entre el arquetipo, imagen formadora, casi una figura, casi una abstracción, una representación profunda de nuestro ser escondido y el estereotipo hay una diferencia semiótica fundamental: el segundo, contrariamente al primero, responde a un código cultural. Es decir, es susceptible de ser de-codificado como una ecuación o un e-mail. Tanto un arquetipo como un estereotipo pueden hablar de la misma cosa, lo que varía es que en la búsqueda del arquetipo nuevas emociones y sentidos no cesan de aparecer, en cambio, un estereotipo, al ser código, detiene su proceso significativo de manera automática, como el significante refiere a su significado en el esquema estructuralista y de manera casi unívoca.

Es el carácter objetivo de la crítica el que pretendemos abandonar tanto por infértil como por imposible: toda obra es relativa a una época tanto en el contexto de escritura como en el contexto de lectura (o en el de producción como en el de recepción). El problema de la crítica que juzga en base a un canon que considera universal e inamovible es justamente su incapacidad de ver que sus cánones también son relativos a su propio contexto. Por paradójico que suene, la nueva crítica debe pretender, en primer lugar, considerar la obra como un todo dotado de absoluta singularidad y, al mismo tiempo, como un producto relativo a un contexto socio-cultural particular. La valoración aparece descubriendo la capacidad de una obra de trascender lo contextual para aproximarse a una universalidad – que jamás puede ser determinada a priori como los universales lógicos sino más bien solamente por acumulación etnográfica e histórica de datos –. Mientras más plagada de estereotipos esté una obra más rápido se cerrará su proceso de significación y más cargada de códigos culturales estará, así mismo, será ininteligible para las audiencias ajenas en el tiempo y el espacio a la cultura particular que la produjo. En cambio mientras más profundo sea el sentido de una obra más fácil le será trascender tiempos, culturas y espacios diferentes, acercándose así al famoso Arquetipo.



Esta prolongada introducción me permite esbozar una crítica sobre dos obras cinematográficas posmodernas que tuve la ocasión de ver no hace mucho: se trata de “The Fountain” de Darren Aronofsky y “The Saddest Music in The World” de Guy Maddin. ¿Por qué poner en paralelo específicamente estas dos películas que sólo tienen en común el título de posmodernas? Simplemente porque una me sacó de mis casillas y la otra me dejó fascinado.

“The Fountain” me parece formar parte de esa interpretación desacertada de la posmodernidad: sí, sus artificios formales son tantos que hacen creer al director (y a algunos espectadores) que por ello son capaces de tapar el vacío que transmiten sus personajes y la estructura de su guión; exactamente igual que en el lamentable manifiesto moralista “Requiem for a Dream”. Muchas veces una película peca de pretensiosa, de querer abarcar dominios de la mente, de la psicología o la historia humana sin los recursos que estos requieren para poder significar su magnitud: “Ran” de Kurosawa es una película pretensiosa pero toda su pretensión queda satisfecha y con creces dado que los recursos artísticos, filosóficos e históricos implicados eran los necesarios para llevar a cabo la tarea semejante de plasmar en la pantalla a Shakespeare adaptado al Japón medieval.

El nuevo bodrio de Aronofsky nos sumerge en una (aburridísima) historia atravesada por otras dos historias que pueden verse como “realidades paralelas”. Se trata de una reflexión pseudo-poética y pseudo-mística en donde colonizadores españoles, yoghis, árboles mágicos (me hace pensar en la ayahuasca), neurocirujanos y una pareja desesperada se juntan en un melodrama que oculta, bajo el abigarramiento estético y conceptual, estereotipos ingenuos y superfluos que llevan a un desenlace tan absurdo como fácil.

El director de “The Fountain” piensa que tiene todos los recursos para abarcar cualquier tema profundo con la profundidad que amerita y a penas logra descubrirnos sus complejos, ingenuidades y moralismos maravillosamente disfrazados con un formalismo pedante (pedorro). Las dos últimas de este hombre son las típicas películas de las que se sale rescatando la gran fotografía, el maravilloso montaje, la música extraordinaria pero ni la historia ni los personajes han transmitido nada. Esas son las clase de películas que me emputan, las que no se difunden en el espíritu como un todo emocional y significativo. Hay películas maravillosas en donde ni la fotografía ni el montaje ni la música tienen algo de extraordinario si se toman come elementos aislados pero sí como partes orgánicas de un conjunto significativo.

En el caso de “Requiem” vemos que detrás de su montaje hip-hop, la maravillosa y torturante música de Kronos Quartet se esconde una mentalidad moralista que, contrariamente a la sutileza de “Naked Lunch” de Cronenberg, “Trainspotting” de Boyle, no hace sino retratar, de una manera estéticamente sofisticada, la mentalidad puritana de los años treinta: si te drogas morirás o algo peor. Esa es la lección. Vamos al cine a recibir una lección, no a incorporar un personaje, sus conflictos, su ser y sus esperanzas, no a salirnos de nosotros mismos (que es lo que buscamos al encerrarnos en una sala oscura durante dos horas). La falacia reside en el hecho de que, por más innovador que sea este filme en apariencia, guarda en su estructura un sustrato reaccionario: lo que pretende es reconfortar, a través del asco, del castigo, a las audiencias conservadoras en sus valores conservadores cuando el cine, y el arte en general, es un medio para explorar fenómenos desde una perspectiva que ponga en tela de juicio los valores en boga sin necesidad de sangre y revoluciones.

Aronofsky parte de la separación (involuntaria) de contenido y forma, en vez de buscar una unificación simbólica: piensa que al tratar temas espinosos como la drogadicción o la inmortalidad va lograr películas visionarias y, si a esto le aumentamos una sobredosis de artificios formales, el tema esta resuelto (al menos en apariencia). Aronofsky no sabe que la profundidad simbólica no depende del tema, depende de cómo enfoques ese tema. Aronofsky hace una película sobre la drogadicción que en vez de ser polémica y visionaria sólo logra adornar de linda manera ciertos valores morales puritanos muy a la moda entre la facción republicana y conservadora de su país de origen. Aronofsky hace una película sobre la inmortalidad con pretensiones tarkovskianas y a penas llega a Paolo Coelho (si no se escribe así: me cago). Denuncio dos películas plagadas de estereotipos: eso es lo que no les permite a sus personajes desplegarse en nuestro ser hasta poseernos. Los humanos que vemos en la pantalla no son individuos sino códigos, tipos sociales: los jóvenes que se pierden en las drogas, el místico en busca de la inmortalidad (caricaturalmente sentado en posición de yoga para meditar sobre el árbol de la vida azteca). Todo es superficial en el sentido más puro de la palabra dado que si el director no se ocupa de la superficie tendríamos películas vacías y más aburridas que una partida de Monopolio comunista.

Pretensión, desajuste de forma y contenido, personajes estereotipados, situaciones estereotipadas, estructuras reaccionarias escondidas tras imágenes falsamente vanguardistas, pedantería… no sé lo que es pero algo en el cine de Aronofsky me repele y genera una barrera sólida como pocas en mi proceso de identificación con los personajes. Si invertimos todos los calificativos anteriormente citados quedaríamos bastante cerca de la impresión que me dejó la extravagante comedia del canadiense Guy Maddin titulada “The Saddest Music in The World”. Retrasada joya expresionista (por unos setenta años), la película en causa satisface plenamente sus intenciones estéticas y narrativas fusionando una formalidad barroca y temeraria con una historia excéntrica, ingeniosa y llena de humor negro-negrísimo pero humor al fin. ¿Se imaginan si metemos en una licuadora a Wiene, Murnau, Buñuel, Lynch e Iñárritu? ¿Se imaginan esa hermosa monstruosidad? ¿Esa monstruosa hermosura? Ambientada en los años de la depresión, la narración se sitúa en el corazón de la melancólica Winnipeg; fría y pesadillesca urbe donde reinan (literalmente) el desempleo y la ebriedad con brazo riguroso. Isabella Rossellini encarna maravillosamente a Lady Port-Huntley, ambiciosa e inmoral, la glamorosa mujer posee la hegemonía de la venta de cerveza y eso le propicia una fortuna descomunal ya que Winnipeg ha sido catalogada como la “Capital Mundial de la Tristeza” y, como bien dice ella: “If you´re sad and like beer, i´m your lady”. Pesadilla etílico-surrealista, comedia musical, historia de amor, historia de terror: todo se combina en el corazón de este filme cuyo núcleo narrativo es un concurso sumamente original. Los personajes son caricaturas en filigrana de las mentalidades americana, canadiense y europea de entre-guerras. El estereotipo encuentra el único camino que tiene como agente activo de significación a través del humor. El cine de humor, al igual que el de vanguardia, tiene la posibilidad de romper con los esquemas estereotipados a través de una caricaturización o exageración de estos mismos: así vemos como Chester Kent (Marc McKinney) ilustra de una manera tan cómica, despiadada e inteligente al gringo modelo; llega a revelar ese “algo más” tan carente en el uso involuntario de estereotipos en contextos sumamente “serios” o dramáticos como en el caso de “The Fountain”.

En el complicado mapa del cine posmoderno es difícil encontrar una tendencia unificadora positiva, ya que, como vimos, la marca en común parece ser el desligamiento o re-lectura de las formas clásicas y modernas. Una escuela basada en una negación no es una escuela en sí. Por eso mismo creo que me lancé a la crítica en cuestión: para mostrar que muchas y muy heterogéneas estructuras pueden ocultarse tras el (tramposo) término de posmodernidad, es necesario hacer hincapié sobre este hecho para elaborar una crítica que sea a la vez sea libre y de las cadenas academicistas y de la anarquía axiológica; libre y del positivismo absolutista y del subjetivismo ultra-relativista según el cual todo vale. La ruptura de las formas clásicas y su negación no quiere decir que no sea posible detectar el Gran Cine, esa faena sigue y seguirá siendo aquella que corresponde a la crítica concienzuda, consciente de sus límites pero resistente todavía a decirle papá al perro sin discusión previa.


* Caro término andino: Enredo irresolube
** Traducido por (D.L.)O

martes, junio 26, 2007

Crítica poppy (valga el oxímoron)


Los desvaríos de Rodrigo Fresán empiezan a preocuparme. Hace unos días nos sorprendió con su carta de amor incondicional a Murakami en Página 12. Ahora miren esta crítica de la trilogía de Robertson Davies publicada en Letras Libres. Chorrera de referencias, una supuesta ubicación del libro dentro de una simpática división de las Grandes Novelas, para a continuación dedicarse a lo de siempre, es decir, las etiquetas, la adjetivación indiscriminada y esas frases, esas frases tan ingeniosas y tan largas y tan sagaces...me recuerda a mi mamá cuando leía el periódico los domingos: empezaba a desplegar las hojas con avidez y entusiasmo y el periódico acababa esparcido por todo el suelo de la pieza, la sección de comiquitas por un lado, las páginas culturales por otro (mi abuelo se enfurecía cuando veía a mi mamá con un periódico, aunque fuera debajo del sobaco). Lindezas del tipo: "Si llevamos las coordenadas de un número de ilusionismo a la estructura de esta trilogía, cabría afirmar que la primera trata sobre el espectador, la segunda sobre el inconsciente voluntario que sube a participar de un truco, y la tercera sobre el mago que controla todos los hilos pero que en algún lugar paga el precio y el desencanto de saber cómo se consigue el calculado espejismo de lo que para los asistentes a la función es, sí, la infantil felicidad de lo inexplicable y de lo que no se entiende". O sea: magia, pura magia, misterios insondables porque, al fin y al cabo, la literatura es eso: "la esquiva naturaleza del portento inexplicable" y "el punto exacto de las tablas donde el azar se confunde con la magia".

En sus peores momentos, la crítica à la Fresán es poppy en el sentido más macabro del término: huera ostentación de referencias que sólo puede conducir a la proliferación de otras referencias y de ahí a otras y a otras y a otras (versión cínica de lo posmoderno), y dado que es imposible resolver esa metástasis referencial se recurre a la enunciación de un centro inefable, inabarcable e irreductible que Fresán llama alternativamente "misterio", "amor", "fe" o cualquier otra chorrada. Lo poppy se presenta, pues, como una gesticulación, una mímica alentada por una necesidad mística de adorar y creer en ídolos de papel.

Esto colabora a trasladar las estructuras propias del universo de la música pop al terreno de la literatura y el resto de la cultura, con lo cual tenemos a un ejército de fans y freakies que lo saben todo, todo, todo, sobre un ídolo que detenta las claves ocultas del placer, el conocimiento y la iluminación.

Resulta patético, por otro lado, ver cómo Fresán intenta emular el estilo de Foster Wallace. Pero donde éste último consigue ser verdaderamente fresco, rebosante de ideas, con un andamiaje intelectual apabullante al servicio no de la ostentación de referencias sino del hallazgo deconstructivo, Fresán, en cambio, nos asfixia con su atorrante despliegue de erudición (esa variante de la pereza mental).

Los que nos oponemos a lo poppy no lo hacemos, como se piensa, por un supuesto temor a la superficialidad. Nos oponemos precisamente porque detrás de la frivolidad poppy hay un pantano teológico y reaccionario, muy parecido a la ciénaga en la que Norman Bates dejaba hundir a sus víctimas (prolongar las comparaciones entre la figura del crítico poppy y el personaje de la película de Hitchcock podría revelar nuevas y jugosas claves sobre este asunto). En definitiva, no hay ideas, ni argumentos, ni observaciones, ni siquiera detalles, a lo sumo muecas de satisfacción, como la jovencita que se pone a dar brincos y se ahoga y le clava las uñas a otra jovencita igualmente histérica cuando la estrella de rock sale al escenario. La superficialidad de lo pop no es tal: opera en realidad con unas jerarquías muy bien establecidas, con pedestales y súbditos, con un arriba y un abajo delimitados. Si el arte y su crítica no desempeñan un papel desacralizador, si no constituyen una profanación, si, por el contrario, comportan una reificación, un acto de canonización irracional, aunque su envoltorio multicolor y plagado de eslóganes nos prometa la libertad, estamos en realidad ante el desvelamiento del espectáculo. Y eso, francamente, apesta.

martes, junio 19, 2007

El fútbol ha muerto, el Madrid vive


Para el Machi, que también ama el fútbol y odia al Madrid.

“Conozco el mundo y aunque no me guste, está. Y sé lo que quiero. Quiero que la gente aplauda a mi equipo. Quiero que el valor del espectáculo esté por encima de un triunfo. He visto equipos que ganan y que la gente no va al estadio. Y otros que pierden y lo llenan porque juegan bien.”

Francisco Maturana, Entrevista en la revista “Al Arco”.

Durante mucho tiempo uno de los grandes debates de la Academia fue la relación entre objetividad y subjetividad; es decir, la posibilidad o no de que exista una construcción del conocimiento desde una mirada absolutamente neutra, imparcial y alejada de cualquier influencia del investigador. La antropología solucionó ese debate (y es posible que sea lo único decente que ha hecho como ciencia) planteando que la clave es plantear claramente los sesgos del investigador, no tratar de anularlos. Pues bien, ahí va mi sesgo: odio al Madrid, lo odio profunda y enconadamente. Lo odio por muchas razones: por Franco, por “pavones y zidanes”, por poderoso, por causas personales, en fin, por muchas cosas.

Pero en esta su coronación como campeón del fútbol español, el enojo contra el Madrid es más pequeño que el miedo, por una razón esencial: su triunfo ratifica fehacientemente una tendencia que está matando al fútbol y que se ha confirmado este año, el fútbol se muere.

Ya nadie se preocupa por jugar bien, ya a nadie le interesa el arco ajeno. El sentido primigenio del juego ha sido transformado: ya no es lo importante meter la pelota en el arco ajeno sino evitar que te la metan en el propio. Para intentar confirmar esta intuición, veamos el año que hemos tenido en materia futbolística.

Campeón del Mundo 2006: Italia. El equipo dirigido por Marcelo Lippi jugó como un típico equipo italiano: defenderse, achicar la cancha y esperar que el centrodelantero haga un gol de casualidad. Como en el 70, dejaba a los “diferentes” en el banco (Del Piero en Alemania, Rivera y Mazzola en México). Todo el campeonato jugó sólo 15 minutos, en la semifinal contra Alemania, liderados por Del Piero. Pasaron de ronda frente a Australia con un penal regalado por el arbitro y su estandarte fue Materazzi. Que asco.

Campeón de la Copa de Campeones 2007: Milán. El equipo dirigido por Carlo Ancelotti atiborró el campo de mediocampistas y dejó que Kaká haga el resto. Lo importante: el arco propio en cero. Recibió (para variar) regalos por parte del arbitro en la eliminatoria contra el Celtic (un penal más grande que una casa no pitado que le daba el pase a los de Escocia). En la final: matar el partido y esperar un milagro. Al revés de lo que pensaba el Quijote, la fortuna está del lado de los malos: gol fortuito de tiro libre y todo se acabó. Campeón de Europa sin ninguna intención de jugar al fútbol.

Campeón de España: Real Madrid. El equipo dirigido por Fabio Capello traicionó la historia del Madrid, cambió el amor por la pelota y la estética por el corte, la mediocridad y la abulia. Contra el Bayer de Munich, Capello alineó un mediocampo plagado de perros de caza para terminar el partido con el arco en cero: Gago, Diarra y Emerson. Antes del primer minuto del partido, los alemanes ya les habían hecho un gol (vehemente lección de que renunciar al ataque no garantiza la defensa). En la última fecha, la FIFA les hizo un último regalo: prohibió que Diarra fuera a jugar con Malí porque tenía que defender los colores del poderoso equipo español. Y como la vida es una mierda, Diarra hizo el gol que le daba el campeonato al Madrid. Nada raro, a Blatter y sus secuaces no les importa ni un poco los débiles de África y Sudamérica.

¿Qué nos queda de todo esto? Que el ataque, la intención ofensiva, la búsqueda de la belleza y la alegría, ya no existen. Los delanteros son piezas prescindibles. El fútbol fue mutando, en ese sentido, en momentos claves. Pasamos del 4-2-4 al 4-3-3, para terminar en el 4-4-2 (y su variante el 3-5-2), sin embargo los nuevos grandes directores técnicos encontraron una nueva vuelta de tuerca: mantener intacta la línea defensiva, llenar el campo de volantes y dejar a un solitario para ver si consigue algún regalo de la contingencia: surge ahora el 4-5-1. Matar cualquier intento contrario, destruir antes que crear, perder de vista la pelota. Ese es ahora el sentido del juego. Intuyo que de acá a unos años algún italiano descubrirá que el atacante es prescindible y jugará 5-5. Italia volverá a ser campeón.

Y nosotros seguimos acá, destilando sueños y esperanzas, esperando cada domingo, miércoles y jueves por un regate, por una pared, por un Liverpool - Milán 2005, por un poco de fútbol, de amor a la pelota, de magia, de disfrute, de emoción. Pero la decepción es infinitamente más grande que el cobijo de la alegría. En realidad toda la tensión y la emoción ya sólo están presentes en la previa, en la espera por el partido, en la alegría de saber que dos grandes equipos se enfrentan por algo importante, en la cadencia de tomar conciencia que empieza el Mundial, la Copa de Campeones o algún Campeonato local. Pero ahí se muere todo, los 90 minutos reales del partido son un bodrio, una somnolencia extendida, una batalla de dos ejércitos agazapados sin afán de gloria, cuyo único sentimiento es el miedo.

Frente a todo esto: ¿Queda esperanza? Quedan aún algunos resquicios que se vislumbran como posibles espacios de cambio benigno: la liga inglesa donde se sigue jugando a muerte, donde los volantes no sólo rompen sino que también hacen goles, el Estudiantes de Simeone que en la cancha de River mete cinco delanteros para matar o morir, el San Lorenzo de Ramón Díaz que no duda en alinear a tres jugadores que para Capello jamás podrían jugar juntos, el Lyon que cuida la pelota, la maneja a través de Junínho y encuentra claros en tres delanteros que siempre abren la cancha. Siempre hay esperanza, pero hoy, Lunes post triunfo madridista, no tengo espacio para ella. Hoy sólo queda empute y desasosiego, la horrible Italia de Lippi es campeóna, el abúlico Milan de Ancelotti es campeón y el asqueroso Madrid de Capello es campeón. Nada más queda.

miércoles, junio 13, 2007

Los fecundos, inopinados y gloriosos Díaz del Cuervo


Para Bachicha
y los Camboyanos de otrora.


Seis meses atrás, era de lo más impensado creer que San Lorenzo iba a estar celebrando la gesta que hoy como Cuervos festejamos orgullosos (aunque algunos creían más que otros). Seis meses atrás nos debatíamos en la resignada tarea de aceptar el hecho de que en la Argentina sólo hay dos grandes y tres ex-grandes cuyas hinchadas sólo utilizan su falso epíteto para insultar y echar a sucesivos técnicos y jugadores como si su grandeza estuviera probada por otra cosa que no fuera una florida y grandiosa pre-historia. En eso andaba San Lorenzo, venido de una temporada de vilipendio, habiendo recibido en sendas y brutales dosis de 12 goles propiciadas por Boca (0-7) y River (5-1), demasiado oprobio para cualquier hincha que creyese en un proyecto a largo plazo, no quedaba más, Ruggeri se tenía que ir, venga quien venga.

He ahí cuando nuestro destino sufre un ostensible viraje. Mas que por decisión suya, que por un esforzado y decidido esfuerzo de los dirigentes, Ramón Díaz recala en San Lorenzo después de 4 años de voluntario ostracismo futbolístico y la hace como esas veces que es la mina la que te agarra a vos (aunque yo nunca lo hasha vivido de esa forma) por no sabés qué. Y así fue, aunque Ramón sí sabía por qué, el había pensado y estudiado muy bien cual era el mejor lecho para ser acogido, ya que el nos recordó motivos olvidados de porque San Lorenzo era y es grande, nos recordó e insufló ese viejo espíritu de campeones, nos devolvió a la memoria, que tenemos una hinchada para llenar cualquier cancha y nos evocó que el equipo que históricamente debía ser castigado como mal hijo es Boca y no viceversa. Son algunas de tantas cosas que Ramón nos recordó, y nos remontó entonces a los tiempos de Pontoni y Martino, de Sanfilippo (hoy un periodista detractor con el cual yo concordaba en algunas cosas y, bueno, Ramón me hizo cambiar de idea) y “Coco” Rossi, de “Toto” Lorenzo y Scotta.

Tantas cosas cambiaron con Ramón. Pensar que los defenestrados Christian Tula (a posteriori el caudillo de la lanza) y el “Muchacho” Méndez (apelativo propiciado por Sanfilippo) serían el puntal de una defensa no únicamente sólida y valiente, sino agrandada, decisiva y goleadora. Pensar que Ramón dejó marchar a Gremio nuestro querido emblema Sebastián Saja, para sondear la factibilidad de una futura Copa Libertadores, en pos de colocar en el puerta al inmenso Orión, bastión indiscutible de San Lorenzo y sin regateos el mejor arquero del campeonato, por más Carrizos, Andujares y Carantas que vendan en los mercados de pulgas. Pensar que Ramón pese a sus múltiples pedidos de fichajes y a las múltiples promesas que le realizaron los dirigentes “sólo” pudo traer al “Lobo” Ledesma (desahuciado por Merlo) y a la “Gata” Fernández (desahuciado por Passarella), casi nada, ya que fueron sin lugar a duda los dos mejores jugadores del campeón, uno con su liderazgo y conducción conviriténdose en el relojero que todo equipo requiere otorgando quite, timing y pases filosos, el otro con su inteligencia y goles elevando su juego y oportunismo a niveles espléndidos apareciendo mortalmente en los momentos más trabados y sombríos.

Es que Ramón sabe de fútbol y sabe con mayúsculas, ya que el fútbol no se juega únicamente en la cancha, el fútbol se juega desde lo mediático, desde el vestuario, desde el alma y consciencia de cada uno de los futbolistas, desde las presiones autoasumidas, para finalmente jugarse en la cancha, así es como Ramón devolvió a un club golpeado y sin chances, plagado de jugadores desmoralizados, en un irreverente y convencido candidato y a la postre merecido e indiscutible Campeón. Y es que Ramón sabe, y hoy está más sabio, ya no incurre en polémicas insustanciales, les hace sentir a sus jugadores el apoyo de su inmensa personalidad y deja en evidencia la falta de ella a los neófitos polemistas de equipos rivales. Ramón sabe, ya que los últimos partidos nos convirtió a un jugador de gran despliegue físico, potencial talento y nula claridad como el “Gordo” Lavezzi en un jugador inteligente, ya que la potencia y virtud física no están reñidas con la inteligencia, como nos lo demuestran hace diez años Makele y Viera, y como nos deleitan hace más de tres años Eto´o y Drogba, y eso era algo que Lavezzi parecía no entender, todas las decisiones tomadas por él eran malas, centro en vez de gambeta, tiro al arco en vez de un pase, correr en vez de pensar, siempre mal; hasta que Ramón lo sentó, le habló y sacó de Ezequiel ese wing profético de los desbordes mortales y de los centros como puñaladas, sacó a ese amago de jugador, que ahora si perfila como jugadorazo.

Y es que Ramón sabe, y el fútbol está contento, porque él y Simeone llevan el timón de este nuevo fútbol argentino con delanteros, un fútbol sin cobardías, un fútbol de ir adelante, un fútbol a ser ganado en el área rival, y es por eso que para Ramón no fue dilema tener sanos a la “Gata”, a Lavezzi y a Silvera, ya que se la jugó con tres y ganó siempre, y si Ramón se equivocó, y hay que decirlo, es cuando se niega a poner su tridente contra Argentinos lo cual nos costó la victoria, pero no es terco Ramón y contra Arsenal demostró que poco le importa que le hagan dos goles si es su equipo el que marca cuatro, ergo campeones. No era fácil, no fue fácil,se los aseguro, se sufrío en todos los partidos (exceptuando dos: Boca y Racing) y Ramón lo sabe lo duro que fue; prevalecer sobre Estudiantes el indiscutible mejor equipo de la temporada, sobre el passareliano River que invirtió 27 millones de dólares que se tornaron en las 27 millones de putiadas y sobre el temible Boca de cuantioso fútbol, experiencia, jugadores y saber estar, liderado por ese Riquelme que cuando habla con los pies bien se le puede aguantar esa eterna y compungida cara de orto.

Y es que esto del San Lorenzismo tiene su enjundia, yo que de chico me cuestionaba cual Descartes su cogito o Pascal su fe, si alguna vez en mi mortal existencia vería al Cuervo Campeón. Desde aquella helada y memorable tarde de Rosario el 95 ya son tres las veces, cada seis años las dosis y siempre con un componente épico, de la hazaña al mando de Silas con 21 años de espera el 1995, pasando por los 11 triunfos consecutivos a partir de los goles de Romeo el 2001 y llegando a las lágrimas de Méndez y sonrisas de la “Gata” de éste 2007, San Lorenzo recordó su grandeza, le devolvió alegrías inmemoriales a niños y viejos, y como las 10 coronas de laureles demuestran San Lorenzo rezuma su grandeza. Ramón con sus renovados y lustrosos jugadores logró encaramar a San Lorenzo al campeonato, llenando de bendiciones y felicitaciones las plegarias celestiales del padre de la Massa y enorgulleciendo a toda la progenie de negros alados (y no dudosos ensotanados) apadrinados y auspiciados por Edgar Allan que por ésta vez se les ocurrió permutar el eleágico discurso por “Quoth the Raven, `Once more.'”.

viernes, junio 08, 2007

Enumeración sobre el valor primigenio de “Dead Man” de Jim Jarmusch

"Some are born in sweet delight, some are born in endless night", William Blake, Auguries of Innocence

Por esas extrañas gilipolleses que a uno se le pasan por la cabeza, en un afán de cachondeo y por mi innegable (muy criticada y vilipendiada) manía de preguntar demasiado, se me ocurrió hace algunos meses, de manera sumamente inopinada preguntar una suerte de poco fundamentada aseveración “¿No creen que “Dead Man” es la mejor película de la historia del cine?” Lo cual provocó reacciones que oscilan entre la risa y el inmediato repudio. Bueno, el episodio pasó, pero como otras preguntas mías que pasan a vagar al limbo del olvido ésta me volvía a la cabeza con recurrencia. Así, mi pregunta paso a convertirse en una cuestión conmigo mismo y a realizar una arqueología mental que dé sentido a cuestionamiento semejante. Decidí remitirme a la fuente para ver si lograba disolver las dudas poco cartesianas que divagaban por mis mientes, y lo cierto es que encontré no uno, sino
varios sentidos que hacían de mi pregunta no algo absurdo ni obsceno, sino algo premonitorio con una percepción que he desarrollado en torno al objeto de mi pregunta, “Dead Man” de Jim Jarmusch. Me explico en los siguientes puntos:

1. “Dead Man” fue estrenada en el festival de Cannes de 1995, justo 100 años después de la invención del cinematógrafo por los hermanos Lumière quienes empezaron a maravillar al mundo con uno de sus primeros cortometrajes y quizás el más emblemático "L'arrivée d'un train en gare de La Ciotat" (Llegada de un tren a la estación de la Ciotat). No soy muy afín a creer en coincidencias extraordinarias, pero el hecho de que se haya estrenado el western de Jarmusch 100 años después y que en la llegada del héroe William Blake al macabro pueblo de Machine se vea un arribo del ferrocarril muy parecido al registrado por los Lumière, no deja de ser una coincidencia o, sino, un homenaje sugerente y emotivo.

2. Jarmusch siempre ha sido un amante del cine en blanco y negro, lo cual no hace más que reafirmar su recalcitrante espíritu de cineasta independiente, como también parece ser un adorador del cine mudo, y aunque no llegue a los límites de “Juha” de su amigo Kaurismaki, Jarmusch parece adorar el silencio de los personajes y que sea esa incómoda incomunicación entre ellos la que nos revele las intenciones y emociones más profundas del realizador a través de sus personajes. “Dead Man” no es su filme más lacónico, aunque si se encuentra en la estela de su cine anterior, conjugando ese espíritu primigenio del cine: blanco, negro y mutismo (esa aspiración tan profunda de Murnau de que sean sólo las imagenes las que hablen y los rótulos se conviertan en un instrumento prescindible y superfluo, aspiración truncada por la llegada del sonido). La misma noción de Xebeche (alias del indio Nobody): “Aquel que habla fuerte sin decir nada” o a nuestro entender al revés, aquel que dice mucho sin hablar fuerte.

3. “Dead Man” es un western, extraño, exótico y críptico, pero no deja de ser un western, o sea cine de “género” si es que eso es posible para un autor como Jarmusch, y creo atisbar, en esa intención de hacer una película de “género” y elegir el western como vehículo, una seminal reivindicación del cine, de sus inicios, así como de su primer género propio, la película de vaqueros. El western es tan importante para el cine como para la joven cultura norteamericana que, carente de historia y de referentes, construyó su propia mitología en base a la conquista del oeste y de sus solitarios e incomprendidos héroes: los cowboys.

4. El western siempre ha tenido como subtexto la lucha entre lo incivilizado contra la paulatina civilización. En este caso, el protagonista no es héroe paradigmático del oeste, ya que no es ni un gran tirador ni un tipo duro, sino un endeble contador llamado William Blake, que a los ojos de su guía espiritual, el indio Nobody, es la reencarnación de poeta romántico inglés, que ha venido a ajusticiar a los “stupid fucking white men” permutando su candorosa pluma y lengua por el ardiente fusil justiciero. Jarmusch trasmuta los valores del género, hace que el indio sea el medium de Blake en pos de civilizar a los salvajes blancos, asunto muy recurrente en este director ya que siempre el extranjero –pese a sus taras idomáticas- parece ser la persona que más comprende la realidad y permite que exista una comunicación entre los personajes.

5. Otra fascinación de Jarmusch es el “road movie”, la exaltación del viaje como dador o sustractor de sentido, y eso nos presenta en la travesía espiritual de Blake por los parajes del averno (el pueblo de Machine y sus rededores), donde posee a su guía (Nobody) y a sus perseguidores que son los encargados de realizar su particular noche del cazador a cargo de un gigantesco Robert Mitchum. Toda la peripecia atraviesa los derroteros de la muerte, purificando su alma y el mundo, iniciándose en los misterios, perdiendo los anteojos para lograr ver de verdad, hasta encontrar a Caronte, el barquero que lo llevará de la “endless night” al “sweet delight”, donde el mar mira al cielo.

6. Todo el viaje de Blake parece ser un sublime homenaje a la historia del cine, con trazos muy sutiles; “Dead Man” parece remitirse a su origen, a su más simple e intrincado viaje por los años, a sus principio genéricos y formales, a sus fundadores, a su mística búsqueda a través de la mirada y a su parsimonioso y deleitable recorrido al son de las estremecedoras guitarras de Neil Young. No sé si sea la mejor película de la historia del cine, quiza no, pero “Dead Man” si es el mejor homenaje hecho por el cine al cine en sus primeros 100 años de espléndida existencia.


Ver: "Llegada de un tren a la estación de la Ciotat" (Hnos. Lumiere, 1895)


Ver: Fragmento del inicio de "Dead Man" (Jim Jarmusch, 1995)

martes, junio 05, 2007

¿La gente feliz no tiene historias


Si hay una banda a la que nadie le tira bola alguna en la historia del rock – y eso que de Nirvana se han visto y se siguen viendo cultos – me refiero a Therapy? con signo de interrogación. Sí, Marc no mentía cuando decía: “¿Qué va a decir tu mamá sabiendo que tus grupos favoritos son The Cure y Therapy??” Doble acierto; por un lado ¿Qué va a decir mi mamá? Por otro, son dos de mis bandas predilectas. Y la segunda tiene una caña que da catinga y solamente los iniciados tenemos acceso a ella.

Les propongo, si se lo proponen, tratar de buscar Looser Cop o Innocent X o Bowels of Love en internet y, si las encuentran digan sí sí sí, es la misma banda: sólida, agresiva y sarcástica, ácida y meláncolica. Es Therapy? Borrachos, católicos, payasos y grandes músicos )irlandenses tenían que ser(. Gente mal de bien o viceversa. ¿Y qué coño importa? Creo que enloquecí, no me acuerdo de mi propio nombre pero la masturbación me salvó la vida en la iglesia del ruido.

Therapy? a diferencia de Nirvana, tenía un baterista que no tiene nada que envidiarle a nadie de Dream Theater y un bajista que no se corre a ningun transe de cuerdas oxidadas de cerveza y ensarradas de drogas sintéticas y locas peores. Y un guitarrista que toca más de tres notas. Y, si se les cantaba, se suicidaban y sacaban un disco al año siguiente )vestidos de mariachis(. Y una ternura… no sé qué.

Therapy? es romper una botella y comersela a diente limpio al lado de un fan de Pantera satisfecho del acto. Therapy? es una acusación de bajo y bateria infectados de ritmo satánico-punkólico. Therapy? se persigna con una mano y la otra inyectada en el coño )propio o ajenjo(. Y no me digas que todo va bien en tu puta vida co(rrecta).

Therapy? Es una ¿Terapia? de punk y rock menospreciado por los pelotudos que no se toman la molestia – por pelotudos – de escuchar a un batero VIRTUOSO en una banda de baba de whisky infame y puño de cuerda vocal. Irlandesa y Católica banda; chistosa y melancólica banda.

Pesada y menospreciada banda de brutos geniales, genios brutales )?(adolescentes pajeros recuerdos en la trastienda del bar de más de media noche.

Olor a hospital vacío o lleno da igual. dice lo mismo: y estos tres se rien…

Si hay una banda a la que nadie le tira bola alguna en la historia del rock y no saben de lo que se pierden, me refiero a Therapy?

Punto final

miércoles, mayo 30, 2007

Dossier (Volumen I): El veto a la Altura

Iniciamos en el lar los Dossiers que serán bloques de artículos unidos por un hilo temático. En éste caso se trata el ingrato tema del veto que se quiere implantar para proscribir los partidos internacionales a 2,500 msnm., lo cual es un tema realmente acuciante para los colaboradores de éste blog por nuestra procedencia y por nuestro incondicional amor por el fútbol, uno de los epicentros de éste blog. Esperamos con impaciencia sus comentarios.

Cubileteros

Índice

El veto a la altura y la filosofía de la derrota



“Ayy la vida,
se me está yendo como se fue mi suerte,
poco a poquito,
pero eso no me hará llorar,
a mí jamás me acobardó la muerte”
Amigo (canción popular), Betzabe Iturralde.

Los domingos sólo sirven para dos cosas: tratar de curar la resaca (tarea imposible pero esperanzadora) y ver fútbol. El resto de lo que ese día significa es sólo tristeza. Este domingo un entrañable amigo me recibió con una aberrante noticia: jugar al fútbol a más de 2500 metros había sido prohibido por la FIFA. La indignación me llenó totalmente y me sacudió un escalofrío: ¿cómo serán de ahora en adelante los domingos en Bolivia?

No quiero acá presentar argumentos por los cuales esta medida es fascista, irracional e hija de puta (mejor: hija de hijos de puta). Ya lo ha dicho mucha gente y lo seguirá diciendo con mayor solvencia y poder de síntesis que yo. Sólo quiero expurgar rabia y penuria, el sentimiento colectivo que nos anega a todos los que transitamos por estas ciudades atrincheradas en los cerros. La indignación no permite ni ironía ni racionalidad, sólo preguntarse: ¿cómo se le puede quitar a un país entero, a tantas ciudades, algo que forma parte esencial de él, cómo puede quitársele a un pueblo entero uno de los sustratos más importantes de alegría, de emoción, de unidad?

No nos encontramos enfrente de un fenómeno menor: en el fondo, en la larga y compleja historia boliviana, sólo dos cosas han logrado que formemos un momento de unidad como país, de identidad nacional: la guerra y el fútbol. Las contiendas bélicas (siempre con resultado adverso: derrota y pérdida territorial de por medio) contra Chile y Paraguay lograron crear una incipiente conciencia nacional que logro algunas articulaciones nacionales, pero esto siempre sucedió en medio de la derrota, de la tristeza, de la muerte. En 1993, cuando en las Eliminatorias mundialistas logramos clasificar al Mundial de Estados Unidos (con un equipo espectacular, con jugadores en un gran momento, con un técnico lúcido y adelantado, con una dirigencia seria y entendida…fenómenos que incidieron más que la altura, piénsese sino en nuestras siguientes “performances” como Selección) el país entero desarrolló una identidad profunda y extendida, una adscripción a estas tierras, una toma de conciencia de lo que es Bolivia y lo que significa ser boliviano, pero esta vez lo hicimos en base a la alegría, a la euforia, al llanto contenido por años y años de ser siempre derrotados, por lagrimas de padres e hijos abrazados, por gritos de mujeres que arrimaban a todos, por un abrazo inmenso entre todos los que compartimos la dicha y la desdicha de nacer en el medio de esta tierra que nos abraza y nos expulsa, que nos cobija y nos evacua, que nos abraza y nos agarra a patadas.

Entonces ¿también nos quieren quitar una de las fuentes más importantes de unión en un país que cada tanto parece que se va a quebrar a pedazos? ¿Nos quieren quitar una de las pocas cosas que nos hace iguales, que nos dirige bajo un mismo objetivo, que nos muestra que todavía queda futuro para esta patria compleja y heterogénea? Bueno, iremos por otros rumbos, iremos juntos por la filosofía de la derrota. Volveremos a salir como fantasmas muertos de Boquerón (el fortín que en Septiembre de 1932 defendieron un puñado de valientes sabiendo que no había forma de ganar pero igual había que seguir peleando), iremos por el caos que iguala, por las manifestaciones colectivas que tumban al injusto como en Octubre de 2003, iremos llorando borracheras de tristeza entre huayños y ch´allas, iremos blasfemando contra los señores de la FIFA que nos quitan la oportunidad de jugar donde hemos nacido. Porque eso es lo que han logrado, nos han mostrado que en momentos tan duros como este, este país construye unidad y se plantea detrás de un suceso que encarna tristeza y muerte. Y eso es lo que está pasando, todos los ciudadanos de este país estamos juntos por la tristeza y desazón que nos causa esta medida.

Encontraremos nuestras formas porque este país no se muere, porque no se le puede quitar nada para que se caiga a pedazos, porque tenemos, como dice Borges, “esa dignidad que solo los perdedores pueden alcanzar”. Podrán derrotarnos todo lo que quieran, podrán postrarnos frente a la más terrible desesperanza, podrán hacer jirones con todos nuestros sueños, podrán mostrarnos la “verdad” impune y aciaga cada segundo. Pero nosotros seguiremos acá re-viviendo sueños, reconstruyendo epopeyas póstumas, reencontrándonos en medio de una ch´alla y una cerveza. Pero el punto de fondo es el siguiente: ¿lo haremos a través de niños corriendo detrás de una pelota de fútbol, a través de millones de almas mirando al equipo de sus amores jugar en la ciudad donde han nacido o lo haremos a través de la derrota, la muerte, el enfrentamiento? la respuesta la tienen solamente los grandes señores de la FIFA.

“Ventaja injusta” o hipocresía de los poderosos


“Nada en el mundo es más peligroso que la
ignorancia sincera y la estupidez concienzuda.”

Martin Luther King Jr.

Pasaron casi trece años desde la fantástica victoria boliviana ante el coloso futbolístico mundial, Brasil, en las eliminatorias sudamericanas para la Copa del Mundo de Estados Unidos de 1994. Un sorprendente equipo boliviano, con figuras como Etcheverry, Sánchez, Melgar y otros héroes lograron lo que hasta esa fecha parecía imposible, noquear al hasta entonces tricampeón, en competiciones de eliminatorias mundialistas. El histórico resultado (Bolivia 2 – Brasil 0) echó por la borda 40 años de invicto futbolístico, una hazaña digna de ser contada a lo largo de los tiempos. La historia posterior encontraría a Bolivia clasificada por primera vez a la fase final de un Mundial por méritos propios, y a Brasil como ganador de su cuarto título Mundial.

El magnífico triunfo boliviano, realizado en la ciudad de La Paz a 3,600 metros de altura sobre el nivel del mar, caló hondo, muy hondo, en los corazones brasileños, a pesar de ello en aquel momento aceptaron la derrota con dignidad, es por eso que sorprende ahora verse, una vez más, en disputas por un veto a competiciones futbolísticas internacionales por encima de los 2,500 metros sobre el nivel del mar, suena casi irrisorio, menos con argumentos médicos y de ventaja injusta.

Como ya se hizo saber, ningún deportista sufrió jamás graves daños a su salud por realizar prácticas deportivas en la altura, o por lo menos no encontramos antecedentes de que ello hubiera ocurrido, es más, muchos atletas olímpicos realizaron entrenamientos en la altura para mejorar su condición física antes de una competición internacional y una cantidad de record Bolivarianos se batieron en los juegos del 1977 realizados en La Paz. Pero vayamos al análisis de los logros y resultados deportivos, principalmente de fútbol que es lo que ahora concierne:

  • Bolivia logró clasificarse sólo una vez a un Mundial de fútbol, lo citado, en 1994;
  • Ningún equipo boliviano logró consagrarse campeón de una copa Libertadores, de una copa Sudamericana, de una CONMEBOL, ni de una mal llamada MERCONORTE;
  • Salvo el gran club Bolívar, ningún otro equipo boliviano llegó a instancias decisivas en competiciones internacionales;
  • En los últimos siete años ningún equipo boliviano logró siquiera clasificar a la ronda de octavos de final de la Copa Libertadores de América.

Entonces, ¿por qué se pretende hacer creer que la altura es una ventaja injusta ante los rivales que visitan ciudades de considerable altitud, en concreto la ciudad de La Paz?, por lo menos los logros deportivos no indican que ello ocurra, en mi opinión el que juega mejor al fútbol siempre logrará ventajas sobre el rival, no por condiciones territoriales, de temperatura o de altura, sino por términos netamente futbolísticos.

Así, por mucho que intentemos encontrar las causas que llevan a los países vecinos a vetar una condición geográfica de regiones que juegan fútbol en ellas, nuestra “inhumana altura”, no encontraremos razones de peso, puesto que razones médicas y de ventaja injusta parecen ser poco contundentes a la hora de probarlas y son los argumentos utilizados para quienes defienden el infame veto.

¿A qué conclusión podemos llegar?, a que el veto viene orientado por otros motivos todavía no muy claros, que pueden variar entre discriminación o intereses deportivos de las históricas potencias futboleras del continente, léanse Argentina, Brasil y Uruguay, o por ambos. Lo lamentable del hecho es que los países afectados sean discriminados por una actitud fascista en su propio continente, y lo más vergonzoso es que la FIFA – ente deportivo que debe defender una sana competencia del fútbol en cualquier lugar del planeta – auspicie y sea portavoz de tal aberración, atropellando la dignidad y soberanía de varios países que no hicieron nada más que hacer prevalecer el derecho de jugar como locales en el estadio que consideran el mejor para la competencia, aprovechando su ventaja de localía, ya que ser local en La Paz o en la Conchinchina, pasando por el Maracaná de Rio de Janeiro o la Bombonera de Buenos Aires es una obvia, sobrentendida y legítima ventaja.

Está por demás recordar que en una competencia leal se juegan dos partidos, ida y vuelta, con un equipo de local y otro de visitante, no se juega un solo partido en la altura, o un solo partido en el llano, lo hermoso del fútbol es justamente el derecho a una revancha para lograr establecer quien es mejor en el agregado de ambas condiciones y por lo general (lo digo porque el azar puede jugar en contra) siempre el equipo mejor en términos futbolísticos prevalecerá sin importar que se haya jugado a 3,600 metros o a 50 grados centígrados.

Esperemos que el próximo campeón mundial realmente se pueda sentir mundial, puesto que si excluimos a ciertos países o regiones, el sentido de globalidad que encierra la palabra MUNDO no existirá y por cierto el ganador de dicha competencia tendrá a bien llevar con orgullo el título de “Campeón de los países en los que se permite la práctica del fútbol a menos de 2,500 metros de altura sobre el nivel del mar”, esperemos que se lo agradezca a la FIFA y que Oh Rey Pelé le entregue el trofeo.

Equipo chico la puta que te parió, equipo chico la puta que te parió…


Casi todos los domingos, porque mi equipo, el equipo al que yo sigo rara vez juega entre semana, me acuesto con la dichosa cantinela en mis oídos pues cada domingo es una derrota. Pero es mi equipo. Y además, amo el fútbol. Así que domingo tras domingo pego mi oído a la radio para escuchar como perdemos de nuevo. Y me asomo a las 28 pulgadas de mi televisor cada vez que dos equipos dirimen sus carencias ante el balón. Y digo bien, porque el fútbol es ese deporte que deja desnudos a todos aquellos que no se llamen Diego Armando Maradona. A este, le desnuda la vida pero esa es otra historia como diría Onetti.

El fútbol… No puedo decir que me guste todo en él, pero es como las mujeres: puedo soportar que se desangre cada veintiocho días. Puedo soportar que cada mundial desde el año 1986 sea cada vez más lamentable, sigo cada decepción de la selección española aunque juro siempre que esa será la última, trago con dificultad que todavía no se arbitren los partidos con el vídeo, que los jugadores cada vez sean más teatreros, que las televisiones digan qué puedo ver y que no, que ya no haya comentaristas ni narradores sólo estúpidos lameculos sometidos a bastardos intereses, que todo se reduzca a dinero, que se siga mirando a otro lado en la compra de partidos, que los árbitros yerren en la misma dirección, que las mujeres no sepan qué es un fuera de juego, que se le perdonen todas las agresiones a Roberto Carlos, que a los clubes ingleses los compren millonarios rusos, que Brasil, Italia, Alemania ganen por decreto, o el Real Madrid, Barça, Juve, Milán, Bayern, River o cualquier otro equipo etc. que todos podamos recordar…

Lo llevo mal. Cada vez peor. De hecho, de a poco que me voy pasando al fútbol virtual. ¿Qué será lo que me eche de este maravilloso mundo, mi mundo, del mundo que amo?

Esta mañana me enteré que mis amigos bolivianos no podrán ver jugar ya más un partido internacional en La Paz. El miedo se hizo realidad. Imagino vuestra indignación, porque es la mía. ¿Quién hostias son para decir que a más de 2.500 mts. no se puede jugar al fútbol? El fútbol es tan suyo como nuestro. No voy a pedir aunque pudiera, que jamás se vuelva a jugar en Brasil o en Rusia por poner ejemplos de sitios donde el clima es tan benigno como las intenciones de un Havelange o un Blatter cualquiera. La próxima es lo de los campos de hierba artificial. Me imagino que no tendrá con nada que signifique llenarse los bolsillos mediante comisiones depositadas en bancos suizos.

Pronto dimitiré de esto del fútbol, pues cada vez se parece menos a sí mismo. A los que quedéis, luchad, llamadlos mercenarios hijos de puta, reventadles las de lunas sus coches, escupidles en los zapatos. Nuestra pasión nos da derecho a algo mejor de lo que nos ofrecen. Y si se remiten al puto valor del dinero, compradlos con dinero falso. No somos meros consumidores de highlights, nuestra memoria es la gloria de todos ellos. Con eso, están más que pagados.

Joder… que no se va a poder jugar a fútbol en Bolivia y en paisajes semejantes, y seguro que lo primero que construirán en la luna será una réplica de Maracaná…

Iñaki Arbeloa
desde Madrid, España

Democracia universal vs. Fascismo futbolero: Cuestiones sobre el veto a la altura


El fútbol es uno de las manifestaciones más universales y democratizantes que hay hoy en el mundo, lo practican hombres y mujeres, gordos y flacos, buenos y malos, lo siguen niños y ancianos, pobres y ricos, chinos y nigerianos, evangelistas y ateos y así podemos seguir enumerando las causas porque el fútbol es uno de los agentes que transversaliza casi cualquier sociedad humana. Ahora una cosa hemos obviado en la enumeración anterior y es dónde y en qué condiciones se juega el fútbol, creo entender que en el desierto, en la nieve, en la playa, en las montañas, en el frío, en el calor, en la humedad y así podemos seguir hasta abarcar todas las topografías y climas del orbe, y por eso el fútbol es un fenómeno democratizador global, porque no importa la raza, el credo, la afiliación política, la temperatura o el lugar geográfico de quien y donde se practique, porque se lo practica en todos los paralelos y latitudes donde haya un amago de esfera y un niño dispuesto a golpearlo con el pie.

La FIFA como ente supremo, organizador y defensor de lo que es el fútbol, es el encargado de velar y proteger tal universalidad, por eso dicha institución congrega a todos sus afiliados a participar en la Copa del Mundo, la cual se disputa durante tres años por todos sus integrantes clasificando los mejores 32 a ser finalistas de las finales de la Copa del Mundo a ser disputadas cada cuatro años en un país sede.

En los albores del inicio de la XIX Copa del Mundo nos encontramos con una resolución anunciada en el último congreso de la FIFA de que “Por razones médicas y para proteger la salud de los jugadores, el Ejecutivo resolvió que, en el futuro, no se deberá disputar partidos internacionales a una altura superior a los 2,500 m.s.n.m.”, lo cual es un leso acto de fascismo deportivo, ya que todo ese concepto hermosamente democrático y globalizante se derrumba por una imposición intolerante y discriminatoria, justificada de manera endeble, ambigua y arbitraria, violando de esta forma el propio objeto y sino de sus estatutos que rezan lo siguientes en los sucesivos artículos e incisos:

Artículo 2 Objetivos
Los principales objetivos de la FIFA son: a) mejorar el fútbol y entregarlo al mundo, considerando su carácter universal, educativo y cultural, así como sus valores humanitario, concretamente mediante programas de desarrollo y juveniles.

Artículo 3 Lucha contra la discriminación

Está prohibida la discriminación de cualquier país, individuo o grupo de personas por su origen étnico, sexo, lenguaje, religión, política o por cualquier otra razón, y es punible con suspensión o exclusión.


Esas encomiables razones que forman el corazón del ente de marras, están sufriendo un aberrante acto de vilipendio enunciado y promulgado por ellos mismos, al juzgar la imposibilidad de practicar el fútbol a nivel internacional en poblaciones de altitud superior a 2,500 m.s.n.m., lo cual excluye a por lo menos tres capitales sudamericanas: Bogotá, La Paz y Quito quedando excluidas a su vez ciudades de países como Perú, Chile y Venezuela, y fuera de sudamérica México, Argelia, Nepal, India o Estado Unidos, lo cual detenta contra la misma esencia de lo ecuménico del juego que la FIFA hipócritamente pretende defender, ¿no son acaso la geografía y la etnia dos factores innatos, inexorables e inalienables del ser humano? Atentar contra esto en el derecho de no poder practicar en fútbol internacional es una discriminación patente que según los mismos estatutos es punible y causa de suspensión o exclusión ¿a quién se debe penar o suspender o excluir? ¿Será a la FIFA misma por violar sus propios estatutos? Menuda contradicción.

Para sustentar el veto se aducen razones medicas y de protección al jugador, argumentos que parecen tan absolutos, solventes y cuantiosos como la cantidad de jugadores que han sufrido daños físicos a causa de la altura. Los antecedentes son tan escasos por no decir inexistentes que el veto que se quiere instaurar parece una oda a la discriminación.

Pero todo esto no deja de ser sospechoso. ¿Por qué la FIFA ciegamente quisiera contravenir sus más latas predicas y supuestas defensas? ¿No parece más bien un complot manipulado por Julio Grondona, Ricardo Texeira y Nicolás Leoz, todos de países sudamericanos con interés real de no jugar en la altura, que casualmente son los representantes del continente en el Consejo de la FIFA? ¿No será el miedo de estos personajes de que se aumente el número de partidos a disputarse en la altura el que los lleva a manipular la situación de tal modo que por lo menos cuatro países se vean perjudicados con el fallo? ¿No es vergonzoso y cobarde que los fútboles más grandes de América, Argentina y Brasil, usen estas infames argucias para favorecer sus triunfos, cuando nunca en el pretérito lo han necesitado e igualmente han prevalecido en el campo de juego? ¿No existe acaso una inmensa negligencia y afán de sabotaje en un nefasto personaje como el boliviano Romer Osuna, tesorero de la Conmebol y esbirro del mismo Leoz, quien no hizo notificación alguna al país en los albores de un anuncio como éste? ¿No habrá dentro del seno del fútbol boliviano un oscuro interés para permitir semejante usurpación de nuestro derecho, como otrora se dio bajo la presidencia de Edgar Peña que vendió la sede a Brasil para que Bolivia juegue en Santa Cruz en la eliminatoria para España ´82*?

Todas estas cuestiones nos intrigan y si fueran verdad nos indignarían de sobremanera por su pérfido proceder y su fascista quehacer. Esperemos que en una alianza conjunta todos los países afectados hagan causa común y defiendan su inalienable e innato derecho territorial y futbolístico para que no triunfen un puñado de corruptos y ventajistas cobardes, y sea que finalmente la pelote no se manche, y que se de un triunfo de la tolerancia, del fútbol y de su enorme e insobornable universalidad.


*Fe de erratas: Como indica Marcelo en su comentario la cesión de la sede fue en las eliminatorias para México ´86.

domingo, mayo 27, 2007

Marlowe, Fenner y el agente de la Continental: algunas notas sobre la novela negra


“Van Dyke había caído de rodillas tomándose el estomago. El pelo le caía sobre la frente mientras el saco, que tenía un solo botón abrochado, estaba inflado como una bolsa. - Déjemelo, Marlowe. - ¿Ahora que está blandito? No, compañero, no le pegue nunca a un hombre que está peleando con otro.” Osvaldo Soriano, Triste, solitario y final.

La fórmula, a priori, parece bastante simple: un asesinato, una intriga, un tipo duro, una mujer fatal, un cachiporrazo y un final que devele todos los misterios. La estructura, a priori, parece bastante simple: un encuentro con un personaje (casi siempre femenino) que plantea un dilema, la búsqueda a través de extraños sucesos y complejos personajes, el encuentro, repentino y extraño, con el hilo que desencadena la verdad de los sucesos. El tono, a priori, parece bastante simple: lenguaje parco, narración simple y dura, diálogos convincentes y ocurrentes. A priori, a priori.

Sin embargo, la novela negra relacionada a Chandler, Mcoy, Goodis, Hammet o Hadley Chase entre tantos otros tiene algunos componentes subterráneos que la hacen fascinante y sugestiva. Entre muchos, en este escrito se pretende abordar algunas características del protagonista (había pensado usar la palabra héroe, pero no me queda claro si es un epíteto que retrata a los actores centrales de las aventuras detectivescas) de este género: el detective.

Mucho se ha escrito sobre la novela negra, a veces me parece que sucede con ella un fenómeno parecido al fútbol: mucho tiempo pareció un espacio banal y simplón (hasta cierto punto despreciado por los intelectuales) para después ser “redescubierto” desde la academia como una fuente insondable de lucidez y encanto. Entre tantos escritos, alguna vez creo haber leído algún artículo de Piglia donde afirmaba que la novela negra era también un manifiesto político contra el orden establecido en los Estados Unidos, un alegato contra la dominación de la sociedad capitalista y uno de sus mecanismos más ríspidos de coerción: la policía. No recuerdo bien el artículo y la interpretación sea tal vez muy libre (aunque en el caso de Piglia, por razones prosaicas, eso no tiene mucha importancia) pero me parece posible poder deducir que el detective simboliza muchas veces un espacio de resistencia social, un ente libre ajeno al Estado, capaz de encontrar la solución a problemas que la incompetente policía no puede resolver. Por otro lado queda otro guiño político, la crítica a la burguesía gringa: su falta de transparencia, sus turbios secretos, sus hipócritas convenciones, sus deslealtades…en fin, su decadencia (tal vez acá sea importante acotar la pertenencia de Hammet al partido comunista norteamericano).

Pero tal vez el rasgo que más me seduce de estos protagonistas, el que pretendo reseñar modestamente en este escrito, más allá de sus conceptualizaciones como símbolos de intransigencia frente al Imperio, es la encriptada ternura con la cual realizan sus acciones. Hay en Marlowe, Fenner o el agente de la Continental (personajes de Chandler, Hadley Chase y Hammet respectivamente) una extraña devoción a su trabajo, una lealtad con ellos mismos y con sus clientes, un compromiso tácito en llevar a cabo el trabajo con entereza y honestidad, una preocupación extrema por el destino de sus contratantes, más allá de la búsqueda del misterio y la verdad. En ese sentido, encuentro una diferencia con exponentes de otra vena de la novela negra: Dupin y Sherlock Holmes (protagonistas de Poe y Conan Doyle), para ellos la búsqueda de la verdad es un juego de inteligencia, una postura personal e individual ante el misterio, más que una preocupación ética social frente a las vicisitudes de una persona en aprietos. Preocupación teñida de ternura que muestran Marlowe, Fenner y el agente de la Continental; veamos algunos peregrinos ejemplos.

Marlowe, en “Playback”: se observa como el cansancio y el aburrimiento del detective se van tamizando por el amor y la ternura; a pesar de que se ha dicho que por ser la última novela de Chandler el amor aparece más directamente, casi como un artificio, es innegable que la llamada de Linda al final de la novela (que se ha ido hace tiempo y cuyo recuerdo acecha como un fantasma las cavilaciones de Marlowe) y la reacción del detective terminando con un: “Estoy aquí. Igual que siempre” (planteándole que la esperará como y para siempre) sólo confirman rasgos que el personaje había mostrado antes con muchas mujeres fatales que daban rienda suelta a sus aventuras.

Fenner, en “El secuestro de Miss Blandís”, se inmiscuye desde palco al ver que la policía no entendía ni un poco de lo que estaba pasando, decide entrar al caso por una motivación ética más que monetaria: el sufrimiento de una hermosa dama secuestrada por una banda de rufianes que la someten a malignos vejámenes. Cuando la rescata, sabe que la muerte, por los traumas psicológicos, ya se ha apoderado del alma de la muchacha, la lleva a un hotel antes de que vea a su padre e intenta (desde la dureza que sólo tiene un detective privado) insuflarle un poco de consuelo y tranquilidad, sin embargo intuye que ya es tarde…poco después la mujer se lanza desde el balcón al vacío.

El agente de la continental, en “Cosecha Roja”, transita por Personville (mejor: Poisonville), una ciudad marcada por el crimen, los gangsters y el envilecimiento por el dinero. El entorno lo va marcando, convirtiendo su aséptica manera de entender un crimen en un odio profundo y planificado hacia el entorno. Sin embargo, aún en estas complejas demarcaciones hay algo puro: la fidelidad con el trabajo, el incipiente amor por Dina Brand y la toma de conciencia de la consecuencia de los duros en contraposición a la hipocresía de otras personas.

Estos son sólo algunos ejemplos para inferir un esbozo del proceder de los detectives duros, de la devoción a su trabajo, de sus convicciones particulares, de la ternura que, camuflada y subrepticia, dirige sus pasos por el misterio y la incógnita.

En una entrevista, allá por 1973, Onetti aseveró que era un ávido lector de novelas policiales. “A quién lee” le preguntaron. “Dashiell Hammet o Raymond Chandler” respondió. “¿Descubre al asesino?”. Pensó un poco, se arremolino en la silla y contestó: “Siempre. Basta con tener humildad”.

martes, mayo 22, 2007

Desafíos del cineasta boliviano ante las nuevas tecnologías*


Debido al escaso y valioso tiempo de ponencia es necesario abreviar los pensamientos que surgen tras una reflexión personal sobre los temas que hemos venido a tratar y que tanto nos interesan. Esta reflexión puntual se enfoca, ante todo, en los problemas y ventajas de las nuevas tecnologías en nuestro contexto de producción.

En primer lugar me parece imperativo recalcar lo relevante de lograr una concordancia entre forma y contenido, no solo en las manifestaciones audiovisuales sino en toda expresión artística. En un pequeño seminario de dirección con Marcos Loayza quien, aclaro, no tiene otro parentesco con nosotros que el común denominador de desenvolverse en el mundo audiovisual, éste nos dijo, no sin bastante lucidez, que lo único que puede determinar si una película es buena o mala no depende del contenido en sí o del aspecto formal en sí, sino la medida en que la historia sea fiel al universo que proponen sus premisas estéticas y narrativas.

El arte posmoderno, más que una tendencia en sí se trata de una especie de buffet donde están a disposición del artista todo un bagaje de recursos estéticos, simbólicos y narrativos así como una considerable paleta de instrumentos que, en las etapas clásica y moderna, se veían limitados a determinados contextos de elite situados en puntos privilegiados del planeta o simplemente no existían. El arte posmoderno, más que una nueva propuesta, más que una ruptura, consiste en crear una visión personal, subjetiva a través una forma singular de darle uso a todos los instrumentos antes mencionados. A lo que apunto con esta reflexión es que el contexto en el que nos toca hacer cine no es un contexto de ruptura sino más bien de re-lectura. En ese sentido yo me declaro en una posición anti-posmodernista desde una perspectiva tanto artística como filosófica, el arte ha sido siempre re-lectura del pasado, reminiscencia; los grandes revolucionarios en el arte han sido grandes conocedores y amantes de sus antecesores, mezclando alquímicamente ciertas técnicas de estos con nuevas intuiciones, nuevos instrumentos, en nuevos contextos socioculturales. En ese sentido el arte sería desde el principio, lo que me parece absurdo, posmoderno. Nadie nunca inventa nada nuevo, todo se ha hecho antes, lo lindo es re-leer, re-pensar las obras del pasado.

Si me refiero tan enérgicamente a esta condición acumulativa y retroalimentativa del arte, y más específicamente del cine, es porque si el nuevo cineasta boliviano no tiene esa humildad de seguro se enfrentará a un gran problema cuando se vea delante de todo este nuevo arsenal de instrumentos que permiten abaratar costos y dejar volar y violar la imaginación en todo sentido. Hoy por hoy, la fascinación que nos provoca el hecho de que sea accesible producir una película nos puede también hacer olvidar de que es necesario una idea que sustente a la aventura cinematográfica. Otro peligro de tener una isla virtual de edición que tenga todos los instrumentos de montaje hasta hoy conocidos como el Final Cut o un laboratorio virtual de fotografía como el Photoshop no quiere decir que la persona que lo maneje entienda esos instrumentos y los utilice óptimamente. La precariedad instrumental del pasado era útil en el sentido de que si un creador se aventuraba a experimentar en un contexto clásico era porque estaba siendo guiado por una idea: Vértigo de Hitchcock, Soy Cuba de Kalatozov o El Testamento del Doctor Mabuse del maestro Fritz Lang son películas filmadas con instrumentos del pasado pero ideas muy contemporáneas formalmente. Todo ya se ha hecho, y si el cineasta boliviano no se sumerge en la historia del cine puede caer en la deriva de creer que está inventando la pólvora y quizás solamente está repitiendo de mala manera lo que ya se había ideado hace cuarenta años sin necesidad de una G5.

Todo ya se ha hecho y eso antes del cine digital: cámaras de movimiento inexplicable, dobles exposiciones, efectos inverosímiles de desdoblamiento, pantallas partidas en cuantos cuadros se quiera, aceleraciones, montajes frenéticos, cambios estroboscópicos de positivo a negativo, sobreimpresiones múltiples, apariciones y desapariciones de personajes, todo ya se ha hecho y quizás no sea necesario ir más allá de Meliès en la historia del cine para comprobarlo: lo importante, y a eso se deberían dedicar las escuelas, es enseñar a hacer uso de esos instrumentos conceptualmente, enseñar el lenguaje cinematográfico para que el joven cineasta tenga una estructura básica para empezar a experimentar. Es necesario también que el joven cineasta se empape más de cine clásico, latinoamericano, de autor o nouvelle vague que de cine pirotécnico hollywoodiano o de videos de MTV. Esto lo digo, primeramente, y justamente dentro de la exigencia de conjunción entre fondo y forma, dado que en nuestro contexto de producción por más abaratados que sean los costos debido a la tecnología digital jamás se puede llegar a las perfecciones técnicas de cualquier película que nos llega al ilustre cine “Monje Campero” y digo cualquiera, no Matrix o El Señor de los anillos. Y en segundo lugar ¿Queremos hacer ese tipo de cine? Ojalá que no. No digo en base a esto que haya que hacer cine indígena y social como hizo en su momento Sanjinés, pero en Bolivia hay tantas historias que contar que no se parecen en nada a lo que Hollywood pretende que sería una pena que el cineasta boliviano se contagie de la enfermedad de lo políticamente correcto tan querido en Hollywood y tan ajeno a nuestra realidad.

El peligro de las nuevas tecnologías surge de manera alarmante cuando se trata de concebir ese concepto tan fabuloso y confuso como es el de “experimentación”. El joven cineasta boliviano tiene que enfrentar dicha amenaza con mucha humildad. En ese sentido los cineastas realmente experimentales como David Lynch, Lars Von Trier o Peter Greenaway pueden ser buenísimos como nefandos ejemplos para los nuevos realizadores de cine ya que su osadía estética y narrativa puede llevar al nuevo artista a decir: “todo vale” y perder el rigor que caracteriza una obra maestra o, lamentablemente, perder el rigor de una obra que cumpla los mínimos requisitos para ser difundida en salas. No debemos olvidar que estos tres genios no solo han dominado la estética clásica sino que se la han apropiado de una manera personal y cuando la han negado ha sido con todo el conocimiento de causa y no tras un capricho aparecido al juguetear con el Final Cut.

El cine digital, que comprende toda una nueva serie de instrumentos de producción y post-producción, es una bendición para el cineasta boliviano dado que ya tiene acceso al bagaje material de una producción audiovisual pero también puede tornarse en una maldición si, al verse sobrepasado por los instrumentos, se olvida del contenido, de la idea, de la puesta en escena, del guión, de la construcción de los personajes, de la historia y consigue a penas lograr un compendio de elementos inconexos proyectados en una pantalla que no transmiten absolutamente nada: cero emociones, cero reflexiones, cero belleza, cero mensaje. Este segundo escenario puede ser terrible para la producción nacional a largo plazo ya que la competencia nacional del cine hollywoodense del “Monje Campero” y “Cine Center” van a ser películas de pésima calidad, que se pretendan innovadoras y no lleguen a ser ni grotescas. Es necesario, y con esto quiero concluir, lograr no solamente una invasión de “juguetes de alta definición” sino una invasión de ideas cinematográficas, hace falta un diálogo con los maestros del pasado sin importar la diferencia contextual de espacio-tiempo ya que el lenguaje universal que todos queremos hablar es el cine y una buena película lo es en la Bolivia post-emenerista como en la Francia de las vanguardias o en Rusia comunista. Una película genial puede haber costado 150 millones de dólares o diez mil, lo importante son la ideas y cómo expresarlas ¿Dónde pescar estas ideas? En la vida cotidiana, en las películas, novelas, cuadros y canciones del pasado, en una peluquería, en una revolución o en una fantasía de semi-vigilia. ¿Quién sabe? Para esa faena no hay escuela pero ello no quiere decir que no sea la primera y más importante etapa de construcción en una obra de arte: con el Final Cut y la HDV ya tenemos con qué hacer ahora cabe más que nada pensar, mucho, mucho en qué hacer. Muchas gracias.

*Esta ponencia fue expuesta el viernes 13 de abril en La Paz, Bolivia en el marco del Encuentro de Cineastas Sub-40: visiones e inquietudes organizado por el CEDOAL y el CONACINE, donde Diego y Alvaro Loayza fueron invitados en representación de Cubitel Producciones; ésta ponencia completa de Alvaro Loayza antes posteada en el blog.

sábado, mayo 19, 2007

Egocentrismo de un pájaro: tantas idas y venidas… y corridas


Egocéntrico ¿yo? Preguntome con notorio desagrado el muy desventurado al leer este encabezado.

“Si, tú, hijo de perra…” le respondí con prontitud y aplomo, no me iba a dejar intimidar por él esta vez, pese a que finge una mirada con desdén desde ahí abajo cual patricio que se cree. No es que yo esté loco como norcoreano deprimido por el hecho de discutir con “él”, mas al contrario, es una muestra de total coherencia y sanidad mental ya que a partir del día hoy, Él no podrá regir mi vida en todo momento y ocasión a total agrado como lo ha hecho hasta ahora.

Invade mis momentos más privados, irrumpe en conversaciones, interrumpe películas, corrompe los más puros pensamientos, hasta osó perturbar jornadas futboleras con una sola idea fija: panochita… tibia, jugosa, brillante, deleitable y agridulce panochita. Y es que es tan insaciable en el tema panochesco que no le importa el contexto de la misma; la portadora puede ser una deli como any given chota, le da igual… de todas formas es una panocha, se dice a sí mismo.

Explicado esto queda en evidencia, y a favor de muchos desdichados que alguna vez en su existencia hundiéronse en lo mismo, que yo no soy ocasionalmente chotero sino, más bien, “él” es reincidentemente chotipanochero. Sueno hasta cierto punto esclavizado en mis apreciaciones pero no exagero nada. Nos las damos de seres superiores y pensantes y considero que es mera exageración ya que solamente somos una extensión -con ciertas facultades- de nuestro miembro que es único señor y amo. Dada su naturaleza pasional y dramáticamente carnal, el tuerto tieso es el ser más corrompible que habita el planeta y sus caprichos han desencadenado grandes eventos en la faz de la tierra: han caído imperios, importantísimos descubrimientos se vieron retrasados, continentes desaparecieron, guerras surgieron. Nuevas teorías de eminencias sobre el tema sostienen que el mismísimo Hitler sucumbió a causa de la panochita de la buena de Eva Braun (menudo nombre de pila que le pusieron a la doña), puesto que se la pasó culeando como cabrón durante la caída del régimen nazi. Incluso protagonistas de corazón pedroso y carácter altamente voluble e inflamable como el entrañable Nazi de las salchipapas (ver artículo del Nazi) se ven sosegados y seducidos por una buena panocha fresca.

Por lo tanto la próxima que nos miremos con cierta complicidad con alguien y se comente: “¡puta! que arrecho es ese cojudo…” pensemos primero que NO es su culpa, es solo una víctima más de las innumerables triquiñuelas del morador inferior. A todas esas señoritas que se ven acosadas por entes escabechados en alcohol, mis disculpas, pero os repito, NO es culpa del santo varón. Si es de por sí complicada labor controlarlo sin estimulantes en el cerebro, deben imaginarse lo duro de lidiar sin la sobriedad, el único moderador de la milenaria cachilera. No es fácil, sean un poco más comprensivas.

Es así que pese a que no dije nada bueno del señor éste, de todas maneras se merece mi respeto y el de todos y de todas. Valga que, conciente de que de los placeres sin pecar, el mejor es cagar… ¡!!!chinga tu madre!!!!! Prefiero pasármela pecando que ejercitándome…manda la divina voluntad del gran “señor” de los anillos de cuero.

Urtika

jueves, mayo 17, 2007

¿Quién dijo que el fútbol es sólo un juego en Bolivia?



¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales. (Eduardo Galeano)

Comparto la idea, que la metáfora impregna la vida cotidiana, no solamente el lenguaje, sino también el pensamiento y la acción, pues nuestro sistema conceptual ordinario en términos del cual pensamos y actuamos, es fundamentalmente de naturaleza metafórica. Así, Eduardo Galeno, dijo que el fútbol es el opio de los pueblos, que el gol es el orgasmo del fútbol, que como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna.

Mucha gente encuentra en el fútbol el único espacio de identidad en el que se reconoce y el único en el que de veras cree, hay quienes dicen también que son sorprendentes los resultados de esta terapia capaz (el efecto fútbol) de devolver los perdidos sentimientos de pertenencia y fraternidad: el deporte, y sobre todo el fútbol, es uno de los pocos lugares que brindan refugio a quienes no encuentran lugar en el mundo, y mucho contribuye al restablecimiento de los lazos solidarios rotos por la cultura de la desvinculación que hoy por hoy manda en el mundo (Bolivia no se encontraría al margen de tal panorama).

Tan evidente llegaría a ser “el efecto fútbol” que si nos retrotraemos –por un instante- a los años dorados y maravillosos, previos al 1994 –cuando fuimos al mundial de EEUU- con alegría mental, nostálgica y hasta melancólica, vienen a nuestro recuerdo esas inolvidables jornadas de algarabía y felicidad, empapadas de identificación, unidad y concilio entre los bolivianos, se había dado –sin querer queriendo- una unión nacional de carácter cuasi-conyugal… un matrimonio de hecho cargado de los mejores sentimientos de amor y pasión.

Saltan a la memoria, las caras pintadas en tricolor, de grandes y chicos, los sentimientos de orgullo por lo nacional, unas cholitas cargadas por Trucco, quitarle el invicto al Brasil, la defensa conjunta de Rimba por el matecito de coca, la cartita para el record, las banderas bolivianas por doquier...ganarle a Chile en su propia cancha, las goleadas a Venezuela, se sentía que no eran sólo once valientes jinetes los que se encontraban cabalgando en busca y obtención de la gloria... eran más de nueve millones de bolivianos repartidos en todo el mundo los que nos sentíamos ganadores, que formábamos parte de algo grande, importante y relevante, sentíamos que estábamos destacando en forma positiva en una vitrina donde destacaba lo bueno, donde sólo los triunfadores podían ingresar, coreábamos nuestro nombre patrio con orgullo, resaltaba y brillaba nuestro esfuerzo, nuestra organización, nuestro valor ...fue un objetivo conseguido por méritos propios... a puro pulmón…que tiempos aquellos...¿no?. Quien no recuerda a ese Bolivia–Alemania en la inauguración del Mundial… ya el resultado no interesa, estábamos y habíamos llegado valientemente a la ansiada y magna cita deportiva universal.

Fue cabalmente en ese entonces que la FIFA, nos clasificó dentro de su ranking, en el puesto Nº 41 por delante y encima de Chile (46), Ecuador (57), Perú (71), Paraguay (85) y Venezuela (109) –la campaña se inició cuando nos encontrábamos en el puesto 89- (al efecto consúltese el Libro El salto al futuro de la FBF). Dicho ranking, es reflejo de muchas otras cosas que se encuentran por detrás del simple número y del puesto, entre ellas, el esfuerzo, el sacrificio, el talento y preparación de los futbolistas, la capacidad del cuerpo técnico, la planificación, la decisión... y en especial, el compromiso, responsabilidad, organización, planificación, decisión y mentalidad ganadora de quienes se encuentran a cargo del proyecto... de la dirigencia. Fue un momento en el que pensamos que nuevos y buenos tiempos se avecinaban a todo vapor, a toda máquina y a todo chancho… se generó una renovadora y refrescante ilusión para todos los bolivianos… inocentemente, pensamos que las tormentas de derrotas y sin sabores deportivos, habían sido sorteadas, que se les había dado el pasaje de ida, sin retorno (el one way ticket) ...que ilusos e inocentes nosotros ¿no…?

Con motivo de la citada calificación que realiza la FIFA, a modo de ilustración, debe mencionarse que en la elaboración del ranking (véase la página FIFA.com) se consideran, entre otros, los siguientes factores: Competiciones preliminar y final de la Copa Mundial, Competiciones preliminar y final de campeonatos continentales, la Copa FIFA/Confederaciones y Partidos amistosos. La clasificación tiene en cuenta también otros factores además de la derrota o la victoria, se evalúa el número de goles, número de partidos disputados, los resultados anteriores, el lugar donde se juega y la importancia del encuentro, también tiene importancia la fuerza del adversario. Como se advierte e infiere hasta acá, el lugar de privilegio de quienes encabezan el listado, de los ganadores (en el ranking) está reservado para los que hacen bien las cosas... así de simple. Llegar a clasificar en lo alto del podio elaborado por la FIFA denota la existencia de las cualidades indicadas (el esfuerzo, sacrificio, devoción, talento, responsabilidad, decisión, buena organización, etc.).

Fue la dirigencia de ese entonces, junto a su cuerpo técnico y jugadores, quien tuvo a su cargo la enorme responsabilidad y desafío de darle semejante alegría y felicidad al país; fue quien apostó a la posibilidad del éxito, quien fue en contra de la historia y de las estadísticas, fue el culpable de hacernos ilusionar y pensar que todo iba a cambiar, fue quien se hizo cargo de una batuta que nadie había tomado (no había ninguna posta que tomar pues en los sesenta años previos nada se había hecho al respecto). En ese entonces fue inaugurada una verdadera embajada ambulante, encargada de hacerle saber y conocer al mundo entero que en Bolivia también se conciben, fabrican, cocinan y elaboran proyectos serios y responsables; en ese entonces utilizamos a la pelota como una bandera portadora del corazón y sentimientos de todos y cada uno de los bolivianos... Nótese entonces… el fútbol no es sólo un juego … la “selec” (como dicen los changos) era el estandarte nacional para propios y ajenos a tal deporte... fue una locura...

Pasados los años, después de dicha campaña, ahora ya en el 2007, cuando nos encontramos en el puesto Nº 101 de la FIFA, por detrás y debajo de todo el mundo (de Gabón, Congo, Zimbabue, Moldavia, Cuba, Panamá y Venezuela entre otros) nos damos cuenta, con lamento boliviano, que el efecto fútbol, la alegría, la ilusión, la embajada ambulante, el estandarte, el opio de los pueblos, la sensibilidad social lograda en esa época, el orgasmo colectivo y toda la percha de sentimientos de otrora, que aún sigo extrañando con melancolía, se han caído y se han roto; forman parte del pasado y posiblemente nunca más vuelvan.

Este lamentable diagnóstico apocalíptico, bajo la lupa de este fanático de la selección, encuentra justificación y respaldo entre otros aspectos, en una sensación de falta total de liderazgo en el fútbol, en la existencia sucesiva de dirigentes que han visto a ese hermoso deporte (portador de ilusiones) como un medio de satisfacción de sus más bajos, trasnochados y embriagados instintos e intereses, así como en la ausencia de planes, espíritu ganador, planificación, programas y estrategias (de largo y mediano plazo) en beneficio del –tan venido a menos- Fútbol nacional. Esa actitud, en similares condiciones trasladadas al sector público, siguiendo el artículo 70 Constitucional, daría lugar a la sucesiva censura de actos y a la obligada renuncia de los cuestionados, junto a la paralela prosecución en su contra de sucesivos procesos en todas las materias realizables del Derecho.

Así, en el entendido que el fútbol es –aún- el opio de los pueblos (de Bolivia también) desde la visión de quien cree que el fracaso logrado con sobrados méritos propios, no se debe a la falta de talento de los jugadores en el país, sino en una endeble, deficiente y malintencionada dirigencia -socapada por la opinión pública en general- abrigo aún la esperanza que esa realidad es posiblemente corregible y que en un futuro próximo han de aparecer y surgir líderes que sientan y conciban al fútbol y a la selección nacional –no como un business con chasco- sino como un espacio que provee identidad, que restablece sentimientos de pertenencia y fraternidad... reintegrador de lazos solidarios, ahora en continua extinción en nuestro territorio también.

Finalmente, si concebimos al fútbol y a la selección nacional como patrimonio originario de los bolivianos –de interés de todos nosotros- porqué no generar o adoptar mecanismos más eficaces en la toma de decisiones en beneficio del fútbol nacional. Atentos a las nuevas prácticas impuestas por las nuevas formas de participación ciudadana, incorporadas a través de los distintos impulsos sociales de moda (contemporáneos) resultaría necesario pensar en la incorporación de herramientas que nos permitan a todos los interesados –de forma desinteresada pero con interés en el éxito del fútbol nacional- conocer y fiscalizar el manejo de los fondos empleados en las campañas deportivas de la selección, y salir en resguardo de la generación de ideas y decisiones para no permitir que el fracaso de nuestro fútbol sea una constante en nuestra patria… abramos el debate… jallalla.

Alejandro Montaño Torres
Hincha y Fanático de la Selección Nacional