


Dentro de la pintura figurativa contemporánea – enmarcadas, incluso, en el linaje directo de los colegas y amigos Lucien Freud y Francis Bacon – destacan de manera contundente Jenny Saville (Cambridge, 1970) y Cecily Brown (Londres, 1969). Estas pintoras de la misma generación, que se podría llamar post-escuela de Londres, logran, a través de una conjunción perfecta de técnica y contenido, una visión tremenda y descarnada de la humanidad. El conocerlas y estudiarlas implicó para mi, un ahondamiento en la terrible y compleja relación entre las emociones y su re-presentación hecha cuerpo a través de la inigualable plástica del óleo.
Jenny Saville
La carne inflada hasta el absurdo, la carne de los muertos, carne nuestra, carne sobre la mesa. ¡Buen provecho! De neblina está hecho el futuro, neblina y olor a sangre y a disfunción renal… los dientes expuestos.
Cuerpo-fuego-lento, fuego intenso. La casa es mi sexo, la tierra, la selva… todo arde como si fuera la última vez. Es la última vez. Silencio… jadeo a medianoche. No hay suficientes orificios, menos apéndices, todo está sometido al coito universal, a aquello que es pornográfico y metafísico, todo se consume en una orgía premeditada por las hordas del caos y lo consiguiente. El rojo profundo del glande inflamado del Diablo, las tetas arañadas de las momias del deseo, en catacumbas esfinterianas de la identidad. Salen homúnculos más pequeños de lugares innombrables para facilitar(se) placer en una nebulosa de sensaciones eléctricas. Todo sirve, todos nos sirven. El mundo está hecho de ganas de follar, el mundo está hecho trizas. Nos dirigimos directo al sol con la lengua afuera y los órganos vitales punzados por las llamas blanco-semen de la retina hipnotizada. La sonrisa se evapora cediendo el paso a una mueca de horror y muerte; nos derretimos sin ton ni son en el museo de las aberraciones. Amplificado cuerpo venenoso, lógica fractal entre las piernas. Cuchillo en mano y ganas locas de bailar tango a fuego lento. De noche lo que arde, arde más duro y despiadado.

Richard Wright (1943 - 2008) murió el pasado lunes y nos dejó a todos los fans de Floyd con la lágrima tambaleante en el ojo y el moco fluído en la nariz. Nunca más... resonó mi interior como en el poema de Poe. Nunca más Pink Floyd podrá sacar disco de estudio con la banda completa, nunca más ESOS conciertos, sólo ecos.

Bacon, De Chirico:
Totemismo post-industrial:
El automóvil, por ejemplo, se ha constituido, innegablemente, en una prótesis de nuestro propio cuerpo: dependemos de él para ejercer nuestra vida normalmente. Asimismo hoy las computadoras, Ipods, teléfonos celulares, máquinas de lavar, refrigeradores, vibradores y televisores han poblado nuestra vida y se han hecho partes orgánicas de nuestro ser-en-sociedad, tentáculos de nuestras mentes, piernas, penes, oídos, ojos, etc. Y eso desde un punto de vista diurno, objetivo. ¿Qué relación tenemos con esos objetos desde una perspectiva nocturna, onírica, inconsciente? Recuerdo que un gran amigo me contó una pesadilla infantil que le marcó la memoria; ésta consistía en que no podía cruzar una calle porque automóviles, en ambos sentidos, pasaban sin cesar, a alta velocidad y sin dejar un intersticio de tiempo y espacio como para que él, niño aun, pudiese atravesarla con seguridad. Ese silencio de los objetos durante el día, en la noche, a través del sueño, deja de ser silencio. Los objetos se animan y dicen, comunican porque son humanos, así como nosotros también, para vivir, nos hemos cosificado irreversiblemente (no es casualidad que la gente apele a metáforas de mutilación o discapacidad cuando se ve privada de coche o de conexión a Internet). La ilusión cartesiana cede a una benigna pesadilla en la que, desde una mirada similar a la de la infancia, la cosa, mágicamente, adquiere cualidades de sujeto. El ser humano moderno es un monstruo híbrido e inabarcable, así como su interioridad que está dibujada en esas inmensas ciudades que ha construido como laberintos de concreto, señales, redes de asfalto, humaredas negras y luces de sodio para esclarecer, desde el otro lado del espejo, el misterio del deseo y del miedo que nos consume.
En búsqueda del Yo Superado*:Más allá del bien y del mal, más allá de la vida y de la muerte: esa parece ser la consigna de Vaughan o el doctor Mallory (emblemáticos héroes ballardianos en Crash y El Día de la Creación, respectivamente). ¿Qué hay más allá de todas estas cosas? El verdadero Yo, el Yo Superado. El lúcido sociólogo francés Émile Durkheim estableció una relación sistemática entre lo social y lo moral, al punto de postular que todo acto moral es un acto social y viceversa. Social es aquello que, ajeno a la esencia del individuo mismo, se instala en él y regula su actuar de manera exógena, como un virus (aunque el individuo lo ignora, habiendo interiorizado el sistema de normas). La moral es una estructura de obligaciones exterior al sujeto y cuyos beneficios tampoco recaen sobre él sino más bien sobre la “colectividad” considerada como un todo orgánico. Los personajes y las novelas de Ballard son amorales. No se los puede tildar de inmorales porque el inmoral, para transgredirlo, tiene que acatar un sistema de normas. A ellos no les importa el bien y el mal impuestos por un concepto frío y abstracto de colectividad y de ahí que, por lo general, hablamos de sociópatas de calibre olímpico, marginales peligrosos para la sociedad porque su voluntad y sus acciones no tienen sentido desde una perspectiva moral, dado que no hay lugar en ellos para culpas o gratificaciones exógenas. Lo maravilloso y complejo de estos personajes es que, a pesar de carecer completamente de moral, no carecen de ética: una ética muy singular pero ética al fin. Dado que lo moral no abarca lo ético si entendemos esto último como la disciplina filosófica que concierne a los patrones de acción a un nivel más general que aquel implicado por estructuras sociológicas. Lejos de ser nihilistas, los personajes salidos de esta demente mente se sienten investidos de una misión trascendente para la humanidad, una misión que consiste en remodelar a la especie, devolverla a su mística unión con su contexto material. Lo patológico, lo amoral de este actuar radica en el hecho de que para lograr esta unión, el precio más seguro es la vida misma: la nueva humanidad se conquista a través de una erotización de la muerte, una domesticación de la materia inerte en virtud de una nueva materia, encantada, reinventada. Tal el designio nietzschesco-milleriano de estos héroes, designio contrario a las exigencias morales y solares de la modernidad. Trascender la muerte: sí, pero con (y a través de) la viscosa y fluida materialidad del ser. Lo que sería equivalente a decir: trascender la muerte a través de la muerte misma. Se trata de héroes inspirados que renuevan los ideales de un Jean Jacques Rousseau al erigir la posibilidad de un humano independiente de la sociedad, superior a ella. Después de enfrentarse con Ballard, es imposible no sentir ese mal-estar-en-sociedad tan aterrador para el pensador francés. Queda claro: Más allá de los ideales de la vida en colectividad, basados en el miedo a la muerte y la coerción, hay un ser humano puro, prístino, libre e inevitablemente atraído por el peligro.
La poética de la enfermedad:
El racionalismo y el triunfo político de la ciencia positiva durante la modernidad, si bien han traído beneficios a la sociedad, también han engendrado complejos irresolubles y perspectivas mutiladas en los miembros de la misma. La idea de un funcionamiento normal del cuerpo como sistema ha servido de modelo para extrapolar esta visión organicista a otros estratos como la familia, la psiquis, las instituciones o la sociedad entera. La noción de normalidad acarrea inevitablemente su contrario que sugiere marginalidad, disfuncionalidad y/o, por último, inmoralidad. Lo patológico rara vez ha servido de base para generar una cosmovisión legítima, justamente porque es en base a la discriminación de este aspecto que se yergue y legitima el buen accionar o el buen funcionar de un organismo. Ballard, a través de este matrimonio con la muerte y sus epifanías metafóricas y/o metonímicas (la enfermedad, la putrefacción, la soledad, la desviación), no busca tan sólo aniquilar sino también crear, abrir nuevos horizontes a la mirada achatada y temerosa de la modernidad. Lo patológico deviene lógico dado que es una forma de domesticar, en vida, aquella muerte que nos llegará a todos implacablemente. Bobby Crawford, en Noches de Cocaína, roba, incendia, filma pornografía y reparte drogas pero no como un fin en sí. Su teoría radica en que una sociedad se hace consciente de sí misma y de su potencial creativo sólo cuando se siente amenazada. Triste desenlace a la enfermiza búsqueda de tranquilidad, retiro y seguridad del primer mundo: lo que nos hace vivir es el conflicto, la amenaza.La matemática de la subversión:
Las novelas de Ballard son sistemas articulados orgánicamente, tejidos corporales de un animal aterrador e inevitablemente atractivo, tejidos que destruyen enérgicamente los valores que sustentan la modernidad oficial, pedante y primermundista; esos valores que mutilan al ser humano de sí mismo y de su auténtico cuerpo, permitiendo un contragolpe descontrolado de los objetos (de deseo) en lo profundo de las pesadillas. Sin embargo Ballard consigue eso simplemente a través de otra visión de la modernidad, más próxima a la visión primitiva de los pueblos totemistas y animistas. El postular la enfermedad como relativa y cuestionar la normalidad desde una asimilación poética de lo patológico es romper barreras que los racionalistas creían sumamente herméticas e indestructibles. La tenaz inteligencia de este autor provoca terror como toda inteligencia, pues lo que ilumina es aquello que voluntariamente hemos oscurecido para creer que vivimos en un mundo donde lo conflictivo, enfermizo, mortal, psicótico o sociópata son elementos disfuncionales en lugar de darnos cuenta de que son esos los elementos que constituyen el motor del ser-en-el-mundo y el sino que nos marca como especie.
El abismo de la libertad:
Henry Miller, en Trópico de Capricornio, hace referencia, con una intensidad literaria inigualable, a la búsqueda de esa Libertad Absoluta, inalienable, ajena a todas las libertades relativas a las que el hombre común está acostumbrado. Esa libertad no es cuantificable ni placentera (jamás confundirla con los campos de concentración de jubilados primermundistas en las ciudades balneario de España o Florida), su precio es un dolor semejante al de una madre en un parto complicado; es convivir con el peligro, ver más allá de la vida y de la muerte, aceptar la soledad fundamental con la misma resignación con la que se acepta el día final, encontrando el auténtico amor por la vida que no es sino despojo, puro y duro. Así como Robert Maitland en La Isla de Cemento, el ser libre de Ballard es como un animal de presa lanzado a lo salvaje o como un niño que se niega a cerrar la compuerta de su imaginación, la que se inyecta a los objetos y les da vida. Libre, en el sentido ballardiano, es aquel que comprende que los límites del universo son los límites del lenguaje; libre es aquel que fusiona la materia con el espíritu para recrear ad infinitum la unión prístina y onírica con su entorno… conjunto de objetos que están lejos de ser sólo eso. Libre es, desde la pluma de este genio, aquel que no teme a morir para encontrar, de manera orgásmica, el talismán que va más allá del miedo y el deseo, impulsado por la quimera de una Nueva Humanidad. Por eso y mucho más, las novelas, los paisajes y los personajes de este pintor del alma son abismales en esencia, pues en su manifestación se revela también, implacablemente, enceguecedoramente, el abismo de la libertad.
* En inicio había hecho referencia a un Super-Yo, pero para evitar connotaciones freudianas opté por llamarle Yo Superado dado que en el caso de Ballard estamos más próximos a un Super Hombre de Nietschze o a la voluntad gnóstica de trascendencia del ego terrestre que a la instancia de idealidad moral a la que se refiere la teoría psicoanalítica.
PARA LOS MÁS BALLARDICTOS, AQUÍ LES PROPONGO UNA VERSIÓN DE CRASH ANTERIOR A CRONENBERG DONDE EL ACTOR ES EL MISMO BALLARD (UNA JOYA SETENTERA):



El famoso debate europeo-norteamericano sobre la figuración y la abstracción no encuentra fundamento en la obra de Guayasamín donde la preponderancia del cuerpo figurado no niega la capacidad de abstracción, como en la etapa tardía de Picasso, ya que es a través de la visión del cuerpo, de la posición ante él que se llega a la abstracción. Por ello hablamos de trans-figuración del objeto figurado, cuando en el caso del irlandés Bacon hablábamos de abstracción por exceso de figuración (ver http://el-lar.blogspot.com/2006/12/sobre-la-abstraccin-del-movimiento-en.html). El sentido bíblico de la transfiguración obedece a una ley contradictoria: se refiere a metamorfosear, cambiar; pero con fin de encontrar y exteriorizar la verdadera esencia, previamente latente y escondida. Paradójica metamorfosis hacia la ipseidad. Así hace Guayasamín con su interpretación inalienablemente personal del humano; lo trans-figura en pos de encontrar su verdadera esencia, marcada por el cruel e implacable paso del tiempo. La nueva humanidad de Guayasamín en poco se parece a la humanidad aparente, tampoco obedece a la visión realista o a la versión depurada del clasicismo, menos a la posición contemporánea, impuesta por los imperativos del mercado mundial de identidades, despoblada de alma y mirada. El cuerpo en Guayasamín es un medio para asentar la representación de algo más: la carne deviene en encarnación; la mirada en interioridad profunda y las manos en plegaria desesperada.
El paso de Guayasamín por La Paz dejará una huella indeleble en la memoria retinal de sus habitantes conmovidos. El uso brutal y sin concesiones de blancos y negros sugiere sombras y luces en el Alma de nuestra especie, viva aún, en trance constante de morir. Espesos y violentos empastes que sugieren la omnipresencia de las montañas andinas no impiden que se vehicule, a través de ellos, una sublime ternura y una compasión sin igual por la humanidad; sufrida humanidad en busca de un refugio, de un descanso verdadero, de un alto a tanta sangre que se vierte en vano y hace llorar a los ángeles tutelares y a los espíritus ancestrales, heridos por el Mal que hacen los hombres. El paso de Guayasamín por La Paz quedará como un tatuaje en el espíritu sensible, asustará como fascinará, volverá en sueños como vuelven las entidades que yacen más allá del tiempo y, sobre todo, nos recordará con dolor y júbilo de la triste condición que nos hace humanos: la de lastimar y ser lastimados, la de amar profundamente, la de tener que morir y ver morir.